Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


También puedes descargarla desde iBooks Store o en Kindle.


Si te interesa la versión impresa puedes comprarla en la tienda EIMART y en Amazon.

Sorteo Navideño


El blog Atrapando Dandelions está organizando un sorteo navideño en donde rifará varios ebooks, entre ellos mi novela "El vendedor de Abrazos" así que los invito a participar y a compartir este enlace, para llegar a más personas. Les deseo mucha suerte y espero que alguno de ustedes se lo gane. Solo denle clic a este enlace y sigan las instrucciones. 

http://atrapandodandelions.blogspot.com.es/2015/11/sorteo-navideno-2015.html?m=1


Capítulo 15

Ese domingo, para variar, Alma y yo decidimos ir a comer los tacos que vendían por el Tec. El taquero nos sirvió nuestra orden, cinco tacos de diferentes guisos cada uno, acompañados de una bolsa de salsa, otra de cilantro con cebolla, y limones. Eso sí, con una Coca-Cola light
Nos sentamos en la única mesa metálica que había disponible.
–Julio, vas a hacer que engorde –me dijo mi amiga.
–Pero bien que ya te echaste tres tacos –dije con tono burlón. 
–Menso –respondió, y me dio un zape en el brazo.
Yo reí. 
–Bueno, ahora dime cómo va el negocio. 
–No me puedo quejar –contesté, mientras bañaba mi taco con salsa verde. 
–Necesito tomarte fotos para tu perfil en Facebook. Tienes suerte, encontré mi cámara Réflex. Yo creía que se la había quedado mi ex pero, gracias a Dios, estaba dentro de una caja en mi clóset. 
–Está bien –dije distraído. 
Mi amiga me miró con extrañeza, como si advirtiera que yo tenía ansiedad por preguntarle algo. 
 Entonces decidí sacar esa interrogante que ya me tenía rondando la cabeza desde hace varios días.
–Alma, dime algo: ¿Tú crees que soy atractivo?
–Claro que eres atractivo. 
–¿Segura? 
–Sí. ¿Por qué no me crees?
–Porque pienso que si no fuera por este trabajo, ninguna mujer andaría conmigo. 
–Julio… –dijo poniendo los ojos en blanco.
–Es la verdad –contesté iracundo–. Yo me considero un hombre fiel, trabajador, sincero, honesto, y aun así, ninguna chava se fijaba en mí. Me mandaban a volar. Pero ahora que soy vendedor de abrazos, tengo muchas citas, y les gusto. ¿Por qué? No lo entiendo. 
Mi amiga hizo a un lado su plato vacío, pues ya se había terminado todos los tacos, y con un tono de voz serio y metódico, dijo:
–Julio, te contaré una historia que una vez vimos en una clase de mercadotecnia, en la universidad. 
–Ahí vas otra vez. – dije poniendo cara de fastidio–. Siempre quieres sacar tus estrategias de marketing.
–Cállate y déjame hablar –dijo Alma poniéndome un dedo en los labios, y procedió a contar su historia–. Hay una joyería en Arizona, Estados Unidos. Se llama Silverado Jewerly Store y se dedica a vender joyas hechas por nativos norteamericanos. Resulta que un día le llegó un nuevo tipo de joyería hecha de madreperla rosa y plata. Pasó un mes y la mercancía no se vendía. Total, que la dueña decidió rematarla, y le dejó un recado a su empleada donde le ordenaba que la vendiera a mitad de precio. 
–¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
–Todavía no termino –me reprendió Alma–. El caso es que cuando la dueña regresó a la tienda, la empleada le dijo: “Señora, desde que le aumentó al doble su precio, se vendió toda la joyería.” Y la dueña dijo: “No, yo te ordené que la vendieras a mitad de precio”. Entonces la empleada, confundida, le enseñó el recado. La nota decía “Todo lo de esta vitrina véndelo a ½”, pero debido a la letra de la señora, el 1 y la diagonal parecían una equis, por lo que la empleada entendió “Todo lo de esta vitrina véndelo a x2”, o sea, multiplicado por dos. 
–Y la moraleja es…
–Menso, ¿aún no lo entiendes? Cuando la joyería se promocionaba a un precio bajo nadie la compraba. Pero en cuanto le aumentaron al doble su precio, todos se peleaban por ella. Así pasa contigo. Tienes grandes cualidades, pero te cotizabas bajo. Ahora que te has sabido vender, que eres un producto poco común y valioso, todas quieren comprarte. 
–Alma, me choca que te refieras a mí como “producto”. 
–Bueno, es mi forma de decir las cosas –se disculpó mi amiga–. Mira Julio, la verdad es que no tienes por qué sentirte menos. Eres un buen hombre, eres guapo, y además eres tierno, divertido, y sabes escuchar a las mujeres, como por ejemplo, cuando me escuchaste a mí. En pocas palabras, eres un buen partido. Solamente falta que tú te lo creas. 
Sí, eso me faltaba. No me lo creía. Aunque ya salía con muchas mujeres, todavía seguía siendo el mismo muchacho inseguro. Todavía seguía creyendo que siempre llegaría alguien mejor que yo, más atractivo, más carismático o con más lana, que acapararía la atención de las chicas, y yo quedaría otra vez relegado en un rincón, ignorado. Pero viéndolo bien, Alma tenía razón. La suerte ya me había cambiado, y las circunstancias ya eran diferentes. Pensé en Silvia. Con ella me la pasaba bastante bien, y al parecer yo le gustaba, porque seguía buscándome. Entonces eso debía significar algo bueno.
Alma tomó mi mano y la apretó, en señal de apoyo. 
–Ánimo –me dijo.
–Gracias, amiga –sonreí. 
–Bueno, ahora sí, hablemos de números. ¿Cuántas clientas llevas hasta ahorita?
–No sé, he perdido la cuenta.
–Deberías llevar una lista, para analizar cuál es la tendencia del mercado, y enfocarnos en eso. 
–¡Alma!
–¿Qué?
–¿Podrías dejar de usar tu jerga mercadológica y hablar como una persona normal?
–Está bien, está bien. Es sólo que quiero ayudarte a expandir el negocio. Como te decía, tengo pensado poner fotos de ti, o de parte de tu cuerpo –dijo, y dejó caer el salero al suelo, por lo que se agachó a recogerlo. 
–Golosa. Deja de mirar por debajo de la mesa. 
Mi amiga me observó, desconcertada.
–¿Qué? ¡Oh, Julio! ¿Qué te hace pensar que iba a fotografiar “esa parte” de tu cuerpo?
–No sé. Con eso de que tú siempre mencionas que tengo que explotar mis “grandes cualidades”…
–Ay, por favor. Deja de estar presumiendo. 
–¿Presumir qué?
–El tamaño de tu “gran cualidad”.
–¿Cuál? –dije, y con la rodilla levanté a propósito la mesa metálica, para simular que mi miembro se había parado descomunalmente–. ¿Esta cualidad?
Alma soltó una carcajada. 
–¿Te gusta mi gran cualidad? –dije con picardía, volviendo a levantar la mesa.
–Eres un gran menso –terminó diciendo mi amiga. 
Después del almuerzo, me sentía tan optimista que salí a invertir mis ganancias en algo que ya tenía ganas de comprar: un equipo de sonido con luces LED en las bocinas, Giga Sound y todas esas mamadas. Una chulada de aparato. 
Lo encendí y lo sintonicé en mi estación favorita. En ese momento estaban transmitiendo la canción “Silent Lucidity” de Queensrÿche…
…Bueno, admito que también tengo mi lado romántico. 
Recordé que durante la universidad, escuchaba mucha radio. Antes de irme a Monterrey creí que me dolería despegarme de la televisión, pero en realidad no batallé nada. Creo que ni siquiera me di cuenta de la transición, pues adopté alegremente la radio. Comparada con Tampico, Monterrey tenía como mil estaciones de radio (o al menos así me parecía a mí). Pasaban canciones que jamás había escuchado. En cambio en Tampico ponían las mismas canciones y comerciales de siempre. Mientras mi roommate se desvelaba en la mesa de la cocina estudiando, yo sintonizaba el programa donde transmitían canciones románticas, hasta quedarme dormido. 
De pronto, como si lo hubiera invocado con telepatía, Paco llegó a mi depa. 
–¿Qué ha habido? –saludó mi amigo. 
–Nada. Aquí dándole. 
Paco se sentó en el sofá y escuchó la canción.
–Eh, carnal. Hace años que no oía esa rola. 
–Sí, yo igual. 
–¿Te acuerdas de ese programa de baladas románticas de los 70’s, 80’s y 90’s que ponían en las noches? El que escuchábamos en el depa, cuando estábamos en la universidad.
–Precisamente hace unos minutos me acordé de eso. 
–Qué tiempos –dijo mi amigo con melancolía–. A veces extraño esa época. Todo era más simple. 
–Lo sé –dije, y me senté en el sofá.
De pronto, él volteó a verme.
–Güey, ¿cómo vas con lo de la chamba? Me preocupa ver que ya han pasado varios meses y nada. 
–Estoy bien. He ido a algunas entrevistas. 
–Pero ¿con qué pagas la renta, los servicios y la comida? En serio, si necesitas dinero, no dudes en pedírmelo. Yo te puedo prestar. 
–No, no te molestes, güey. Yo me las puedo arreglar solo. Pero gracias por el ofrecimiento. 
–De nada, ya sabes, cuando quieras, con confianza dime. 
Paco, tan buen camarada. Siempre había sido así, bien raza, se preocupaba por los demás, y no dudaba en echarme la mano. Pero ahora el dinero era el menor de mis problemas. Me sentía más bien entusiasmado por mi nueva “profesión”. Tenía ganas de contarle cómo me iba, las mujeres que había conocido, y cómo mis ingresos habían sido mayores que cuando trabajaba en mi carrera. Quería desahogarme. Decírselo, y contar con el apoyo de alguien. Pero al final de cuentas no me atreví. No estaba seguro si él pudiera comprenderme. Así que le pregunté:
–¿Y qué pedo? ¿A qué viniste?
–Nomás a darte cariño, güey –bromeó mi amigo mientras me acariciaba la rodilla. 
–Pinche Paco. 
Él rió. Pero luego volvió a ponerse serio, y me dijo:
–Vine a ver cómo estabas y si no necesitabas algo.
–No, como te dije, estoy bien. 
–¿Qué te parece si vamos a echarnos unas cervezas? Yo invito. 
Acepté la invitación. Fuimos al Indio Azteca, una cantina de esas de las de antes, en donde no se permitía el acceso a mujeres, así que uno podía estar a sus anchas. Se podía beber, eructar, fumar, usar servilleta o no, sin que nadie lo viera mal.
Nos sentamos en una mesa y ordenamos una cubeta de cervezas, así como unas costillas de puerco. De fondo se escuchaba la música de Los Invasores de Nuevo León. Unos señores en la mesa de a lado, que tenían finta de abogados, platicaban aderezando la charla con palabras altisonantes y carcajadas estruendosas, mientras que otros que parecían empleados de oficina jugaban dominó. 
Entre trago y trago, Paco me platicó de su jale. Lo habían mandado a tomar un curso en Toronto por dos semanas. Y tenía programado un próximo viaje, pero esta vez a Detroit.
De pronto se puso muy pensativo, y soltó:
–Güey, ya tengo novia.
–¿Neta? 
–Sí. Se llama Sarahí. Tengo dos semanas saliendo con ella. 
–Está bien. ¿Y dónde la conociste?
–En el gimnasio. Está en la clase de Kickboxing. Me llamó la atención porque pelea muy ruda –dijo mi amigo, y sonrió–. Luego ya empezamos a platicar, y sin querer miré sus piernas. Tiene varias cicatrices. La chava se dio cuenta y empezó a echarme carrilla. Luego me contó la historia de cada una de sus cicatrices. Una era por andar en Matacanes, y la otra se la hizo por andar escalando en la Huasteca Potosina. Es una fanática de los deportes extremos. Pero lo que más me gustó de ella era que no se apenaba de mostrármelas… Y las cicatrices también –añadió con tono pícaro.
–Pinche Paco –reí–. Pues qué bien, güey. Entonces se llevan con madre. 
–La verdad, sí.  
–Me da gusto por ti –dije, y le palmeé la espalda. 
De pronto, el celular de Paco sonó. Éste contestó el mensaje de texto. Un mesero se acercó a nuestra mesa y retiró las botellas vacías.  
Con Paco podía platicar de cualquier tema, sin andarme cuidando de no decir algo que se prestara para el albur. Bueno, de vez en cuando sí, pero la mayor parte del tiempo podíamos platicar de diferentes temas, sin que hubiera carrilla o burlas, lo que hacía que mi amistad con él fuera más relajada. Y ya que Paco me había contado lo de su novia, pensé que era el momento de contarle la verdad sobre mi oficio. 
–Güey, hay algo que no te he dicho. Puse un negocio.
–¿Neta? ¿Qué es lo que vendes?
–Pues más bien presto un servicio.
–¿Qué tipo de servicio?
Me puse nervioso. Mi amigo me miraba con expectativa. Estuve a punto de decirle pero en ese momento apareció Israel, gritando:
–¿Qué ha habido?
–¿Invitaste a Israel? –pregunté a Paco.
–Sí, me mandó un mensaje de texto preguntándome dónde estábamos, y me dijo que él también vendría. 
Israel tomó una silla y la arrastró provocando mucho ruido. Luego se sentó y agarró una cerveza de la cubeta, y con voz dicharachera, preguntó:
–¿Qué pedo, güey? ¿Qué haciendo?
Agarró una costillita del plato y se la comió a grandes bocados.
–Tengo un chingo de hambre. No he comido nada desde la mañana. ¿Y qué onda? ¿Qué cuentan?
Ya no tuve el valor de decirle a Paco sobre mi negocio. Una cosa era decírselo a él, y otra que Israel se enterara. Con él no se podía hablar de ningún tema serio, y sabía que si le contaba la verdad, él se burlaría y me tacharía de puto, pero eso no era todo. No confiaba en él. Israel era un mujeriego sin escrúpulos que usaba su físico y su carisma para seducir a las chicas, y el güey era capaz de imitar mi negocio con tal de coger, y yo no quería competencia. 
Así que decidí cambiar el tema.
–Nada, nada. ¿Y tú? ¿Qué pedo?
Israel se acabó las costillitas de cerdo y la cerveza, y dijo:
–No, vengo de ver a una morra, ¡chingada madre!, qué pinche culote tiene la cabrona… 

Y así, mientras Israel nos contaba su nueva aventura, yo di por olvidado mi asunto. 

Capítulo 14

Esa tarde, se vino un chubasco bastante fuerte que inundó las calles y avenidas de Monterrey. Yo esperaba a Silvia bajo un toldo de una tienda, cuidándome de no ser salpicado por los carros y camiones que en ese momento transitaban por ahí. Algunos peatones caminaban con paraguas en mano que los protegía de la lluvia, mas no de los charcos que les empapaban los zapatos y los pantalones. Otros desafortunados caminaban con resignación, con las ropas húmedas y pesadas. Solamente los niños disfrutaban la lluvia, a pesar de los esfuerzos de sus madres para mantenerlos a resguardo. 
De pronto vi a una mujer que cruzaba la calle, corriendo con tacones. La falda entallada, la blusa blanca... Era Silvia. No podía ser nadie más. 
La mujer llegó hasta mí. Traía el cabello mojado, escurriéndose el agua sobre su rostro, pero mis ojos fueron a dar hacia su blusa, la cual se le había pegado al cuerpo, sólo para darme cuenta de algo: no traía brassiere
–¡Hola! –me saludó jadeando–. ¿Cómo estás?
Yo apenas y podía coordinar mis palabras, pues mi atención estaba totalmente enfocada en sus pechos, en especial en sus pezones y sus aureolas que se dibujaban como flores en primavera. 
–Yo… estoy… bien –respondí balbuceando.
Hice un esfuerzo para despegar la mirada de sus senos y mirarla a los ojos.
–¿Y tú cómo estás? 
–Bien. 
Era obvio que sí, pero quería iniciar una conversación casual.
–Mi coche está descompuesto y lo acabo de dejar en el taller –dijo ella. 
–Vaya, qué mala suerte.
–No, ¿por qué mala suerte? Las cosas se descomponen y ya. No son eternas. Además, me gusta caminar bajo la lluvia. 
Mis ojos saltaban curiosos hacia su blusa y ella lo notó y se rió. Yo me sonrojé por ser tan obvio. Ella se acercó a mí. 
–¿Y no me vas a dar un abrazo? –preguntó con tono sensual.
–Claro –dije, y la abracé. 
Las temperaturas de nuestros cuerpos se intercambiaron. Yo le transmití mi calor, ella en cambio, me transmitió su frío, me mojó la camisa, y pude sentir cómo sus pechos con sus pezones duros se apretaban contra mí. 
–¿Puedo preguntarte algo? –le dije. 
–Sí. 
–¿Abajo tampoco traes ropa interior?
–¿Tú qué crees? –dijo ella con el mismo tono sexy. 
Mis ojos casi saltaron de mi cabeza.
–¿En serio?
Silvia soltó una carcajada por respuesta. Caray, esta mujer me estaba volviendo loco. 
Ella deslizó su mano hasta meterla en el bolsillo trasero de mi pantalón, y así tocar mi nalga. Yo tragué saliva. Me estaba seduciendo en público. Tal parecía que esa mujer sabía cómo manipularme, y yo caía rendido a sus pies. 
–¿Y qué? ¿Nos vamos a quedar aquí parados sin hacer nada? –preguntó ella con impaciencia.
–Bueno, no sé. ¿Qué se te ocurre?
–¿Qué tal si compramos un vinito, una botanita, y cenamos en tu depa? 
–Me parece bien –dije.
Entramos a un Oxxo y compramos una botella de vino tinto, unos quesos, un paquete de salchichas, papas fritas y dips. Parecía como si fuéramos a tener nuestra propia fiesta privada. El aire acondicionado hizo que a ella se le marcaran los pezones por encima de su blusa mojada, detalle que tampoco le pasó desapercibido al cajero. Pero Silvia era muy segura de sí misma, hasta parecía orgullosa de acaparar las miradas de los hombres. 
Tomamos un taxi que nos llevó hasta mi edificio. Entramos. 
–Debes tener frío. ¿No quieres darte un baño caliente, quitarte esa ropa y meterla a la secadora?
–Claro. 
Entró a mi cuarto para cambiarse, mientras que yo descorchaba la botella. Tenía ganas de meterme a la regadera, junto a ella, y enjabonar cada parte de su cuerpo. Pero me sentí inseguro, y preferí esperarla afuera. Al poco rato la vi cruzar el departamento usando una camisa mía que le quedaba grande. Verla así me excitó.
Coloqué sobre la mesa de centro una bandeja con trozos de quesos y salchichas, ensartados con palillos. Del otro lado puse un tazón con papas fritas, y a un lado el dip, un par de copas y la botella de vino. Para complementar el ambiente, encendí un par de velas con aroma a canela. 
Silvia y yo nos sentamos en el suelo y comenzamos a comer la botana. Yo le serví vino, y brindamos. Le volví a llenar su copa y procuré hacerla sentir como en su casa. 
–Me gusta tu departamento –dijo Silvia, echando un vistazo alrededor–. Aunque no tiene adornos, es acogedor. El típico departamento de un soltero. 
–Bueno, me gusta tener únicamente lo necesario –dije mientras tomaba un par de quesos–. ¿Tú vives con tu hijo?
–Sí. Acabo de comprar una casa a crédito y la estoy amueblando poco a poco. A mi hijo le gusta. 
–¿Y lo dejas solo?
–No, claro que no. Se lo dejo a mi mamá, y después voy por él. Aunque ya lo estoy enseñando a ser independiente. Que él solito lave su ropa, tienda su cama y se haga su desayuno. Tiene que aprender a valerse por sí mismo, porque yo no voy a estar con él toda la vida. 
–Estoy de acuerdo contigo –respondí, admirado de su madurez–.Yo llegué a vivir solo a los diecisiete años. Fue difícil al principio, pero terminé acostumbrándome. 
–Exacto. Además, yo no quiero que sea igual de huevón que su papá. 
Reí. Me gustaba la manera en que ella hablaba, así, sin pelos en la lengua. 
Le serví más vino.
–Vas a terminar emborrachándome –dijo sonriendo. 
–No, sólo es un poco.
–¿Alguna vez te has emborrachado hasta el punto de que no sepas lo que haces? –me preguntó.
–De hecho sí –respondí–. Fue en un viaje que hice con mis amigos a Zacatecas el año pasado. Llegamos a un bar, la Mina Club. Es un antro muy chido que de hecho está en una mina, bajo tierra. Tomamos bastante, hasta que salimos a la calle casi arrastrándonos. Era de madrugada. Íbamos gritando y haciendo mucho desmadre, hasta que nos paró una patrulla. Discutimos con los policías, y nos arrestaron para llevarnos al bote por faltas administrativas. Lo más gracioso fue cuando mi amigo Moi se vomitó en la patrulla. 
–¡Ugh!
–Bueno, el caso es que después de pasar la noche ahí, pagamos la multa y nos soltaron. Lo malo es que nos pegó la cruda, y al día siguiente nos tocaba ir al Cerro de la Bufa para tirarnos por la tirolesa. Ya no teníamos dinero para el teleférico, así que subimos caminando por las calles empedradas. Pero valió la pena. Una vez arriba, el paisaje era impresionante. Y la experiencia de deslizarse por la tirolesa estuvo con madre. Ver el mundo, tan pequeño, mientras estás en el cielo. El viento en la cara, la adrenalina... Es como volar. Siempre quise hacerlo. Creo que tengo algo de pájaro en mí… y no es albur –aclaré. 
Silvia rió. 
–¿Y por qué dices que eres un pájaro? – preguntó.
Me serví más vino, y respondí:
–Pues porque desde niño yo quería volar lejos de Tampico. Ir a una ciudad grande, hacer cosas diferentes, tener una vida distinta a la que habían tenido mis papás. No quería terminar detrás de un mostrador, sin tener oportunidad de conocer el mundo. 
Me quedé callado. Noté que mi copa de vino seguía intacta. Me sentí un poco triste. Quería a mis papás, pero no compartía su visión de la vida, y tampoco ellos comprendían a lo que yo aspiraba. Y por eso terminé poniendo tierra de por medio.
–En fin –dije con un poco más de optimismo–. Por eso decidí venirme a estudiar a Monterrey, en FIME, es decir, en la Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica, en la Uni. Al terminar entré a trabajar, y el resto es historia
Silvia sonrió. Apoyó su cara sobre su brazo, encima del sofá, y me dijo:
–Me caes bien. Tienes muy buena conversación.  
–También me agradas –respondí, con un poco de timidez. 
Ella se acercó a mí. 
–Abrázame –dijo. Parecía más una orden que una súplica.
La abracé. Nuestros cuerpos se juntaron y se convirtieron por un instante en uno solo. Ya no teníamos hambre ni sed. Ni siquiera teníamos noción del tiempo. Ceñí su cintura, y ella rasguñó mi espalda. La camisa que ella usaba se deslizó, dejando su hombro al descubierto, y yo le di un pequeño y suave mordisco a su piel. 
En ese momento oí que la secadora había terminado.
–Tu ropa ya está seca –dije. 
–Pero yo sigo mojada –respondió con voz sensual. 
Con timidez, acerqué mi mano y la deslicé por su muslo, despacio, hasta llegar a su entrepierna. Metí un par de dedos, y comprobé que ella decía la verdad. 
Silvia se dejó tocar. Mis movimientos eran torpes, pero ella me dio la oportunidad de acariciarla por completo. Nos besamos. Ella se despojó por completo de mi camisa y me mostró su cuerpo desnudo. Después comenzó a pasar sus manos encima de mi piel. Ella misma me quitó la ropa. Acercó su boca a mi rostro y con sus labios presionó con suavidad el lóbulo de mi oreja. Después dio pequeños besos alrededor de mi cuello. Fue descendiendo y succionó mis pezones, lo cual me estimuló mucho. Fue pasando por mi pecho y mi vientre, hasta llegar abajo. Desabrochó mis pantalones, bajó el cierre y me la sacó. Ya la tenía dura. Ella me la acarició con su lengua, ardiente y húmeda, y luego la introdujo en su boca, despacio, sin ninguna prisa, hasta que llegó a su garganta. Mientras lo hacía me miraba desde abajo, con ojos llenos de malicia y deseo. Me la mamó, y también en ratos succionaba mis testículos con suavidad. Yo entrecerraba los ojos cada vez que hacía eso. Estaba a punto de venirme cuando ella apartó su boca y rió de manera traviesa, provocándome. Me detuve con mucho esfuerzo. Yo ya estaba muy caliente. Entonces ella se levantó, corrió detrás del sofá. La perseguí. Silvia seguía riendo, huyendo de mis brazos. Sus tetas grandes y maduras brincaban como un par de gelatinas. Finalmente la atrapé. La levanté en mis brazos y la acosté de nuevo en el sofá. Ella sonrió. Estiró los brazos por encima de su cabeza. 
–Me gustas, chiquito. Me gustas mucho, mucho –dijo con esa voz de tigresa en celo, en ese tono exacto con el que sabía que podía excitar a los hombres, y que tal vez había aprendido con el transcurso de los años. 
Sus experimentadas manos tocaron los puntos que ninguna otra mujer había descubierto. Con sus dedos me la tocó, dándome un suave masaje con movimientos circulares, y luego sus manos recorrieron mis muslos. Yo no podía aguantarme, esa mujer me volvía loco. Así que comencé a besarla, y a pagar con la misma moneda sus caricias. Junté sus tetas y deslicé mi lengua, saboreando sus pezones. Después mis dedos se enredaron en su cabello y luego acariciaron su espalda, hasta llegar a sus nalgas. Las apreté. Eran como malvaviscos. Le di pequeños besos en sus brazos, en sus manos, y luego bajé hacia su pubis. Pasé mi lengua para excitar su clítoris. Ella gimió. 
–Mi amor… me gusta… 
Entonces la penetré. Silvia gemía, entrecerraba los ojos y disfrutaba con placer mis movimientos. La puse de lado, yo a espaldas de ella. La abrazaba, y ella volteó y me besó. 
–Ay, me gusta como lo haces, mi amor –me decía entre sofocos–. Sí, mi amor, sigue así. 
Yo me excitaba al ver la expresión de gozo en su rostro. Me sentía orgulloso de mí mismo. Estaba haciendo estallar de placer a una mujer. 
Luego cambiamos de posición. Yo acostado, ella encima de mí. Se agarró el cabello con las manos mientras subía y bajaba, y se mordió los labios, maullaba como gata en celo. Nuestros ruidos y jadeos se hicieron intensos. Entonces le dije que estaba a punto de venirme. Ella se levantó, y luego se arrodilló frente a mí, y abrió la boca. Mi leche cayó en su lengua, en sus mejillas, en sus párpados. Silvia sonreía. Su cara quedó toda cubierta. Yo la contemplé así, entre atónito y excitado. Ella la tragó y me mostró su lengua. 
Cuando terminamos quedamos exhaustos, tendidos en el sofá. Ella estaba encima de mí, y yo la abracé, aunque esta vez de manera diferente. Me sentí invadido de muchas emociones. No sólo porque había experimentado caricias y sensaciones que nunca antes había vivido, sino porque Silvia parecía comprenderme. Me escuchaba sin juzgar, tenía una mentalidad libre, abierta, y era una mujer con la que podía platicar de cualquier tema. Entonces sentí el impulso de protegerla, y cuidarla, y ser cariñoso con ella. Mi mano acarició su espalda, ya no con la libido que sentía en momentos previos, sino con serenidad. Me sentía seguro con ella, sentía que era la única mujer que me aceptaba tal como yo era. 
–Mmmh, Julio. Me encanta estar contigo –ronroneó. Alzó su cabeza, y me besó en la boca–. Pero ya debo irme.  
–No, espérate. Quédate un rato más –supliqué. 
–No, ya me voy –dijo, y sacó su cartera–. ¿Cuánto es?
Entonces recordé la realidad. Silvia era mi clienta, no mi novia. 
Aunque yo estaba consciente de que vendía abrazos por dinero, en esta ocasión me sentí mal por cobrar por ello.
Le tomé de la muñeca, y dije:
–No, no me des nada. 
–Pero es tu trabajo.
–No voy a aceptarlo. Esto no lo hice por dinero. Lo hice por ti. 
Silvia arqueó una ceja, extrañada, pero no dijo nada. Guardó el dinero. Yo recogí su ropa de la secadora y se la entregué. En pocos minutos, la ropa volvió a cubrir ese cuerpo desnudo que poco antes había estado en mis brazos. 
–Nos vemos, Julio. 
–Llámame, por favor.
–Claro –dijo, y me dio un pequeño beso. 

Silvia salió de mi departamento. Yo me recosté de nuevo en el sofá. Me sentía feliz, satisfecho, lleno de entusiasmo. Creo que empezaba a amarla. 

Capítulo 13

Aquel fin de semana me lancé a Tampico para visitar a la familia. Llegué a la central de autobuses después del mediodía, y de ahí me pasé directo a la casa. Mi mamá preparó una jarra de agua de huapilla, y para comer hizo unos bocoles rellenos de frijoles y chicharrón. 
Platicamos un buen rato sobre la familia, sobre Mónica y Matt, la bebé, los tíos, primos, la ferretería. Todo tranquilo. Hasta que de pronto, mi mamá dijo:
–¿Ya estás trabajando? Porque te he estado llamando a tu departamento y al celular en las noches, y no me contestas. 
–Sí, es que he tenido mucho trabajo. 
–¿Y en dónde trabajas? –preguntó mi papá.
Si fuera una prostituta, podría haber inventado que trabajaba cuidando viejitos, o que trabajaba en una funeraria, o que era aeromoza. Pero en mi caso, tenía que inventarme una excusa más convincente. 
–Ya estoy trabajando en una empresa, en Santa Catarina; y me mandan mucho de viaje al extranjero, para proyectos. Por eso casi no estoy en casa. 
–¿Y te pagan bien? –preguntó mi papá.
–Claro. Gano mucho mejor que donde estaba antes. 
Me dio remordimiento haberle mentido a mis papás, pero no me quedaba de otra. 
Regresé a Monterrey el domingo por la tarde, a bañarme y descansar, pues me esperaba una semana con mucho “trabajo”. 
Al día siguiente, en la mañana, me dirigí a encontrarme con mi siguiente clienta. Llegué a una casa en la colonia Chepevera, y revisé si era el domicilio correcto. Di un vistazo a la fachada. Era una de esas viviendas enormes, construidas allá por los años sesentas, en aquellas épocas en que no se escatimaba el área de los terrenos. 
Toqué el timbre y apareció en la puerta de entrada una enfermera.
–¿Diga?
–Eh… buenos días. Busco a la señora Martha. 
–¿Cuál es su nombre?
–Julio.
–¿Es el terapeuta? Pase, por favor. 
La enfermera abrió la reja y me dejó pasar. Entré a la sala. Al fondo se veían varios viejitos en silla de ruedas o caminando apoyados en andaderas, arrastrando los pasos, todos solitarios, con las miradas tristes o perdidas en la nada. Nadie les hablaba ni les hacía caso. 
Entonces me di cuenta de que la casa en realidad era un asilo de ancianos.
–Qué bueno que viene. La señora Martha ha tenido dolores en las piernas, y necesita que le den masajes. 
¿Masajes? ¿Acaso tenía que dar masajes a una viejilla? Intenté aclarar la situación de inmediato, que yo no era ningún masajista, pero la enfermera gorda no me dejó hablar. 
–Últimamente anda muy triste y come muy poco. Nadie viene a verla. Es viuda, tiene cuatro hijos, una hija y diecisiete nietos, aunque ellos muy rara vez vienen a visitarla. Sólo en ocasiones viene Eduardo, un nieto suyo, que es más o menos de tu edad. Pero hace seis meses que él no se aparece por aquí.
Yo seguía sin entender qué pedo, por qué me daban tanta explicación, si tenía que abrazar a una viejilla o masajearla o qué, y sobre todo lo más importante: ¿quién chingaos me iba a pagar?
La enfermera me llevó hasta una habitación muy pequeña y claustrofóbica. En un sillón desgastado se encontraba una anciana de cabello teñido de rubio claro y de labios pintados de rojo. Su espalda estaba encorvada por los años y sus ojos apuntaban hacia el piso. 
–Hola, Martha. ¿Cómo estás? –la saludó la enfermera.
Martha no respondió. Parecía distraída, o quizá nos ignoraba deliberadamente. 
La enfermera la tocó en el hombro, y sólo así Martha salió de su ensimismamiento. 
–¿Uhm? –preguntó desorientada.
–Martha, aquí está el que te va a dar la terapia. 
La señora volteó, sonriendo. 
–Está bien. 
–Los dejo a solas. 
Apenas se fue la enfermera, la anciana me dijo:
–Bueno muchacho, entonces, ¿aquí o en la cama?
–¿Eh? –pregunté arqueando una ceja.
–Pues los masajes, chamaco. Y te advierto que quiero uno con final feliz –dijo guiñándome el ojo. 
Ah cabrón, ¿qué dijo? 
La señora me jaló de la mano, y me examinó. 
–A ver, ven para acá, para verte. ¡Mira que flaco estás! ¿Qué no comes bien? Y estas manos tan huesudas… ¡Mírate! ¡Ya ni nalgas tienes! ¡Estás todo desnalgado, muchacho! –exclamó, y me pellizcó el trasero, dejándome magullado.
–¡Épale! –grité, zafándome de sus manos.
–Pues es que estoy viendo tu mercancía, chamaco. Ahora quiero ver “el plátano”. 
No sé si era por la edad, o porque la viejilla tenía ganas de echarse una canita al aire, pero andaba muy sobres. 
–Oiga, es que yo no doy ese tipo de masajes. 
–¿Cómo de que no? –exclamó enojada–. ¿Entonces qué das?
–Sólo abrazos. 
–¿Qué? ¿Y para eso cobras tanto? Mta –dijo chasqueando la boca con decepción–. Mejor hubiera buscado un puto del Papichulo. 
Solté una carcajada, y me senté en la cama. 
–¿Quién le habló de mí?
–La nieta de Hortensia, una viejilla que está a cada rato diciendo que “ya se va a su casa”. Mira, ahí viene. 
En ese momento, entró una señora diciendo:
–Adiós, ya me vengo a despedir. Ya me voy a mi casa. 
–Sí Tencha, que te vaya bien –dijo doña Martha sin hacerle mucho caso–. Ya vete. 
 La señora se fue, y doña Martha me dijo:
–¿Ves? Pinche loca. Bueno, como te iba diciendo, la muchachita me dejó tu tarjeta. Y como mi hijo mayor había dejado dicho que contrataran los servicios de un terapeuta para que me diera masajes, pues pensé que bien podías ser tú. 
–A ver, ¿y qué tal si su hijo se entera que no soy un terapeuta y me ve haciéndole “eso”? 
–¡Nah! ¡Qué se va a dar cuenta, si ni viene el cabrón! Ha de ser por culpa de la piruja esa con la que se casó, lo ha de tener todo embrujado. Ella nunca me quiso. Y mis otros hijos tampoco vienen, ni mis nietos, ni nadie. Siempre andan ocupados en sus cosas. 
Al decir esto, noté que su rostro se ensombreció. 
Yo no conocí el cariño incondicional de una abuela; no había tenido a la típica viejecita canosa y bonachona como la que interpretaba Sara García en las películas de Pedro Infante. Mi abuela paterna murió cuando yo tenía cinco años, así que no tenía muchos recuerdos de ella. Y mi abuela materna, por otro lado, no me caía bien. Ella era fría, estricta, regañona, y se molestaba por todo. Le desagradaba que anduviera con la camisa de fuera, y me obligaba a fajarme. No me dejaba jugar en su jardín porque no quería que pisara el césped. Y por su culpa regalaron a mi perro Poncho, porque convenció a mi mamá de que ese perro le causaba alergias cada vez que ella venía a visitarnos. Así que no tenía en buen concepto a las abuelas. Sin embargo, Martha se veía diferente; a pesar de que estaba medio zafada, me cayó bien. 
–Bueno, pues, ¿va a querer los abrazos? Nada pierde con probar. Si no le gusta, no me los paga. ¿Cómo ve? 
La mujer lo pensó, pero aceptó. 
–Órale pues. 
La ayudé a ponerse de pie. A pesar de su apariencia frágil y adorable, ella me apretó con tal fuerza que casi me sacaba el aire, parecía que probara mi resistencia. La contemplé con detenimiento y tenía una apariencia bastante curiosa. Además de pintarse los labios de rojo intenso, usaba unas enormes arracadas de oro, los últimos vestigios de vanidad femenina. 
–¿Y cómo te llamas, muchacho?
–Julio –respondí–. ¿Y cuántos años tiene, doña Martha?
–Eso no se pregunta, muchacho. Es de mala educación –me reprendió. 
–Perdón –dije avergonzado. Era curioso que aun siendo grandes, las mujeres ocultaran su edad–. Pero luego van a pensar que usted está abusando de mí, por la diferencia de edades –añadí riéndome. 
–¡Méndigo chamaco! –exclamó la anciana, y luego se rió–. Me caes bien. 
Me soltó y me pellizcó un cachete, pero no los de la cara. 
–Para ser una abuelita, usted está muy tremenda. 
–¡Uh! Y eso que ni me conoces bien. 
Sacó un monedero y me pagó por los abrazos. 
–Aquí tienes, m’ijo. Prométeme que vas a volver –me rogó–. Aquí me siento muy sola, y me hace falta platicar con alguien. 
Le aseguré que regresaría cuando me lo pidiera. 
Me despedí de ella y me dirigí a la salida. En la puerta, la enfermera, me esperaba. 
–¿Y bien? ¿Cómo te fue? 
–No me puedo quejar –contesté.

Mientras iba camino a casa, pensé en doña Martha. Tal vez ella podría ser una abuelita para mí. Una abuela bastante peculiar.

Capítulo 12

A la mañana siguiente, yo andaba preparando mi desayuno cuando de repente Alma llegó a mi depa con una cámara de video y una lámpara de esas que se usan en los estudios fotográficos. 
–¿A quién vas a grabar? –pregunté.
–A ti. Voy a hacerte un comercial que subiré como video viral a You Tube –dijo mientras dejaba las cosas en el suelo–. Así que vístete y péinate. 
–¿Me vas a hacer un comercial? Tú y tus ideas locas. 
–Ándale, ve a vestirte. Ponte esa camisa azul marino y el pantalón negro que compramos el otro día –dijo con tono autoritario y más serio de lo usual.
No me puse a discutir con ella. A pesar de que la idea de hacer un comercial me incomodaba, de todas maneras confiaba en que mi amiga sabía mejor sobre cómo promover un negocio, aun y cuando ese negocio fuera tan bizarro como vender abrazos. 
Alma clavó unas sábanas en la pared, y acomodó la lámpara y el tripié para la cámara de video. 
Desde mi cuarto, mientras yo me vestía, le dije a mi amiga:
–Ayer me tocó una señora que me contrató para acostarse conmigo.
–¿Y qué pasó?
–Pues a la mera hora no me animé porque era casada y con hijos, y no me quise meter en ese pedo. Todavía fuera divorciada, ahí no te digo nada.
–¡Vaya! Entonces no eres tan cabrón como imaginaba. ¡Bien por ti! 
–Sí, pero ahora lamento no haberle tomado la palabra. 
–Ash –dijo Alma molesta, poniendo los ojos en blanco. 
Yo me reí. 
–¿Qué? ¿A quién le dan pan que llore? Ya en serio, se me hizo mala onda ser el culpable de destruir una familia. No hubiera podido cargar eso en mi conciencia, sobre todo por los niños. Aunque a ver, explícame, Alma. ¿Por qué las mujeres son infieles? De los hombres no te digo nada, está en nuestra naturaleza buscar “dónde poner la semilla”…
Cuando vi que mi amiga hacía un gesto de desaprobación, aclaré mis palabras: 
–Ok, sentimos el impulso de andar con muchas mujeres, el chiste es controlarse, claro. Pero, ¿y las mujeres? ¿Cuáles son sus motivos para poner el cuerno?
Mi amiga acomodó la cámara y respondió:
–Pues hay muchas razones, amigo. Algunas por despecho porque el esposo también es infiel, otras porque se sienten insatisfechas sexualmente, otras porque desean que un hombre esté halagándolas y deseándolas, otras más porque quieren sentir la adrenalina de lo prohibido. O sea, son muchas las causas, y sería imposible generalizar. 
–Órale –murmuré, y me quedé pensativo. 
Alma terminó de colocar el “escenario”, y lo contempló satisfecha, como si hubiera hecho una obra de arte. A veces me sorprendía el entusiasmo y la habilidad de mi amiga. Nada se le dificultaba; creo que hasta ponía más empeño que yo en el negocio.
Me observó de pies a cabeza y sonrió, dando su visto bueno. Me pidió que tomara asiento y mirara a la cámara.
–¿Y qué es lo que voy a decir?
–Lo que se te ocurra. Vende tu servicio.
Me hizo la seña cuando encendió la cámara.
–Eh… hola –dije titubeando–. Me llamo Julio y soy vendedor de abrazos. Este… bueno, doy abrazos, pero también podemos ir al cine, o a cenar.
–¡No! –exclamó Alma exasperada, y puso pausa a la grabación–. Qué hueva me das con ese comercial. 
–¿Pues qué quieres que haga? ¡No soy artista! –protesté. 
–Sólo dices: “Hola, soy Julio, el vendedor de abrazos, y vendo abrazos” –dijo remedándome –. Tienes que ser más creativo, llegar al corazón de la gente, provocar emociones… A ver, ¿por qué una mujer tendría que comprar tus abrazos?
–No lo sé. Supongo que porque se sienten solas. 
–Ahí está. Las mujeres se sienten solas. No encuentran pareja por más que buscan, o su pareja las abandonó y les rompió el corazón…
Al decir esto, noté que Alma crispaba los puños y se ponía tan tensa que parecía que tenía ganas de golpear a alguien. 
–¿Por qué te enojas? –pregunté con cautela.
En ese momento, Alma gritó como loca y se derrumbó en el sofá, junto a mí. 
–Porque acabo de enterarme de que mi ex se va a casar –dijo con tristeza y rabia–. No tiene ni un año que terminó conmigo y ya se consiguió otra novia, ¡y hasta le propuso matrimonio! 
Enseguida mi amiga rompió en llanto, se encorvó y se cubrió el rostro con las manos. Su fortaleza y su ánimo se quebraron como un vaso de cristal que se estrella en el suelo. Ahora entendía por qué andaba tan de mal humor desde que llegó. Era porque todavía seguía pensando en aquel cabrón. 
–Ven aquí, ven aquí –le dije, jalándola del brazo, y la aprisioné contra mi pecho. La abracé con fuerza, para que descargara su melancolía. Ella se aferró a mi cuerpo hasta con las uñas, y derramó sus lágrimas sobre mí.
–¡No es justo! –gimió.
–¿Todavía lo quieres?
–No. Pero al menos yo esperaba que él sufriera por haberme dejado ir, o que yo encontrara otro novio, y que él viera lo que se perdió. ¡Pero nunca pensé que él encontraría tan rápido a otra mujer, y que con ella sí se casara! ¡Me da coraje! 
Mi amiga estaba devastada. Entonces recordé que algo así sentí cuando supe que Daniela, mi primera novia, se iba a casar. Ya teníamos varios años de haber terminado, pero un día, durante unas vacaciones de verano en la universidad, en que yo me fui a Tampico, ella llegó a mi casa y nos dejó la invitación de su boda. Para mí fue más bien como una despedida. 
 Dejé que Alma se desahogara y le di pequeñas palmaditas en la espalda, mientras le susurraba:
–Tranquila. Él no era para ti. Quizá hasta te hizo un favor al irse. 
–Pero, ¿por qué con la otra mujer sí cambió? ¿Por qué a ella sí le pidió matrimonio, y a mí siempre me dijo que no estaba listo para eso? Si no pensaba casarse conmigo, al menos me lo hubiera dicho desde el principio, en lugar de hacerme perder el tiempo. ¡Tantos años que aguanté sus gritos y sus malos ratos para nada! 
–Mira, si el güey es inmaduro, dudo que haya cambiado de un día para otro. Además, nadie te obligó a estar con él todo ese tiempo. Si veías que la relación no iba para ningún lado, y no te gustaba como te trataba, de volada lo hubieras mandado a chingar a su madre. Pero en lugar de eso aguantaste, tú misma lo acabas de decir. Decidiste quedarte. ¿O acaso él te puso una pistola en la cabeza?
–¡Ay, Julio!
–Ya deja de llorar por ese güey. No eran el uno para el otro, punto. Tú lo ves como una tragedia. Deberías dar las gracias porque ya no lo tienes encima. Literalmente. 
Alma se quedó callada, con los ojos llorosos, rojos e hinchados, pero por fin entró en razón. 
–Pues sí. Es cierto. 
Se apartó de mí, se secó las lágrimas y luego me miró.
–Ay, arrugué tu camisa. 
–No importa. 
–Quítatela para planchártela. 
–¿Me vas a planchar? ¿Ahorita? Golosa.
–¡Aaaasshhh! ¡Julio! 
Me quité la camisa y mi amiga me contempló, entre nerviosa y turbada. Incluso se sonrojó. Desvío la mirada y se fue a plancharla. Regresó a los pocos minutos. Me vestí, pero noté que ella seguía observándome de una manera extraña. 
–Déjame arreglar tu cabello –me dijo con cariño, y pasó sus dedos sobre mi cabeza. 
Nos miramos el uno al otro por unos segundos. 
De pronto, ella se acercó a mí y me besó.
Yo me aparté, azorado.
–¿Qué haces?
Ella titubeó. 
–Me gustas –respondió.
–Bueno, si quieres nos podemos dar un agasaje… 
–No, Julio. Lo que quiero decir es que te amo. 
Me quedé estupefacto, pero al mismo tiempo preocupado, porque aunque era mi mejor amiga, ella no me atraía tanto como para andar de novios, y no hallaba cómo decírselo sin que se escuchara feo. 
–Ay Alma… –dije con lástima–. Oye, no quiero que te sientas mal, pero yo no siento lo mismo por ti. Sorry
–Podríamos intentarlo.
–Pero eso significaría que ya no seríamos amigos –la interrumpí–. Y no me gustaría perder tu amistad. 
–¡Ay, Julio! –protestó Alma, desesperada–. Tú me gustas, te me haces un chavo guapo, buena onda, inteligente, divertido… 
–Y tú también eres una chava muy guapa, inteligente, y con quien me gusta platicar. Pero sólo eso. En serio, yo quiero que sigamos siendo amigos. ¿Para qué arriesgarnos a tener una relación, si desde el principio no siento lo mismo que tú?
–Eso se puede dar con el tiempo.
–¿Y si no? Discúlpame, pero no quiero arriesgarme a perder una buena amiga para tener un mal noviazgo. Tú te quejas de que tu novio no te fue honesto desde el principio, ¿verdad? Pues yo te soy honesto. No quiero hacerte perder el tiempo en algo que no sabemos si funcionará. 
Alma se enojó. Recogió sus cosas sin dirigirme la palabra, y se fue dando un portazo. Yo me preocupé. Traté de hablar con ella, sin embargo no me hizo caso. Se largó en su coche. 
Me sentí muy triste. Independientemente del hecho de que Alma era quien me ayudaba con el negocio de los abrazos, era mi amiga, mi mejor amiga, y me dolía que ya no lo fuera más. 
Pasaron nueve días sin tener noticias de ella. Comencé a extrañarla, incluso eché de menos sus regaños. Y justo cuando empecé a hacerme a la idea de que ya no la volvería a ver, me la encontré una mañana en las escaleras de mi edificio, sentada, así nada más. 
Me senté junto a ella. 
–¿Qué pex? –pregunté. 
–Hola –dijo con voz fría. 
–¿Sigues enojada conmigo? 
–¿Tú qué crees?
–No sé. ¿Por qué viniste entonces?
–Para hacer tu comercial –dijo golpeándome con su bolsa en el estómago–. Como dices: “negocios son negocios.”
Se levantó y subió las escaleras. 

Alma no volvió a comentar nada sobre nuestra discusión, ni insistió en ser novios. Yo tampoco quise tocar el tema. Por unos días se portó cortante y mandona, pero con el tiempo, nuestra amistad volvió a reanudarse.