Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


También puedes descargarla desde iBooks Store o en Kindle.


Si te interesa la versión impresa puedes comprarla en la tienda EIMART y en Amazon.

Capítulo 3

Conforme más lo pensaba, eso de vender abrazos comenzaba a entusiasmarme. Iba a conseguir dinero y mujeres. ¡Qué fácil! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Esa noche llegué al lugar acordado, un restaurante de comida italiana en la colonia Cumbres. Mi clienta me mandó un mensaje de texto diciéndome que ya me esperaba ahí. Me froté las manos y aplaudí con optimismo. Con un poco de suerte, podría terminar en algo más.

La identifiqué por las señas que me había dado sobre qué ropa usaría. Sin embargo, al verla, me sentí decepcionado. No era tan guapa como la imaginaba. Plana, cabello enredado, nariz grande… Pero negocios eran negocios, y además necesitaba el dinero. Así que me armé de valor y fui a su encuentro.

–¿Gisela?

–Sí –respondió ella con ansiedad–. ¿Tú eres Julio? Mucho gusto.

–El gusto es mío –respondí tomando asiento–. ¿Vas a ordenar algo?

–Ya pedí un café.

Llamé al mesero y ordené otro café.

Se hizo un silencio tenso entre ella y yo. ¿Qué se decía en estos casos?

–Y… ¿vas a querer que te abrace?

Ella se sonrojó y bajó la mirada.

–Sí.

–¿Y por qué? Digo, no es que me queje, pero me gustaría saber por qué quieres hacerlo.

–Porque me siento triste.

–¿Triste? ¿Qué pasó?

La mujer abrió la boca pero no salió ningún sonido de ésta; entonces bajó la vista, con melancolía. Yo seguía sin saber qué hacer.

–Bueno, no es necesario que me lo cuentes.

–No, está bien –dijo ella, aun sin levantar la mirada–. Verás, yo tenía novio, pero descubrí que me era infiel. Sólo me dijo mentiras…

La chica comenzó a desahogarse, contándome todos los pormenores de la relación, desde cómo se conocieron hasta el día en que lo encontró en la sala de su casa con otra mujer.

Perdí el hilo de su conversación cuando comenzó a ponerse dramática reviviendo los engaños de su novio. Qué hueva. Yo creía que este asunto iba a ser más sencillo. Dar abrazos y ya. Todo simple. Pero tal parecía que la chica lo veía como una terapia, y me estaba usando como su psicólogo personal.

–Hace semanas que terminamos. Aunque a veces me dan ganas de llamarle –dijo.

Se quedó callada, como si me cediera el turno de hablar. Aunque estaba confundido.

–¿Llamarle para qué? –pregunté.

–Para saber cómo está.

–¿Él te ha buscado?

–No.

–¿Te ha pedido perdón?

–No.

–¿Entonces para qué quieres saber de él?

La mujer comenzó a llorar, y los demás comensales voltearon a vernos. Me sentí culpable y le di una palmadita en la mano, tratando de calmarla.

–Ya, tranquila. No llores. Ese hombre no valía la pena. Con todo respeto, pero es un idiota.

Ella sonrió, y se limpió la nariz con una servilleta de papel.

–Gracias.

–De nada.

Yo quería terminar con esto de una vez por todas, para irme de ahí.

–Entonces, ¿vas a querer que te abrace?

–Sí.

–¿Aquí o prefieres en otra parte?

–Mejor afuera.

Pagamos la cuenta y salimos del establecimiento. Una vez ahí, ella se quedó inmóvil. Ninguno de los dos se animaba a dar el primer paso. Entonces me dije “Pos ya estoy aquí.”, y la abracé. Ella se unió a mí, en un principio sorprendida por mi audacia, pero después, correspondiéndome. Permanecimos así, por largo rato, sin pronunciar palabra alguna. No hacía falta en realidad hablar. Pasé mis manos por su espalda, despacio, recorriendo las curvas de su cuerpo. Sentí su respiración sobre mi pecho. Las yemas de mis dedos tocaron su cintura. De pronto, ella dejó escapar un suspiro. Y no sé por qué, pero sentí un poco de lástima por ella. Después de todo, la mujer no era mala persona, simplemente estaba desesperada y sola… como yo.

Al terminar la sesión, me pagó y me dijo:

–No sé qué has hecho en mí, pero me siento bien.

–No he hecho nada en especial.

–Abrazas mejor que mi ex –respondió ella, y esbozó una sonrisa triste.

–Por favor, ya no pienses en él. Piensa que mi abrazo te lo borró de la memoria.

–Así lo haré –dijo, y me dio un beso en la mejilla–. Gracias por todo. Nos vemos.

Regresé a casa. En el trayecto me pregunté si tal vez debí haber sido más cariñoso, ya que después de todo, lo que ella buscaba era un poco de compañía y consuelo.

No pude evitar en pensar en Cecilia, mi última novia. Casi la misma historia…

Ahora entendí por qué sentí lástima de Gisela. Yo me sentía identificado con ella.

Llegué a mi departamento, cansado y con ganas de tumbarme en la cama. Pero me encontré a Israel en la puerta del edificio.

–¿Qué hay, Julio? ¿Dónde andabas?

–Fui a una entrevista de trabajo.

–¿Y cómo te fue?

–Bien –respondí, y de inmediato cambié el tema de conversación–. ¿Qué haces aquí?

–Vine a invitarte a una carne asada. Rogelio cumple años, y se va a festejar en su casa. ¿Cómo ves? ¿Te animas?

–No lo sé, güey. Estoy cansado. Quiero dormir.

–¿Cansado de qué? Si ni estás trabajando. Anda. Vamos los de siempre: Francisco, Moisés, Rogelio, yo…

Ante la insistencia de Israel, accedí. Ni siquiera tuve tiempo de cambiarme de ropa.

Israel manejó hecho madre hacia la casa de Rogelio. Cambiaba de carril de manera atrabancada, dando cerrones a los demás, y escuchando a la Banda el Recodo a todo volumen. Llegamos en menos de media hora.

–¡Roger! –dijo Israel, dándole unas fuertes palmadas en la espalda–. ¿Qué onda, güey?

–Nada, nada. Aquí apenas voy a prender el carbón. ¿Ustedes saben cómo?

–Julio sabe –dijo Israel.

Puse los ojos en blanco. Siempre sucedía lo mismo: me invitaban “de buena fe” a una fiesta, y yo era quien terminaba asando la carne.

Estábamos a cuarenta grados de temperatura. El humo del carbón hacía que me ardieran los ojos, y comencé a sudar tanto que en la camisa se dibujaron manchas en mis axilas. Mis amigos, mientras tanto, estaban tomándose unas cervezas bien heladas y platicando sobre fútbol. Israel y Moisés le iban a Rayados, Rogelio a Tigres, y Paco al Santos Laguna. Tamaulipas no tenía equipo en primera división, por lo tanto, yo no le iba a ninguno.

Cuando ya saqué toda la carne del asador, dejé unas tortillas calentándose en las brasas. Fui a echarme un taco. Mis amigos ya habían cambiado el tema. Ahora hablaban de mujeres.

–N’ombre –platicaba Moisés–,el otro día me cogí a una vieja. La conocí en un bar, y al final terminamos bien pedos. Luego la invité a pasar la noche en mi casa, ¡y dijo que sí! Pinches tetas de lujo que tenía la morra.

–Mi mejor amiga –dijo Rogelio–. Fuimos al cine a ver una película de terror. Y luego se asustó, y gritó…

–Porque vio que tenías la verga del tamaño del dedo meñique –bromeó Francisco.

–Será la tuya, pendejo. Bueno, les decía, la morra me abrazó. Yo le agarré de la mano para que se calmara, pero luego ella agarró mi mano y la puso entre sus piernas. Yo le metí un dedo, y estaba toda mojada, y ya en confianza, le dije: “Oye, estás bien calientita”. Ella me dijo que tenía ganas, entonces nos agarramos besándonos, y ella terminó mamándomela en el cine.

–No chingues, estás inventando todo –dijo Moisés.

–Pinche Rogelio culero.

–A ver, pendejos, eso no es nada –dijo Israel–. Yo me cogí a una vieja, compañera del jale, que tiene unas tetas y un culo… n’ombre, ni se imaginan. Yo le echaba indirectas, pero ella siempre me daba el avión. Le llamaba, le dejaba mensajes de texto, y un día me pensé: “a la verga, ya le voy a decir”. Así que le dije que me parecía hermosa, que sólo pensaba en ella, y todas esas madres. Total, que un día la invité a salir. Y así anduvimos, en el carro, primero besos, luego agasajes, la dedeaba, y ya estando bien caliente, me dio una mamada de lujo. Entonces ella me dijo que ahora me tocaba a mí, así que me la llevé a un motel, y pos que cogimos bien chingón, dejó que le hiciera de todo. Uf.

–Pinche Israel…

–¿Y tú, Julio, ¿por qué tan callado, güey?

–Yo vengo de ver a una vieja –dije.

–¿Y?

Me quedé callado. Ni había hecho nada con ella. Pero tampoco iba a contarles eso, pues no me bajarían de joto.

–Así que ésa era tu famosa entrevista de trabajo, ¿eh, güey? –dijo Israel dándome una palmada en la espalda.

Yo reí.

–A huevo. Ahí en su oficina. Era toda una puta –mentí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario