Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


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Capítulo 10

Esa noche me puse a pensar que aunque esta ciudad era tan grande, las personas no sabían estar solas. Siempre era un ir y venir de gente por las calles y coches, en medio del acelere diario. Vivían estresadas, inquietas, organizando reuniones, asistiendo a antros, centros comerciales, cafés, cines, juegos de fútbol, carnes asadas, y si todo eso no bastaba, en los fines de semana emprendían un éxodo a la carretera nacional. Cualquier pretexto era bueno para juntarse. Pero a pesar de estar en compañía constante, se sentían solas. Especialmente las mujeres, cada una por razones diferentes. Un ejemplo era Edna, la gordita, que volvió a buscarme para una segunda sesión de abrazos, o Ximena, que también me contactó nuevamente.
Descubrí que cada mujer era distinta, de tal manera que no podía generalizarlas. Algunas eran tiernas y delicadas, otras salvajes y eróticas. A algunas les gustaba hablar demasiado; otras eran tan tímidas que había que sacarles las palabras como si descorchara una botella. Algunas me buscaban para ir a bailar, otras simplemente para pasar un rato abrazados viendo una película. 
Eso sí, aunque todas tenían diferentes personalidades, en esencia todas eran iguales, pues buscaban ser escuchadas y sobre todo, amadas. Además, todas eran hermosas. Cada cita se convirtió para mí en algo emocionante, en una sorpresa, nunca sabía que tocaría. Eran como dulces de diferentes sabores, y me engolosinaba con ellas. 
Sin embargo, no todo era tan fácil. A veces me costaba mucho entender la psicología femenina. Parecía como si ellas hablaran otro lenguaje, aun y cuando hablaran en español. 
Eso sucedió con Deyanira. Ella era una mujer de treinta años, alta, muy delgada, de cabello negro y piel blanca. Era Licenciada en Administración y trabajaba en el departamento de Recursos Humanos de una empresa cervecera que tenía fama de negrear a sus empleados. La mujer llegó tarde a la cita, precisamente porque salió tarde del trabajo.
Luego de una breve charla para presentarnos y de tomarnos un par de bebidas, me pagó y la abracé. Mientras lo hacía, ella empezó a decir:
–Tengo tanto trabajo que ni me queda tiempo para mí misma. Me siento estresada y cansada. Llego temprano y salgo siempre a las ocho o nueve de la noche. A veces tengo que ir sábados y domingos. Ya no puedo más, te lo juro.
–Quizá deberías renunciar a ese trabajo –dije.
–Pero no quiero renunciar. Me gusta mi trabajo. Aunque a veces me exigen demasiado. Hicieron reajuste de personal para ahorrar costos, y ahora yo tengo que hacer las funciones de dos personas. Y quieren que tenga todo a tiempo, ¡es imposible! –replicó.
–Pues sólo haz lo que puedas en tu horario de trabajo. No te quedes más tiempo. Ni que fueras robot. 
–¡Claro! Eso díselo a mi jefe. Capaz y me corre.
–¿Y qué? Te haría un favor, porque te liquidarían, y podrías buscar un trabajo más tranquilo.
Ella me miró como si yo hubiera perdido la razón.
–¿Qué te pasa? ¿Crees que ahorita está bien fácil encontrar trabajo?
Caray. ¿Estaba ella en sus días o qué onda? Nada de lo que yo le respondiera le parecía bien. 
Aun así, hice el intento.
–No, yo sé que ahorita la situación está difícil, pero he aprendido que siempre se abren otras oportunidades. 
Pero la chava como que no me peló mucho que digamos. Siguió con su monólogo lastimero. 
–Me siento tan mal. No pude ir al cumpleaños de mi abuelita.
–Pues llámale y dile que la verás mañana. 
–¡Ay! Tú no entiendes nada. 
–¿Entender qué? ¿Qué te quejas y preocupas por todo, y que por eso te sientes frustrada?
–¡No! ¡Ni siquiera me estás escuchando!
–¿Cómo que no te estoy escuchando? ¿No ves que estoy aquí, oyéndote?
–¡Ay, de veras no entiendes! –dijo exasperada, y se apartó de mí. 
Yo estaba desconcertado. ¿Por qué creía ella que no la estaba escuchando, si por el contrario, le estuve dando respuestas a sus problemas? Yo suponía que si me los estaba platicando, era porque buscaba que alguien la aconsejara y le dijera qué hacer. ¿Por qué se molestaba entonces conmigo?
La chica estaba a punto de marcharse, y yo me alarmé. No quería perder una clienta. Así que le dije:
–¿Me permites un segundo? Voy al baño. 
 Ella puso cara de fastidio, pero aun así accedió a permanecer unos minutos más. 
Me levanté presuroso pero no entré al baño, sino que hice una llamada por celular a Alma.
–¿Bueno? –preguntó jadeando, mientras se escuchaba al fondo música electrónica a todo volumen, y un tipo gritaba como sargento.
–Alma, soy Julio –dije.
–¡POSICION DOS! ¡AHORA! –gritó el hombre con un vocerrón que casi me deja sordo.
Me saqué de onda. ¿Posición dos? ¿Qué chingaos estaba haciendo Alma? ¿Estaba cogiendo conforme al Kama Sutra con un militar? 
–Julio, ahorita estoy en el spinning –dijo mi amiga casi sin aliento–. ¿No me puedes llamar más tarde?
–No. Tengo un problema. 
–¿Qué pasó?
Le expliqué más o menos la situación. Alma me escuchó atenta, sin interrumpirme. Al final, pregunté:
–¿Qué hago?
–Nada, menso. Sólo abrázala. Para eso fue, ¿no?
–¿Sólo eso? ¿Y sus quejas, y sus preocupaciones? ¿Qué le digo?
–Síguele la corriente, pero sé tierno. Dile que la comprendes y todo eso. 
–¡CADENCIA 120-150! ¡POSICION UNO! ¡AHORA! –volvió a gritar el instructor.
–Tengo que colgar, Julio –dijo Alma.
–Sobrex. Disfrútalo.
–¿Qué cosa?
–El asiento de la bicicleta. 
–Menso.
Solté una carcajada, y añadí:
–Dale duro al fierro. 
–¡Ya voy a colgar! –exclamó mi amiga–. ¡Adiós!
Alma me colgó, y yo me quedé con muchas preguntas en el aire, pero ya no podía perder más el tiempo. Regresé con Deyanira, quien ya estaba fastidiada y con deseos de marcharse. Me senté junto a ella y le dije:
–Ya estoy aquí. ¿Qué me decías?
–Pues nada. Sólo que me siento muy agobiada por tanto trabajo, y que cada vez me exigen más. 
–Así que tuviste un día muy difícil –dije.
–Sí. Bastante. Hoy tuve que dar de baja a cincuenta y cinco operarios de la planta, y mañana tendré que salir de viaje a Torreón, y regresar el mismo día. Iré manejando, en mi carro, sola, hasta allá. Ya no sé qué hacer… 
–Mmmh… entiendo. 
–Casi no tengo tiempo para nada. No como bien, no duermo bien, ni hago ejercicio. Me siento gorda…
–No estás gorda, estás muy guapa. 
–Ni siquiera tengo tiempo para ver a mi familia. Como te digo, mi abuelita cumplió años, y no pude ir a felicitarla, ni tampoco tuve tiempo para ir a comprarle un regalo. Me siento muy mal.
–No te preocupes. Todo va a estar bien. Ven aquí –le dije, y la abracé afectuosamente–. Eres una buena mujer. 
Ella cerró los ojos y suspiró. Acaricié su cabeza, como si consolara a una niña que se ha caído al suelo. La apapaché, le di besitos en la frente y palmaditas en la espalda, mientras escuchaba todas sus quejas sin mostrarme fastidiado o cansado. Mostré empatía, simplemente diciendo: “mmmh, ok”, o “ya veo”. Creo que eso era lo único que ella buscaba, desahogarse de todas las cargas del día. 
Poco a poco se fue relajando, y la ansiedad y el estrés que ella sentía se disiparon. De pronto, una sonrisa de tranquilidad se dibujó en su rostro.    
Entonces me dijo: 
–Guau, me siento mejor. Gracias por escucharme. 
–De nada. 
–Me dio mucho gusto conocerte, y platicar contigo. 
–Igualmente. 
–Toma. 
Me entregó el dinero por mis servicios y nos despedimos. Ella se marchó más feliz, incluso creo que iba cantando.
Me sentí satisfecho. No sabía que algo tan sencillo como un abrazo marcaba la diferencia en lo que sentían las mujeres. El simple contacto físico, aun sin necesidad de hablar o de opinar. 

¡Y yo que me había quebrado la cabeza intentando descifrarlas!

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