Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


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Capítulo 3

Conforme más lo pensaba, eso de vender abrazos comenzaba a entusiasmarme. Iba a conseguir dinero y mujeres. ¡Qué fácil! ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Esa noche llegué al lugar acordado, un restaurante de comida italiana en la colonia Cumbres. Mi clienta me mandó un mensaje de texto diciéndome que ya me esperaba ahí. Me froté las manos y aplaudí con optimismo. Con un poco de suerte, podría terminar en algo más.

La identifiqué por las señas que me había dado sobre qué ropa usaría. Sin embargo, al verla, me sentí decepcionado. No era tan guapa como la imaginaba. Plana, cabello enredado, nariz grande… Pero negocios eran negocios, y además necesitaba el dinero. Así que me armé de valor y fui a su encuentro.

–¿Gisela?

–Sí –respondió ella con ansiedad–. ¿Tú eres Julio? Mucho gusto.

–El gusto es mío –respondí tomando asiento–. ¿Vas a ordenar algo?

–Ya pedí un café.

Llamé al mesero y ordené otro café.

Se hizo un silencio tenso entre ella y yo. ¿Qué se decía en estos casos?

–Y… ¿vas a querer que te abrace?

Ella se sonrojó y bajó la mirada.

–Sí.

–¿Y por qué? Digo, no es que me queje, pero me gustaría saber por qué quieres hacerlo.

–Porque me siento triste.

–¿Triste? ¿Qué pasó?

La mujer abrió la boca pero no salió ningún sonido de ésta; entonces bajó la vista, con melancolía. Yo seguía sin saber qué hacer.

–Bueno, no es necesario que me lo cuentes.

–No, está bien –dijo ella, aun sin levantar la mirada–. Verás, yo tenía novio, pero descubrí que me era infiel. Sólo me dijo mentiras…

La chica comenzó a desahogarse, contándome todos los pormenores de la relación, desde cómo se conocieron hasta el día en que lo encontró en la sala de su casa con otra mujer.

Perdí el hilo de su conversación cuando comenzó a ponerse dramática reviviendo los engaños de su novio. Qué hueva. Yo creía que este asunto iba a ser más sencillo. Dar abrazos y ya. Todo simple. Pero tal parecía que la chica lo veía como una terapia, y me estaba usando como su psicólogo personal.

–Hace semanas que terminamos. Aunque a veces me dan ganas de llamarle –dijo.

Se quedó callada, como si me cediera el turno de hablar. Aunque estaba confundido.

–¿Llamarle para qué? –pregunté.

–Para saber cómo está.

–¿Él te ha buscado?

–No.

–¿Te ha pedido perdón?

–No.

–¿Entonces para qué quieres saber de él?

La mujer comenzó a llorar, y los demás comensales voltearon a vernos. Me sentí culpable y le di una palmadita en la mano, tratando de calmarla.

–Ya, tranquila. No llores. Ese hombre no valía la pena. Con todo respeto, pero es un idiota.

Ella sonrió, y se limpió la nariz con una servilleta de papel.

–Gracias.

–De nada.

Yo quería terminar con esto de una vez por todas, para irme de ahí.

–Entonces, ¿vas a querer que te abrace?

–Sí.

–¿Aquí o prefieres en otra parte?

–Mejor afuera.

Pagamos la cuenta y salimos del establecimiento. Una vez ahí, ella se quedó inmóvil. Ninguno de los dos se animaba a dar el primer paso. Entonces me dije “Pos ya estoy aquí.”, y la abracé. Ella se unió a mí, en un principio sorprendida por mi audacia, pero después, correspondiéndome. Permanecimos así, por largo rato, sin pronunciar palabra alguna. No hacía falta en realidad hablar. Pasé mis manos por su espalda, despacio, recorriendo las curvas de su cuerpo. Sentí su respiración sobre mi pecho. Las yemas de mis dedos tocaron su cintura. De pronto, ella dejó escapar un suspiro. Y no sé por qué, pero sentí un poco de lástima por ella. Después de todo, la mujer no era mala persona, simplemente estaba desesperada y sola… como yo.

Al terminar la sesión, me pagó y me dijo:

–No sé qué has hecho en mí, pero me siento bien.

–No he hecho nada en especial.

–Abrazas mejor que mi ex –respondió ella, y esbozó una sonrisa triste.

–Por favor, ya no pienses en él. Piensa que mi abrazo te lo borró de la memoria.

–Así lo haré –dijo, y me dio un beso en la mejilla–. Gracias por todo. Nos vemos.

Regresé a casa. En el trayecto me pregunté si tal vez debí haber sido más cariñoso, ya que después de todo, lo que ella buscaba era un poco de compañía y consuelo.

No pude evitar en pensar en Cecilia, mi última novia. Casi la misma historia…

Ahora entendí por qué sentí lástima de Gisela. Yo me sentía identificado con ella.

Llegué a mi departamento, cansado y con ganas de tumbarme en la cama. Pero me encontré a Israel en la puerta del edificio.

–¿Qué hay, Julio? ¿Dónde andabas?

–Fui a una entrevista de trabajo.

–¿Y cómo te fue?

–Bien –respondí, y de inmediato cambié el tema de conversación–. ¿Qué haces aquí?

–Vine a invitarte a una carne asada. Rogelio cumple años, y se va a festejar en su casa. ¿Cómo ves? ¿Te animas?

–No lo sé, güey. Estoy cansado. Quiero dormir.

–¿Cansado de qué? Si ni estás trabajando. Anda. Vamos los de siempre: Francisco, Moisés, Rogelio, yo…

Ante la insistencia de Israel, accedí. Ni siquiera tuve tiempo de cambiarme de ropa.

Israel manejó hecho madre hacia la casa de Rogelio. Cambiaba de carril de manera atrabancada, dando cerrones a los demás, y escuchando a la Banda el Recodo a todo volumen. Llegamos en menos de media hora.

–¡Roger! –dijo Israel, dándole unas fuertes palmadas en la espalda–. ¿Qué onda, güey?

–Nada, nada. Aquí apenas voy a prender el carbón. ¿Ustedes saben cómo?

–Julio sabe –dijo Israel.

Puse los ojos en blanco. Siempre sucedía lo mismo: me invitaban “de buena fe” a una fiesta, y yo era quien terminaba asando la carne.

Estábamos a cuarenta grados de temperatura. El humo del carbón hacía que me ardieran los ojos, y comencé a sudar tanto que en la camisa se dibujaron manchas en mis axilas. Mis amigos, mientras tanto, estaban tomándose unas cervezas bien heladas y platicando sobre fútbol. Israel y Moisés le iban a Rayados, Rogelio a Tigres, y Paco al Santos Laguna. Tamaulipas no tenía equipo en primera división, por lo tanto, yo no le iba a ninguno.

Cuando ya saqué toda la carne del asador, dejé unas tortillas calentándose en las brasas. Fui a echarme un taco. Mis amigos ya habían cambiado el tema. Ahora hablaban de mujeres.

–N’ombre –platicaba Moisés–,el otro día me cogí a una vieja. La conocí en un bar, y al final terminamos bien pedos. Luego la invité a pasar la noche en mi casa, ¡y dijo que sí! Pinches tetas de lujo que tenía la morra.

–Mi mejor amiga –dijo Rogelio–. Fuimos al cine a ver una película de terror. Y luego se asustó, y gritó…

–Porque vio que tenías la verga del tamaño del dedo meñique –bromeó Francisco.

–Será la tuya, pendejo. Bueno, les decía, la morra me abrazó. Yo le agarré de la mano para que se calmara, pero luego ella agarró mi mano y la puso entre sus piernas. Yo le metí un dedo, y estaba toda mojada, y ya en confianza, le dije: “Oye, estás bien calientita”. Ella me dijo que tenía ganas, entonces nos agarramos besándonos, y ella terminó mamándomela en el cine.

–No chingues, estás inventando todo –dijo Moisés.

–Pinche Rogelio culero.

–A ver, pendejos, eso no es nada –dijo Israel–. Yo me cogí a una vieja, compañera del jale, que tiene unas tetas y un culo… n’ombre, ni se imaginan. Yo le echaba indirectas, pero ella siempre me daba el avión. Le llamaba, le dejaba mensajes de texto, y un día me pensé: “a la verga, ya le voy a decir”. Así que le dije que me parecía hermosa, que sólo pensaba en ella, y todas esas madres. Total, que un día la invité a salir. Y así anduvimos, en el carro, primero besos, luego agasajes, la dedeaba, y ya estando bien caliente, me dio una mamada de lujo. Entonces ella me dijo que ahora me tocaba a mí, así que me la llevé a un motel, y pos que cogimos bien chingón, dejó que le hiciera de todo. Uf.

–Pinche Israel…

–¿Y tú, Julio, ¿por qué tan callado, güey?

–Yo vengo de ver a una vieja –dije.

–¿Y?

Me quedé callado. Ni había hecho nada con ella. Pero tampoco iba a contarles eso, pues no me bajarían de joto.

–Así que ésa era tu famosa entrevista de trabajo, ¿eh, güey? –dijo Israel dándome una palmada en la espalda.

Yo reí.

–A huevo. Ahí en su oficina. Era toda una puta –mentí.

Capítulo 2


Eran las siete de la mañana. Después de manejar veinte kilómetros y batallar con el tráfico matutino, finalmente llegué al trabajo, en una empresa ubicada en un parque industrial de Apodaca. Pasé mi tarjeta por el escáner y entré a la oficina. 
Caminé por los cubículos, saludando a los compañeros: A Efrén, el señor cuarentón que siempre hablaba de fútbol; a Josué, el veinteañero recién egresado de la universidad; a Mario o “la Bella” porque estaba bien bestia el cabrón; a Carlos alias “casa de Infonavit”, porque tenía tres metros de frente, y a Rodrigo, quien era de mi edad; todos nosotros del mismo departamento de diseño industrial. Nos llevábamos bien, porque las bromas y la carrilla estaban a la orden del día. 
–¿Qué onda? –dije a Rodrigo, quien se sentaba al lado mío.
–¡Julio! ¿Qué ha habido? 
Me senté frente a la computadora. Mientras ésta se encendía, me froté la cara. Tenía mucho sueño. Eso de levantarse todos los días a las cinco de la mañana estaba cabrón, pero la ventaja de mi trabajo era que me pagaban bien. Después de graduarme de Ingeniero Mecánico Electricista en la Universidad Autónoma de Nuevo León, había estado en varias empresas por algunos meses, hasta que finalmente me quedé en ésta. Ganaba lo suficiente para pagar la renta del depa, me compré mi carro, y de vez en cuando me salía de viaje con mis amigos. Así que no podía quejarme, me la pasaba bien, después de todo.
Me asomé por la ventana. Era enero, el cielo tenía nubarrones y hacía frío. Así que le dije a mi compañero:
–Oye, está bueno el clima como para irnos a tomar algo caliente. 
–¿Como qué?
–Como un chocolate con unas donas. ¿Cómo ves?
–Ah, sobres.  
–Está bien. Yo pongo el chocolate… y tú “las donas”. 
–Pinche Julio –rió mi compañero al caer en mi albur. 
En ese momento pasó “La Bella”, refunfuñando. 
–¿Qué pex?
–No me salió. 
–Órale, pues pújale carnal, a ver si ya sale –respondí. 
–¡La impresión, güey! ¡No hay papel en la impresora!
Rodrigo y yo soltamos la carcajada. En ese momento, apareció el novato Josué. 
–¿Qué ha habido? –saludó.
–Nada carnal, ¿qué pedo? –respondió Rodrigo.
–Pos nada. Aquí dándole. 
Volteé a ver a Josué y noté que traía puesta una camisa de color negro, así que le dije:
–Oye, qué bien se te ve el negro. 
–¿Neta?
–Sí, el negro como que “te sienta” muy bien –respondí. 
Rodrigo y “la Bella” rieron a carcajadas. En cambio Josué me pintó un dedo, y me dijo:
–Pinche Julio pendejo.
Carlos se levantó de su lugar. Rodrigo me hizo una seña, ambos nos fuimos hacia su escritorio y cambiamos el wallpaper de su computadora por una foto de Ricky Martin sin camisa. Nos regresamos a escondidas a nuestros lugares. Cuando Carlos regresó y vio lo que habíamos puesto, exclamó:
–¿Quién puso esto? 
Rodrigo y yo fingimos que no sabíamos de qué hablaba. 
–¿Qué güey? Ah órale, no sabíamos que te gustaba tomar agua de la manguera. 
– Fueron ustedes, cabrones. ¿Verdad? 
–Para nada, güey –dijo Rodrigo, y yo no pude contener la risa. 
Carlos estuvo a punto de devolvérnosla cuando de repente pasó Alma frente a nosotros. 
Alma tenía veinticuatro años y era la única mujer del área, aunque ella estaba en Ventas. No era bonita, pero tampoco era fea. Era de esas chavas chaparritas, flaquitas, que se vestía demasiado sofisticada como para trabajar en la planta. 
–¡Hola! Buenos días –saludó con su vocecita melodiosa. 
–Buenos días. 
Apenas llegó ella a nuestro lugar, las risas se acabaron. La presencia de Alma hacía que cuidáramos más nuestras palabras. A veces pensábamos que la habían contratado adrede, para que nos controláramos, pues antes de su llegada el departamento era un desmadre. 
–¿Qué pasa? –Preguntó con curiosidad–. Cuenten el chiste. 
Pero los demás ya se habían cohibido, y regresaron a sus ocupaciones. 
Alma parecía desconcertada. Rodrigo se levantó de su lugar para servirse un café, y ella y yo nos quedamos solos. 
–¿Qué es lo que tanto platican que no me cuentan? –inquirió mi compañera.
–Nada, sólo estábamos bromeando entre nosotros. 
–Mmh.
–¿Qué onda? ¿Cómo estás?
–Bien, bien. Oye, ya que estoy aquí contigo, tengo una pregunta. Si tú fueras mi novio, ¿qué te gustaría que te regalara de cumpleaños? ¿Una playera de tu equipo de fútbol favorito o un perfume?
Aunque no éramos amigos íntimos, Alma siempre me agarraba de confidente. Creo que yo le inspiraba confianza. Y a la vez, también trataba de bromear con ella.  
–Yo más bien te pediría un fin de semana en un hotel de Cancún.
–¡Julio! Esto es serio. Mi novio cumple años mañana y quiero darle algo especial.
–Eso sería especial –dije.–Te aseguro que nunca lo olvidaría.
–¡Ash! 
–Bueno, ya, regálale un perfume –respondí para darle por su lado. 
–¿De qué marca?
–Pues no sé, de la que a él le guste. 
–Quizá le regale las dos cosas: la playera y el perfume. 
–Me parece muy bien –respondí. 
Alma me dio las gracias y se fue hacia su lugar. 
Continué haciendo mi chamba. Me gustaba mi trabajo. Me permitía viajar a varios lugares, cosa que no hubiera podido hacer de haberme quedado en Tampico, mi tierra natal. A pesar de que mi papá quería que me quedara atendiendo la ferretería, preferí salir del terruño a explorar el mundo, y mi trabajo me permitía eso. Me asignaban proyectos en diferentes ciudades, a veces en otros países. La única desventaja que le veía era que no me quedaba tiempo para tener novia, pues era difícil que una mujer aguantara mis largas ausencias.
En fin. No se podía tener todo en la vida. 
Me puse a avanzarle al nuevo proyecto. Parecía que ése iba a ser un día muy productivo. Y digo “parecía” porque en realidad, lo que sucedió fue algo muy distinto. Un minuto estaba frente a mi computadora, y al siguiente estaba en la oficina de mi jefe, donde éste me comunicaba que debido a la crisis financiera por la que atravesaba la empresa, habría un reajuste de personal, y que yo iba pa’ fuera. Claro, me lo dijo con otras palabras, pero el caso es que después de tres años de trabajo, me echaban de ahí. 
Fui a la oficina de Recursos Humanos a firmar y a recibir mi finiquito. Regresé a mi escritorio y guardé todas mis cosas en una caja de archivo. Como no me gustan las despedidas ni tampoco tenía ganas de dar explicaciones de mi salida, mandé un correo electrónico a todos mis compañeros, dándoles las gracias por todo. 
Y así, la vida me cambió en cuestión de horas. En la mañana mi principal preocupación era llegar a tiempo al trabajo; en la tarde, que no tenía trabajo. 
Pasaron cuatro meses, el dinero de la liquidación se me fue como el agua, y yo seguía sin conseguir chamba. Comencé a considerar la opción de regresar a Tampico, y vivir de nuevo con mis papás.
Esa tarde, mientras hacía la limpieza del depa, recibí una videollamada por Skype. Me senté frente a mi computadora y me puse la diadema. 
–¡Hola, hermanito! 
Mónica, mi hermana. Justo cuando pensaba en la familia, ella me contactaba. Parecía que tenía poderes telepáticos. 
–Qué onda, Mónica. Qué sorpresa.
–¿Cómo estás? Espero no estar molestando. 
–Para nada. ¿Qué horas son allá en Londres?
–Las siete de la noche. Matt no tarda en llegar. 
–¿Y Sofi, mi sobrina favorita?
–Es la única que tienes, menso.
–Por eso es mi favorita.
Seguimos platicando por un rato. Me preguntó cómo iba mi búsqueda de trabajo, y luego me dijo que le echara ganas, que no me desanimara. Poco antes de que se despidiera, le dije:
–Salúdame al Beatle.
–¿A quién?
–A tu marido. Parece el clon de John Lennon. 
–Menso –respondió mi hermana, entre enojada y risueña. 
Solté una carcajada. Mónica se despidió de mí y se desconectó de la conversación. 
Me quedé sentado frente a la computadora, girando la silla de un lado a otro. Sentí el peso de la soledad más fuerte que nunca. Los días se me hacían largos, tanto que perdía la noción del tiempo. Pasaba demasiadas horas en internet, refugiándome en las salas de chat, para conocer mujeres, o en las redes sociales, para platicar con aquellas viejas amigas de la universidad. Incluso pensé en llamarles a mis ex.  
Justo en ese instante, Alma se conectó al Skype. 
Aquello fue un alivio. De inmediato me abalancé sobre el teclado para escribirle. No es que Alma y yo hubiéramos sido grandes amigos, pero me caía bien. 
Platicamos un rato sobre cosas superficiales, y quedamos de vernos para cenar esa misma noche. Me bañé, me arreglé y salí de volada. Llegué al restaurante y me asomé para ver si ahí estaba ella. 
Pensé que platicar con mi amiga y ex compañera de trabajo me haría pasar un buen rato. Sin embargo, lo que encontré fue algo diferente a lo que yo esperaba. Alma no se veía como yo la recordaba, sino todo lo contrario. Lucía desaliñada y deprimida.
–Terminé con mi novio. Me siento muy triste –me anunció.
–Ah, órale –dije. 
–Siete años de noviazgo, y me dejó porque dice que no está listo para el matrimonio – dijo sollozando–. Necesito que alguien me consuele.  
–Pues sí, ya encontrarás a otro –respondí. ¿Qué más podía decir? 
–Pero ahorita me siento muy sola. ¿Podrías abrazarme?
–¿Como para echarnos…? Tú sabes… –pregunté con picardía. 
–¡No! ¡Sólo abrázame!
Su propuesta me sacó de onda. No había dicho que si nos íbamos a un motel. Dijo: ¿podrías abrazarme? Lo cual era muy distinto. Y no es que Alma me cayera mal, al contrario, estaba guapa, tenía lo suyo; para echarme un palo con ella yo sí me apuntaba. Pero mi amiga más bien lo que buscaba era a un novio que reemplazara a su novio anterior. O al menos esa impresión me dio.
Así que para evitar que se hiciera falsas esperanzas, le dije:
–Oye, yo sólo soy tu amigo, no esperes nada de mí. No pensarás en algo serio conmigo...
–Sólo abrázame. Lo necesito.
Me mostré reacio. Aquella desesperación suya porque la abrazara ya me estaba dando mala espina. Estaba a punto de levantarme de la silla e irme pretextando algún compromiso imaginario, pero en ese momento ella sacó de su cartera un par de billetes, y me dijo:
–Es más, te pagaré.
–No, oye, no es necesario.
–Por favor. 
Miré el dinero. Realmente lo necesitaba, pues ya debía dos meses de renta. Además, sólo se trataba de un simple abrazo.  
–Está bien.
Me senté junto a mi amiga, y la abracé. Ella se sintió confortada, satisfecha, protegida en mis brazos, como si de alguna manera yo sanara su herida. Con torpeza la estreché, y no sé por qué, pero yo también me sentí reanimado. Hacía mucho tiempo que no tenía a una mujer entre mis brazos y que no sentía esa calidez de su cuerpo contra el mío, y el aroma de su piel. Permanecimos así por varios minutos, hasta que poco a poco, ella fue recuperando su calma. 
–Gracias –me dijo, secándose las lágrimas. 
–De nada –respondí. En realidad no sabía qué más decir. 
–Es el mejor abrazo que he recibido, no sé… sentí… como si me transmitieras algo. 
Reí con incredulidad. 
–¿Qué te transmitía?
–No sé. Sólo sé que me hiciste sentir mejor. 
–Me alegra escuchar eso. 
Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro. 
Salimos al estacionamiento. Ya había anochecido, pero el tráfico de la ciudad estaba en su apogeo.
–Me dio gusto verte de nuevo, Julio. Por cierto, ya ni te pregunté, ¿ya estás trabajando?
–No –dije metiéndome las manos en los bolsillos del pantalón–. Pero sigo buscando.
–Ánimo, yo sé que te va a ir bien. 
–Gracias.
Mi amiga me estrechó la mano y se despidió de mí con un beso en la mejilla. 
Estaba a punto de subirse a su coche, cuando se giró, y me dijo:
–¿Sabes? Eres buen abrazador. Deberías dedicarte a esto.
Solté una carcajada. 
–Alma, estás loca –respondí.
–¿Qué? A mí me parece una buena idea. Neta. 
–Sí, Alma, sí –dije siguiéndole la corriente–. Seguramente voy a poner un negocio de abrazos. 
–Pues yo sí lo consideraría –me dijo mi amiga y se fue.
Todo hubiera terminado como una simple ocurrencia, de no ser porque semanas después recibí una llamada telefónica de una mujer que preguntaba por mí. Pensé que me hablaba para una entrevista de trabajo, sin embargo me sorprendió ver que en realidad me buscaba por otro motivo.
–Eh. Hola. Soy Gisela, amiga de Alma. 
–Sí. ¿Qué se te ofrece?
–Bueno, tal vez sonará extraño o estúpido, pero Alma me dijo que vendes abrazos. 
Solté una carcajada. Pinche Alma. Me había recomendado con sus amigas como vendedor de abrazos. 
Decidí ser sincero con la chava antes de que surgieran malentendidos.
–No. Creo que estás equivocada. Yo no…
–¿Cuánto cobras? –me interrumpió la mujer. 
Me quedé pensativo por unos segundos. Y de pronto, la idea de vender abrazos ya no me pareció tan descabellada.

Capítulo 1



La paciencia era una habilidad que había desarrollado en los últimos meses, especialmente cuando se trataba de mujeres. Sabía que no debía presionarlas ni apresurarlas. Había aprendido a ir al ritmo de ellas. Miré el reloj. Eran las 10:25 pm. Decidí esperar un poco más.
De pronto, ella apareció. 
–Hola –dijo con timidez. 
–Hola. 
Se veía un poco ansiosa. La invité a acercarse a mí. 
–Ven.
Ella se aproximó con pasos lentos. Contemplé su rostro, era muy guapa, de ojos muy expresivos y una bonita sonrisa. Su piel blanca contrastaba con su oscuro cabello. 
Sonreí. 
–Sí sabes que cobro por esto ¿verdad?
–Sí.
–¿Y aun así quieres hacerlo?
–Sí. 
–¿Traes el dinero?
Ella abrió su bolsa y sacó su cartera. Extrajo varios billetes y me los entregó.
–Aquí está. 
Los conté para cerciorarme de que era la cantidad correcta, y luego los guardé en el bolsillo de mi pantalón. 
–Muy bien. Pues empecemos.
La chica se quedó quieta por unos segundos. Me acerqué a ella y la rodeé con mis brazos, la envolví suavemente, con ternura, aprisionándola. La acerqué contra mi pecho. Ella pegó su oído a mi corazón. No sé si pudo escuchar los latidos desesperados por la excitación que ella me producía. Mis manos recorrieron su espalda, despacio, escurriéndose entre su largo cabello. De pronto, ella exhaló un suspiro, de placer, de satisfacción. 
Podría sonar demasiado ingenuo, o exageradamente cursi, pero ése era mi servicio, y me pagaba por ello. Simplemente abrazarla, darle esa sensación de protección, afecto y calor, que ella buscaba con tanto ahínco. Porque había descubierto que la soledad era un mal moderno, tan temida y tan insoportable, que hacía que ellas me pagaran con tal de desterrarla. Y como en estos tiempos todo tiene un precio, yo también lo tenía. Ahí estaba yo, vendiendo mi tiempo, vendiendo mi compañía. 

Soy un vendedor de abrazos. Ése es mi negocio, y ésta es mi historia.