Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


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Capítulo 4



Encendí la laptop, para seguir enviando más solicitudes de empleo, pero al final de cuentas, me quedé simplemente mirando la pantalla. Volteé. A un lado, sobre el escritorio, estaba el dinero que Gisela me había pagado. Todo por darle abrazos.
En ese momento, Alma me llamó al celular. Platicamos por un buen rato, hasta que de pronto mi amiga me dijo:
–A ver si nos un día nos volvemos a juntar.
–Claro. De hecho también tenía ganas de hablar contigo.
–¡Ah, excelente! –exclamó mi amiga.
–¿Qué te parece en el Vip’s de Constitución a las ocho de la noche?
–¿No puede ser antes? Es que voy a salir con unas amigas.
–Está bien. ¿A las seis te parece bien?
–Es que a esa hora salgo del trabajo.
Sí, se me había olvidado que ése era el horario de salida de la empresa.
–Ok. ¿A qué horas puedes? –pregunté.
–¿Por qué mejor no nos vemos el domingo en la mañana? Podemos ir a desayunar.
–Muy bien. Domingo a las diez.
–Ay, ¿tan temprano? –chilló Alma como niña chiquita.
Puse los ojos en blanco y resoplé de exasperación. Con tanto pretexto ya me estaba arrepintiendo de haberle dicho.
Hice un último intento.
–Ok. A las once.
–¡Sí! A las once está bien.
Me despedí de Alma y colgué. El domingo siguiente me presenté en el restaurante. Mi amiga ya estaba ahí. Si algo tenían las regias era que para cualquier salida, desde para tomar un café hasta para algo más romántico, se vestían como si fueran a un antro. Alma venía con una blusa sin mangas que dejaba sus hombros al descubierto, y unos pantalones de mezclilla ajustados. El aroma de su perfume llegó a mí.
Ella me saludó con un beso en la mejilla, y cada uno ordenó un desayuno distinto. Yo unos huevos rancheros con salsa y frijoles refritos, y ella uno de esos platillos light desabridos que sólo las mujeres encuentran apetecibles.
Platicamos de varias cosas, hasta que de pronto, ella me preguntó:
–¿Qué onda? ¿Qué cuentas de nuevo? ¿Ya estás trabajando?
–Puse un negocio –dije.
–¿De veras? ¡Qué padre, Julio! Me da gusto por ti. ¿Y qué es lo que vendes?
–No me lo vas a creer, pero vendo abrazos.
Alma me miró absorta e incrédula, y luego soltó una carcajada.
–¿Qué?
–Neta. Y si quieres saber cómo empezó todo esto, fue gracias a ti.
–¿A mí?
–Sí, fuiste tú quien le platicó a tus amigas sobre mí.
Alma se quedó callada, y luego sus ojos se abrieron desmesuradamente.
–¡Gisela! –exclamó, y se llevó las manos a la boca.
–Sí, ella fue la primera clienta –musité.
–Oh, Julio –respondió mi amiga avergonzada–. No fue a propósito. Yo todavía estaba triste por lo de mi ex, y le platiqué a Gisela lo que te había pedido. Pero le hice jurar que no se lo diría a nadie más.
Nunca entendí eso de las mujeres. Se contaban secretos, haciéndose la promesa de no revelarlos jamás a nadie, y terminaban haciendo todo lo contrario.
–Pues ya ves que tu amiguita no cumple sus promesas –dije–. Pero no importa, gracias a eso he podido ganar algún dinero para mantenerme.
Alma se quedó pensativa por unos minutos, y luego dijo:
–Oye, pues no está nada mal la idea. Es más, me parece estupenda.
–Sólo te lo dije de rebane. No me voy a dedicar a esto para siempre.
–¿Y por qué no? Yo lo veo como una excelente oportunidad. Tan sólo piensa en las posibilidades. ¿Has pensado en el enorme mercado que tienes, y que nadie más ha explotado? Ganarías miles.
Bueno, eso sí. Me había convencido con eso.
– Pero necesitas mejorar tu imagen personal. ¿A poco vas así a las citas? –preguntó mi amiga.
Me miré. Llevaba una camiseta tipo polo, pantalones de vestir, y zapatos.
–¿Qué tiene?
–Ay, Julio. Qué aburrido. Así ninguna mujer va a querer comprarte abrazos.
–Ya te dije que no hablaba en serio, yo…
Pero mi amiga no me dejó terminar.
–Necesitas un buen cambio de look. Es más, vamos ahorita.
Me tomó de la mano, dispuesta a llevarme en ese mismo momento a las tiendas. Muy apenas tuve tiempo para pedir la cuenta y pagar.
Alma me llevó a los malls de Valle Oriente y Plaza Fiesta San Agustín. La última vez que fui de compras con una mujer fue a los catorce años. Acompañé a mi hermana y a mi mamá. Se la pasaron tres horas probándose zapatos, vestidos, brassieres y no sé qué más. Lo peor fue cuando mi mamá insistió en comprarme ropa, y se metía al probador para corroborar que los pantalones que ella me había escogido me quedaban bien de la entrepierna.
Alma se dio vuelo en las tiendas. Me trajo al vestidor un montón de cosas, sin mirar siquiera los precios. Me probé todo tipo de prendas. Los vendedores rondaban como buitres con tal de ganar una jugosa comisión. Yo sólo miraba aterrado cada vez que mi tarjeta de crédito pasaba por la terminal bancaria.
–Velo como una inversión a largo plazo –me dijo Alma.
Después, mi amiga me llevó a una estética y le dijo al joto que nos atendía que me hiciera un corte de cabello como el de una revista que ella agarró.
Al salir de ahí, mi amiga me dio el visto bueno.
–Órale. Nada mal. ¿Qué opinas?
–Me siento como Julia Roberts en “Mujer Bonita” –dije–. Bien puta.
Alma soltó una carcajada.
–Espera. Antes necesitas otra cosa.
Me entregó una bolsa.
–¿Qué es esto?
–Es tu nuevo teléfono.
–¿Me compraste un celular?
–Bueno, no pensarás usar tu teléfono personal para recibir las llamadas de las clientas, ¿o sí? Mantenlo siempre encendido. Nunca se sabe cuándo te puede llamar alguien. Ahora pasemos al siguiente tema: ¿cómo te presentas ante ellas?
–Pues nada más les digo quién soy, platicamos, y ya.
–Pues necesitas hacer algo más… –murmuró mi amiga–. ¡Ah! Ya sé. Llévales una rosa roja. Es romántico y sexy. Sería como tu sello personal.
–Muy bien.
–Otra cosa más –dijo, y sacó algo de su bolsa–. Mientras te estaban cortando el pelo te mandé hacer tarjetas de presentación.
Eran unas tarjetitas de color negro con elegante tipografía en tinta plateada.
–Están bonitas, ¿verdad? –inquirió Alma, orgullosa.
–¿Tarjetas de presentación para qué? –pregunté, desconcertado.
–Creo que eso te ayudaría a darte más promoción. Había pensado también en una página de internet…
–No, no quiero página de internet. Además, esto es algo temporal, en lo que consigo trabajo.
–Está bien. Página de internet no. Bueno, como te decía, estas tarjetas son discretas, y pueden ser distribuidas fácilmente. Sólo con tu número de celular y tu primer nombre. ¿Qué opinas?
–Opino que estás llevando esto demasiado lejos. Para mí esto es algo eventual, no voy a pasarme la vida vendiendo abrazos.
–No importa. Yo me encargaré de repartirlas.
–¿Y por qué haces todo esto por mí?
–Pues porque somos amigos, ¿no? Tú me ayudaste cuando estaba triste. Ahora me toca ayudarte a ti –dijo mi amiga–. Te ayudaré a conseguir clientas.
–¿Y cuánto me cobrarías?
–Casi nada, sólo un 30% de las ganancias.
–¿Casi nada? Bueno, está bien.
Alma me miró de los pies a la cabeza, como dando su visto bueno, y terminó diciendo:
– Ahora sí, ya estás listo para ir a talonear.

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