Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


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Capítulo 5



No pasó ni una semana cuando recibí dos llamadas más, algo que no esperaba. Me sentí entusiasmado, pero a la vez, nervioso. Después de que corté con mi ex, sólo había salido con dos o tres chavas, sin llegar a nada, por lo que me sentía algo oxidado con ese asunto de salir con mujeres. Sin embargo, no me gustaba admitir eso frente a mis amigos, pues no quería que me llamaran puto, así que exageraba mis experiencias pasadas, haciéndolas pasar por recientes.
Ese sábado tenía una cita. Apenas salí de bañarme, cuando recibí una llamada de Paco, para preguntarme si nos íbamos a tomar una cerveza por ahí.
–Hoy no puedo, güey –le dije–. Voy a salir con una chava.
–¿Neta? ¿Quién es? ¿La conozco?
Paco me caía bien. De todos, era con el que mejor me llevaba, porque con él podía platicar de varios temas, y no únicamente de pendejadas, como sucedía con mis otros amigos. Pero aun así, había varias cosas que no me sentía en confianza para platicarle. Y mi negocio de vendedor de abrazos era una de ellas. Así que para evitar dar demasiadas explicaciones, respondí:
–Ni yo la conozco. Es más bien una cita a ciegas.
–Uuuuta. Julio, esas citas no dejan nada bueno.
–¿Por qué?
–Porque, ¿qué tal si la morra está más fea que un sapo?
–¿Y qué tal si es guapa?
–Pos ya chingaste –dijo Paco, y se rió–. ¿Y quién te contactó con la chava?
–Es una larga historia, güey, y ahorita voy de salida.
–Está bien. Suerte con tu cita. Platicamos.
Mi amigo colgó. Terminé de arreglarme, y me lancé de inmediato al lugar, con una rosa roja y un paquete de condones, por si se ofrecía.
Llegué puntual. Era en el Sierra Madre, frente a Galerías Monterrey. Entré; a un lado se hallaba la barra, donde había televisiones que transmitían juegos de fútbol; del otro lado había mesas de madera, con sillones. Los meseros llevaban jarras de cerveza clara y oscura a los clientes.
Pasé por ahí y entonces pude divisar, hacia el fondo, a una mujer sola. Guapa. Delgada, alta, senos pequeños y caderas redondas. ¿Sería ella?
Total, me arriesgué a preguntar.
–Hola. ¿Melissa?
–¿Sí? –preguntó ella con cierta desconfianza.
–Soy Julio.
El gesto de recelo se transformó en una amplia sonrisa, que la hizo verse más bella.
–¡Hola! Siéntate.
¡No mames! Sí, ella era mi clienta. No podía creer que una mujer tan hermosa hubiera llegado a la necesidad de solicitar los servicios de un vendedor de abrazos.
Le entregué la rosa roja, lo que a ella le desconcertó un poco, pero al mismo tiempo le pareció divertido.
–¿Y cómo estás? –me preguntó.
–Bien, ¿y tú?
–También bien.
Me sentí un poco intimidado. Melissa era de aquellas mujeres que se esmeraban mucho en su arreglo personal. Traía puesto un vestido corto que dejaba ver sus piernas esbeltas, zapatos de tacón alto, un collar de cuentas grandes que hacía que fijara la atención en sus senos, y su piel estaba perfumada con un ligero aroma a lavanda. El tipo de mujer que generalmente solía batearme.
Tenía motivos para sentirme cohibido. Todo fue cuando recién llegué a vivir a Monterrey. Tenía diecisiete años, renté un depa compartido, y fue ahí donde conocí a Paco, mi roommate, con quien de inmediato me llevé bien, pues tenía la misma edad que yo. Él venía de Parras, Coahuila, y era un chavo tranquilo, ordenado y limpio. Sabía que por ese lado, no íbamos a tener broncas. Tenía además a otros dos compañeros que ya estaban en los últimos semestres de sus carreras, y que casi no los veía ya que estudiaban y trabajaban, por lo que sólo llegaban al depa para dormir. Así que durante el primer semestre, la mayoría del tiempo me la pasaba solo, y no salía más que para la escuela o el supermercado. Extrañaba demasiado a mi familia, tanto que a veces me daban ganas de regresarme.
Cuando mis dos roommates terminaron sus carreras se regresaron a sus tierras de origen y llegaron dos compañeros nuevos, Federico y César, que eran mayores que nosotros, y que además de que ya tenían varios años estudiando en Monterrey, eran puro desmadre, los cabrones. Los dos venían de Chihuahua, eran altos, rubios y hablaban muy golpeado, como si sus palabras fueran latigazos. Fue gracias a ellos que Paco y yo exploramos la ciudad y cuanto bar había en ese entonces.
Una noche, Federico, César y yo fuimos al Havana, un antro de Centrito Valle. Paco no fue ya que apenas llegaba el viernes, se iba a visitar a su familia, para regresar el domingo por la noche.
Después de esperar horas formados mientras Federico lambisconeaba al guarura de la entrada para que nos dejara pasar, ayudado, claro, con un par de billetes, logramos ingresar.
Apenas entré, vi que el lugar no era nada del otro mundo. La música electrónica de Paul Van Dyk retumbaba hasta el tuétano. Cualquier bebida costaba más que un riñón en el mercado negro; pero al menos, una cosa era segura: estaba en un antro “V.I.P.”
Estaba hasta el tronco de gente. Los güeyes se veían bien mamones. Eso sí, las mujeres estaban de buen ver. Todas muy guapas, con vestidos diminutos, pelo planchado y aires de diva.
Me acerqué a un grupito de chavas que venían solas, para sacarles plática. Dos de ellas, al verme, se alejaron. Las otras dos se quedaron ahí. Me senté al lado de una de ellas. 
–Hola –saludé, alzando la voz por encima del ruido.
–Hola.
–Eh… es la primera vez que vengo aquí. ¿Qué bebida me recomiendas?
–¿De dónde eres?
–De Tampico, Tamaulipas.
–Ah.
Se quedó callada. Yo me puse nervioso.
–¿Y cómo te llamas? –pregunté.
–Bárbara.
–Ah, Barbie –dije en son de broma.
–No me gusta que me digan así –dijo la chava muy cortante.
Me quedé callado como un pendejo. Parecía que la cosa no estaba marchando bien.
La chica comenzó a mandar mensajes de texto por su celular. Yo me sentí muy incómodo.
–¿Quieres bailar? –pregunté.
–Perdona, pero voy al baño –dijo, y se fue.
Su otra amiga se quedó ahí sentada. Se veía ya medio ebria, pero eso no le quitaba lo sabrosa.
–¿Cómo te llamas?
–Valeria. ¿Y tú?
–Julio. ¿Y qué onda? ¿Eres de aquí?
–Obvio.
–Ah… yo no. ¿Y estudias, o trabajas?
La chava no contestó, sino que llamó al mesero para pedirle otro Martini, y éste se lo sirvió en cuestión de minutos.
Le pregunté a la chica:
–¿Quieres bailar?
Sorry, tengo que contestar una llamada –dijo la mujer, aunque en ningún momento escuché que el celular sonara. Después la vi en la barra, otra vez con sus amigas, riéndose a carcajadas. 
Me habían bateado, y pasé el resto de la noche solo. Mis amigos tuvieron mejor suerte esa noche, pues se fueron con unas viejas quién sabe a dónde. Yo regresé al depa en taxi, sintiéndome fracasado por no haber ligado a nadie. Lo malo es que la experiencia se repitió muy seguido, algunas veces me daban nombres y teléfonos falsos, otras veces simplemente se sordeaban, hasta que llegué a preguntarme a qué chingaos van las viejas a los bares si no quieren conocer a nadie. Y además, tampoco entendía por qué entre más amable y caballeroso era, ellas más me ignoraban.
La voz de Melissa me regresó al presente. La miré al rostro. Me recordaba a ese tipo de chicas. Pero ahora el contexto era diferente. Ella era quien me había buscado, no al revés.
–Debes de pensar que estoy un poco loca ¿no? Digo, contactarte así, de esta manera...
–No, para nada. Más bien me pregunto por qué una mujer tan bonita como tú me necesita. Digo, no me lo tomes a mal, pero me imagino que no debe ser difícil para ti encontrar novio.
Ella volvió a sonreír, pero luego suspiró con tristeza.
–En realidad es más difícil de lo que crees.
–No te creo. Debes de tener cientos de pretendientes.
–Sí, tengo pretendientes, pero todos sólo buscan una sola cosa, ya sabes a qué me refiero. Ninguno me toma en serio.
La misma idea cruzó por mi mente al verla. Ni en mis sueños más locos había imaginado salir con una mujer como ella.
–¿Y estás lista? –le pregunté, tratando de no verme demasiado ansioso.
–Pues sí. ¿Pero en dónde?
–¿Qué te parece si vamos al mirador?
La mirada de Melissa otra vez se tornó desconfiada. Traté de arreglar la situación, antes de que ella decidiera marcharse.
–Sugerí ese lugar porque es más tranquilo. Además ya quedamos que sólo serán abrazos. Es más, si no quedas satisfecha, pues no me pagas. ¿Cómo ves?
Melissa escudriñó mi rostro, intentando descubrir mis verdaderas intenciones. Sonreí intentando verme relajado y franco. Aparentemente, logré convencerla, ya que su gesto se suavizó.
–Está bien. Vamos, pero no intentes pasarte de listo.
–Lo prometo.
Me sentí aliviado. Al menos no me había mandado a volar.
Dado que yo había vendido mi carro desde hacía meses, nos fuimos en el de ella. Llegamos al mirador. Estaba anocheciendo y la vista era espectacular. En el cielo no se veían estrellas, pero en cambio, en el suelo destellaban las luces de las casas y edificios, lo que me daba la sensación de que el mundo estaba de cabeza…como yo en ese momento.
Nos pasamos al asiento trasero para estar más cómodos. Una vez ahí, abracé a Melissa. La acomodé, muy cerca de mí, sujetándola con delicadeza, pues quería poco a poco envolverla con mi cuerpo, amoldarla a mis brazos. Hundí mi nariz en su cabello perfumado. Estaba nervioso, pero excitado por tener aquella chica tan bella conmigo. La estreché, despacio, para que se sintiera cómoda, confortada. 
–Qué bien se siente –dijo Melissa cerrando los ojos.
Comencé a acariciarle la cabeza, y ella sonrió con placer.
Me sentía el hombre más afortunado del planeta, porque sin ningún esfuerzo, tenía a esa mujer en mis brazos. Era como tener un millón de dólares y no saber cómo gastarlos.
La apreté un poco, y ella apoyó su cabeza en mi pecho. No sé si podía escuchar mi corazón, porque en ese momento me latía golpeando mis costillas como una marimba.
Ella de pronto dejó escapar una risita. Le pregunté por qué, y dijo:
–Hace mucho que no me abrazaban así.
–¿En serio?
–Sí. Desde que mi papá se divorció de mi mamá, cuando yo tenía ocho años. Él era muy cariñoso conmigo, pero cuando se fue de la casa para irse a vivir con otra mujer ya no lo vi tan seguido. Aunque bueno, supongo que no tiene mucho caso hablar de eso.
Hizo una pausa, y agregó:
–Desde la secundaria, empecé a buscar quién me abrazara. Creí que en los chavos encontraría eso. Pero no siempre fue tan padre…
–¿Por qué?
–Porque a veces tenían otras intenciones. Ya sabes. Aunque por más chavos con los que he estado, nunca he encontrado sentirme así como… protegida… en paz.
Sonrió y agregó:
–Pero contigo me siento muy bien. 
Ella siguió platicando, y me distraje observándola. No todos los días tenía a una mujer tan guapa en mis brazos, además de que llevaba un buen tiempo estando solo, y extrañaba tener a una chica conmigo.
Quise portarme romántico con ella, para llamar más su atención. 
–Eres muy hermosa –le dije–. Y tienes unos ojos muy lindos.
Ella no respondió. 
–Mira, yo sé que te han hecho mucho daño en el pasado, pero no todos somos iguales. Déjame ser quien cambie todo eso en tu vida.
–Me gustaría poder confiar de nuevo –susurró.
–Puedes confiar en mí.
–Pues sí, como amigos.
Aquello me dolió; “me mató el gallo”, como quien dice. ¿Por qué cómo amigo? ¿No podía verme como algo más que eso?
Eso me pasaba por ser tan amable.
Entonces pensé en seguir los pasos de Israel. Portarme más macho, más directo, sin cursilerías.
–Claro que podemos ser amigos –dije, y comencé a abrazarla y acariciarle de una manera más lujuriosa. Mis manos se fueron deslizando por su cuerpo.
–Espera… –dijo con timidez.
Pero yo me estaba calentando. Perdí el control, y mi mano le apretó un seno. En ese momento, la chica se apartó de mí, furiosa.
–¿Qué haces?
–Vamos, yo sólo quiero hacerte sentir bien –dije intentando acariciarla de nuevo, pero la mujer me abofeteó.
–¡Déjame! Eres como todos. No escuchas nada de lo que digo, sólo te interesa acostarte conmigo. ¡Sal de mi carro!
–Pero Melissa, yo sólo quiero ser tu amigo…
–¡Tú no eres mi amigo! –gritó mientras bajaba del coche–. Eres un pervertido. Vendedor de abrazos, ¡sí, como no! Todo es una trampa para abusar de las mujeres. ¡Vete!
No tuve más opción que bajar del automóvil. Melissa tomó el volante y se marchó de inmediato, levantando una polvareda. Si no me hubiera hecho a un lado, probablemente me hubiera atropellado.
–Qué estúpido eres, Julio –me reproché a mí mismo, y bajé la colina para irme al departamento. Pensé que debí haberme tomado las cosas con más calma, en lugar de obsesionarme con tener relaciones. No sólo me quedé sin la mujer, sino que también me quedé sin dinero, porque se fue sin pagarme.
Me pregunté si lo ocurrido daría fin al incipiente negocio de los abrazos, pero cuando llegué al depa, me di cuenta que en realidad no estaba todo perdido. Todavía tenía otra cita pendiente.

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