Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


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Capítulo 7




El celular comenzó a sonar con llamadas de mujeres que pedían mis servicios. ¡Con madre! Esto iba mejor de lo que imaginaba.
Así pues, aquella tarde llegué al parque que está frente a la iglesia del Rosario, en el sur de Monterrey, para conocer a mi nueva clienta. Lo único que sabía era que se llamaba Ximena, y que estaría esperándome en la banca que estaba frente a una estatua de Alfonso Reyes.
Como era verano, el aire se sentía caliente, adormecedor y pegajoso. Algunas personas corrían alrededor del parque, unos niños jugaban en los columpios, y otras personas paseaban a sus perros. Las cigarras entonaban su melodía monótona, estridente y sincronizada.
Entonces, vi en una banca a una chava que me dejó fascinado. Era muy guapa, de apariencia pulcra y sencilla. Piel blanca, cabello castaño, pechos grandes y caderas redondas. Traía el cabello recogido y la frente despejada.
Me acerqué a ella y a mi paso las palomas levantaron el vuelo, asustadas. La mujer alzó la mirada. Al verme con la rosa en la mano, supo quién era yo y me saludó. Para mi buena fortuna sí se trataba de Ximena, así que le entregué la flor.
Me senté a su lado. Pude observarla más de cerca, y me di cuenta de que sus ojos tenían un curioso color aceitunado, que a veces cambiaba a gris. Tenía las mejillas enrojecidas por el sol, y sus labios brillaban como si estuvieran húmedos, lo cual me pareció muy tentador.
Pasé un brazo por detrás de ella, pero lo apoyé sobre el borde de la banca. Primero había que conocerla.
–¿Y qué me cuentas de ti, Ximena? Platícame.
–Soy contadora. Trabajo en un despacho contable.
–¿Con table-dance? –dije bromeando.
Me reí de mi gastado chiste, pero al parecer ella no le encontró la gracia.
–¿Perdón? –inquirió con tono de indignación.
–Olvídalo –dije, borrando la sonrisa de mis labios.
Nos quedamos callados. Ninguno de los dos sabía qué decir. Ella comenzó a ponerse un poco nerviosa, y pensé que tenía que actuar rápido antes de que decidiera marcharse. Si pensaba dedicarme al negocio de la venta de abrazos, tenía que convencer a mis clientas. Así que para romper el hielo, le dije:
–Mira, te propongo algo, ¿qué te parece si damos una vuelta por el parque?
–Está bien.
Nos pusimos de pie. Mientras caminábamos, noté que ella me evadía la mirada. Apretaba las manos y sus pasos eran rígidos, como si de alguna manera se estuviera reprimiendo. Yo no pude evitar echarle una ojeada a sus senos, y la gota de sudor que se le deslizaba por el cuello hasta perderse en el escote.
–Hace mucho calor. ¿Verdad? –dije.
–Bastante.
–Aunque este lugar está padre. Hay muchos árboles, y se ve tranquilo.
–Sí, a mí también me gusta mucho. A veces vengo aquí a caminar –respondió.
–¿Te gusta el ejercicio?
–Un poco. Practico algo de zumba y pilates.
–Qué bien. A mí sólo me gusta salir a correr, pero sobre todo en las mañanas, cuando está más fresco. A esta hora el calor está insoportable.
–Ni lo digas, así es Monterrey. Por eso muchos en verano prefieren ir a los centros comerciales, para estar dentro de un lugar con aire acondicionado. Pero a mí me fastidian las multitudes. Prefiero venir a los parques, aunque haga calor. Me parece más tranquilo.
La noté más relajada, así que le pregunté:
–Oye, y cambiando de tema, ¿por qué me contactaste? Me gustaría saberlo.
–Por curiosidad.
–¿Curiosidad?
–Sí, ya sé que suena extraño, pero sentía curiosidad de conocer a un vendedor de abrazos. No sé, se me hizo poético, y a la vez espiritual.
Solté una carcajada.
–Soy todo menos eso –respondí–. Pero me gusta cómo me describes.
–Lo digo en serio. Ahorita, en este mundo tan frío y mezquino, es bueno saber que hay alguien que se dedica a abrazar a la gente, aunque cobre por eso.
–De algo tengo que vivir –respondí –. Además, quien quiere los compra, quien no, pues no.
–Pues sí.
–¿Y tú por qué comprarías mis abrazos?
Ella se sonrojó.
–Ya lo dije. Por curiosidad.
–No te creo –dije, entrecerrando los ojos.
–¿Por qué no me crees?
–Porque se me hace muy extraño que una chica tan bonita no tenga quién la abrace.
Ella se detuvo y bajó la mirada. Otra vez se mostraba evasiva e inquieta.
–Yo no tengo novio.
–Pero tuviste.
–No. La verdad no he tenido.
–¿Por qué?
Ximena suspiró y respondió:
–Porque no se han dado las circunstancias. No ha llegado la persona indicada.
La observé fijamente. Y empecé a armar conjeturas. Una chica bonita, que nunca había tenido novio...
–Pero amigos sí has tenido.
–Amigos sí.
–¿Amigovios?
–¿Qué es eso?
–Tú sabes, amigos con derechos.
–No, eso no –dijo con firmeza–. Yo no me presto a esos jueguitos. Yo sí quiero llegar de blanco al altar.
Su respuesta me causó más inquietud y curiosidad.
–¿Puedo hacerte una pregunta?
–Claro –dijo ella.
–Espero no te enojes.
–Dime.
–Mmmh… ¿tú aún eres virgen?
–Sí –dijo con naturalidad.
–¿En serio? –pregunté sorprendido.
–¡Ay! No me crees –respondió indignada, y se apartó–. Mejor me voy de aquí.
–No, no, espera. Sí te creo. Lo que pasa es que… no te ofendas, pero se me hace extraño.
–¿Extraño?
–Sí. Digo, seamos honestos. ¿Cuántos años tienes, veintidós, veintitrés?
–Veintisiete.
–¿Y en todo este tiempo no has…?
–No, porque yo quiero llegar virgen al matrimonio–dijo ella, interrumpiéndome.
–Pues cada quien sus ideas –respondí–. ¿Y de veras no se te antoja… tú sabes… tener relaciones con alguien?
–Creo que mejor me voy –volvió a decir.
Me preocupé. Chingados, ¿Por qué siempre la regaba con las mujeres? Tenía que actuar rápido o si no perdería otra clienta.
–No, no te vayas. Discúlpame, no quise hacerte sentir mal. Respeto tus ideas.
Ella se quedó quieta, escudriñando mi rostro, como si midiera mi grado de peligrosidad o pendejez. Después, cuando vio que hablaba en serio, suspiró, y dijo:
–Mira, fui educada a la antigua. Vengo de una familia católica muy conservadora.
–Ok.
–¿Tienes algún problema con que yo sea virgen?
No mames. ¿Cómo iba a tener problema con eso? ¡Por el contrario! ¡Era demasiada tentación! Pero no quería cometer los mismos errores que tuve con Melissa, así que me contuve. Comprendí que a las mujeres no hay que acosarlas con el asunto del sexo. Además, en cierta forma, la chava me había caído bien, y me inspiraba respeto.
Así que dejé a un lado mi lado guarro, y dije lo más caballerosamente posible:
–En absoluto. 
Regresamos al punto de partida, y nos volvimos a sentar en la misma banca.
–En serio discúlpame si te ofendí –le dije.
–No hay problema.
–Si me permites decirte algo, eres muy bonita e inteligente, así que es normal que excites a los hombres. Pero no lo veas como algo malo, al contrario, eso es bueno, porque significa que les gustas. Sólo cuídate de los idiotas como yo.
Ximena empezó a reírse.
–Lo tomaré en cuenta.
Sacó el dinero de su bolsa, y me dijo:
–Sólo pago por abrazos.
–Sólo vendo abrazos –respondí–. Aunque si quieres algo más, tendré que cobrarte un cargo extra.
Ella deslizó su mirada sobre mí, de arriba hacia abajo, posándose en mis manos. No sé qué pasó por su mente, pero una sonrisilla se dibujó en su rostro. Después, sacudió su cabeza, como si desechara sus propios pensamientos.
–Toma –dijo, dándome el dinero.
–Gracias. ¿Estás lista?
–Sí.
Pasé mis brazos alrededor de ella y la abracé, estrechándola contra mi cuerpo. Pude sentir su respiración nerviosa, que poco a poco se fue calmando. Ella puso sus manos sobre mi espalda, extendidas, firmes, aferrándose a mí. Sus pechos, como dos melones suavecitos, se aplastaron contra mi cuerpo. Cerré los ojos. Entonces ella solita como que agarró confianza, y me apretó más. Me puse a fantasear con ella, en su desnudez jamás vista. Me causaba extrañeza que todavía existieran mujeres que se guardaran para el matrimonio. Ninguna de las novias que había tenido era virgen, así que nunca me había tocado andar con alguien de manita sudada. Pero ahora, al tener a Ximena entre mis brazos, me la imaginé como un regalo cuya envoltura aún no había sido abierta. Me intrigaba, pero también empezó a interesarme.
Duramos abrazados un buen rato, hasta que finalmente, quedó satisfecha.
–Hueles muy rico –me dijo.
Reí.
–Gracias.
–Debo irme –dijo la chava–. Me dio gusto conocerte. Me caíste bien.
–Tú también. Ojalá un día pueda verte de nuevo. Estoy a tu completa y total disposición.
Ella sonrió y se despidió. Me quedé sentado en la banca, viéndola marcharse, mientras la iglesia tocó por los altavoces el Ave María interpretado por campanas.

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