Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


También puedes descargarla desde iBooks Store o en Kindle.


Si te interesa la versión impresa puedes comprarla en la tienda EIMART y en Amazon.

Capítulo 8



Desde que vendí mi carro tenía que ingeniármelas para moverme en la ciudad, y era toda una odisea. Una noche, tomé un camión urbano en pleno centro, después de que otros tres me habían ignorado cuando les hice la parada. Subí apretujado, pues estaba lleno de gente. El chofer tenía puesta música vallenata a todo volumen, la cual interrumpió tres veces: una cuando se subió un vendedor de gelatinas congeladas, otra cuando subió un hombre con una guitarra desafinada, y la tercera cuando dejó que un payaso callejero recitara chistes subidos de tono.
Llegué a mi cita un poco tarde. Era en el Das Bierhaus, un restaurante bar de estilo alemán.
Una mujer estaba sola en la barra tomando una cerveza fría. Era algunos años mayor que yo, pero estaba guapa. Su cabello brillaba, venía perfectamente maquillada, y traía ropa de oficina: una falda negra y ceñida, medias, zapatos de tacón, y una blusa blanca desabotonada del cuello que transparentaba su brassiere. Se veía bastante sexy.
Me acerqué a ella y la saludé.
–Hola. ¿Silvia?
Ella volteó, me miró, y una sonrisa se dibujó en su rostro.
–¡Julio! –exclamó; jaló mi mano y me besó en la mejilla, como si ya nos conociéramos desde hace tiempo–. Siéntate aquí. Dime, ¿cómo estás?
–Bien. ¿Y tú?
–También bien.
La mujer se giró hacia mí. De inmediato mis ojos saltaron a su escote, pero traté de disimularlo.
–Toma, te traje esto –dije.
Le entregué la rosa. Ella la miró, como pensando: “¿qué pedo con esto?”. Me sentí como un idiota.
–Bueno, gracias –dijo ella, y la colocó en la silla de a lado.
Terminó de beber su cerveza. Iba a ordenar otra, pero yo me adelanté.
–¿Qué te parece si pedimos una jarra?
–Me parece una excelente idea. –Sonrió.
Llamé a un mesero y ordené dos tarros michelados y una jarra de cerveza que compartí con mi nueva clienta.
–¿Vienes del trabajo, Silvia?
–Así es.
–¿A qué te dedicas?
–Soy asistente de Dirección en una empresa maravillosa. Es una consultoría cuya matriz está en Londres. Yo me encargo de atender las llamadas de mis jefes tanto de Monterrey como de Estados Unidos e Inglaterra.
–Guau. Debes hablar muy bien el inglés.
–Así es. Digamos que un 90% de mi trabajo es hablar y escribir en inglés. Adoro mi trabajo, es realmente estupendo.
–Yo tengo una hermana que vive en Londres. Se fue a estudiar su maestría allá, conoció a un inglés y se casaron el año pasado. Tienen una hija de tres años. 
Casi no hablaba de mi familia, y mucho menos con mis clientas. Siempre había sido reservado en ese sentido, así que me sorprendió hablar de mi hermana con Silvia, a quien apenas conocía unos escasos minutos. La mujer rezumaba seguridad y confianza por todos los poros de su piel, quizá eso fue lo que me incitó a compartir con ella parte de mi vida. Sin embargo, Silvia estaba más entusiasmada en hablar de la suya que en escucharme. Me interrumpió diciendo:
–A mí me gusta hablar a calzón quitao, como dicen. Yo tengo treinta y cuatro años y no me apena decirlo. He vivido muchas cosas. Soy divorciada, y tengo un hermoso hijo de ocho años.
Hizo una pausa sólo para beber un trago de su cerveza, y continuó hablando con vehemencia.
–Ahorita no tengo pareja, pero no importa. Yo como quiera disfruto la vida. Total, para eso venimos al mundo.
–Amén –dije en son de broma.
Su actitud audaz y esa forma de hablar, tan desinhibida y natural, me recordó a Daniela, mi primera novia.
Silvia se sirvió más cerveza y encendió otro cigarro.
–¿Y cómo funciona este negocio tuyo? –me preguntó.
Aquella era una buena pregunta.
–Pues es simple, pagas y te abrazo. Es todo.
–¿Sólo eso?
–Sí.
–Mmmta... –murmuró Silvia con desdeño, y bebió de su cerveza.
Yo me quedé desconcertado por su respuesta.
–¿Qué pasa? –pregunté.
–Nada, chiquito, nada –rió Silvia con desparpajo–. Por cierto, ¿qué edad tienes?
–Veinticinco.
–Mmh –dijo ella, pero no con decepción, sino como un gato a punto de devorar un pollito. La misma mirada que tenía Daniela cuando iba a visitarme aquellas tardes de verano a mi casa.
Me quedé callado. La verdad, no sabía qué decir.
–Entonces te pago, y me abrazas –dijo Silvia, recapitulando mis palabras.
–Es correcto.
–¿Y me los darías aquí o en dónde?
–Donde tú quieras.
Silvia abrió su bolsa, sacó su cartera de estampado de leopardo, y me pagó por adelantado.
–Veamos qué tan bueno eres –me retó.
Ambos nos pusimos de pie. Ella quedó frente a mí, en espera de que yo hiciera el primer movimiento. No era más alta que yo, aun y cuando ella usaba tacones, pero al verla frente a mí, con esa actitud provocadora y esa mirada penetrante, me cohibí. La abracé, con nerviosismo, como si abrazara a alguna compañera de trabajo, manteniendo cierta distancia entre ella y yo, sin atreverme del todo a estrecharla.
Cuando terminé, noté en su rostro una clara expresión de insatisfacción y decepción. 
–¿Eso es todo? –reclamó con fastidio–. Qué desperdicio de tiempo y dinero. He tenido amantes que abrazan mejor que tú.
–Espera, puedo hacerlo mejor.
–Olvídalo. Ya me voy.
Estaba a punto de marcharse, y yo me preocupé. No quería perderla y quedar como un patético perdedor. Tenía que hacer algo para remediar mi falta de pericia.
–Silvia, espera. Dame otra oportunidad.
–Demasiado tarde, chiquito. Ya me voy. Dejé a mi hijo encargado con mi mamá.
–Al menos una vez más –dije interponiéndome en su camino–. Si no te gusta, te regreso el dinero. ¿De acuerdo?
Silvia me miró, y harta de mi insistencia, aceptó.
–Muy bien. Pero si no me gusta, me regresas el dinero y me largo.
Se quedó parada, frente a mí, desafiante. Parecía como si me estuviera haciendo el favor de ser abrazada, en lugar de al revés.
–Ok –dije nervioso, y tragué saliva.
Esta vez, me acerqué a ella con más decisión. La agarré súbitamente de la cintura; con mi otro brazo la sujeté de la espalda, y de golpe, la acerqué a mí, con una fuerte sacudida, que hasta los palillos chinos que sujetaban su cabello se cayeron al suelo, y su melena se desbordó sobre sus hombros. Nuestros rostros quedaron separados por escasos milímetros. Pude sentir su respiración cálida sobre mi piel, y cómo sus mejillas poco a poco se iban encendiendo. La palma de mi mano recorrió su espalda, y se detuvo en su cadera. Su mirada se volvió más felina. 
–Eso está mucho mejor –dijo Silvia ronroneando.
–Qué bueno, porque eso significa que no tendré que devolverte el dinero –dije en broma.
Silvia sonrió.
–Aún te falta experiencia, pero vas bien. Al menos abrazas mejor que los hombres con los que salgo.
–¿Entonces por qué necesitas de mis abrazos? 
–¿Quién dijo que quería sólo abrazos? –dijo mordiéndose el labio inferior.
–No me digas que tú…
–Ajá.
–¿Segura? –pregunté estupefacto.
Y no es que no me atrajera. Al contrario, la mujer me gustaba. Pero no podía creer que me hubiera buscado para algo más que un simple abrazo. Estaba confundido y también nervioso. Hacía mucho tiempo que no estaba con una mujer, y ella me intimidaba, quizá porque era mucho mayor que yo, o por su actitud desafiante. Sin embargo, no niego que también me excitaba la idea de llevármela a la cama.
–¿Entonces? –me preguntó con impaciencia.
Aquello era una gran oportunidad. Mis pensamientos gritaban cosas sin sentido. Por una parte, mi conciencia me decía que debía tomarme las cosas con más calma, aunque por la otra, pensaba “¡Sobres, cabrón! ¿Qué esperas? ¡Échatela!”.
Al final de cuentas, ganó mi lado diabólico.
–Sí –dije con timidez.
–¿En tu casa o en la mía?
Antes que pudiera responder algo, ella decidió.
–Bueno, que sea en la tuya.
–Ok.
Salimos al estacionamiento. Ella iba por delante de mí y aproveché para echarle un vistazo a su trasero.
Subimos a su carro, y le indiqué por dónde debía irse. Ella habló por celular a su madre, para decirle que iba a llegar tarde por su hijo, que se lo cuidara un rato más. Alcancé a escuchar que la señora gritaba:
–¿Otra vez te vas por ahí?
–Sí, mamá. Yo también te quiero, adiós –dijo Silvia, y colgó.
Llegamos a mi edificio. Detuvo la marcha y bajamos del vehículo. Subimos las escaleras. A cada paso que daba, sentía que mi corazón se aceleraba un chingo, y las palmas de las manos me sudaban ante la expectativa de lo que podría suceder esa noche. Era la emoción por ese encuentro, y al mismo tiempo el miedo de que las cosas salieran mal.
Con dificultad metí la llave en la cerradura. Giré la perilla, y antes de abrir por completo la puerta, recordé lo que me pasó con Melissa y Ximena. No quise verme desesperado con Silvia, así que volteé hacia ella, y le pregunté:
–Espera. ¿No sientes que vamos demasiado rápido?
Silvia sonrió burlonamente, como si pensara: “no mames”.
Me besó, y me empujó contra la puerta. Entramos al depa. Y lo que siguió ahí fue alucinante.
Al final, nos quedamos juntos, desnudos, sobre la cama. Ella se sentó, doblando una pierna, y encendió un cigarro. Las líneas del humo elevaron por encima de las curvas de su cuerpo desnudo. Acaricié con la yema de sus dedos su muslo. Todavía no me caía el veinte de lo que acababa de suceder. Había ido con la expectativa de vender abrazos, y terminé en la cama con mi clienta.
Me quedé absorto contemplándola.
Ella apagó su cigarro en un vaso que estaba sobre el buró.
Se volvió hacia mí, y me dijo:
Bye chiquito. Debo irme.
–¿Tan pronto?
–Sí.
Me dio un beso en los labios, y susurró:
–Nos vemos.
–Te acompaño.
Ambos nos vestimos y la acompañé hasta la puerta del edificio. Ella se despidió y subió a su carro.
Apenas y se marchó, salté de gusto dando un puñetazo en el aire.
¡Qué gran día!
La noche siguiente, mis amigos decidieron reunirse en casa de Moi para ver el clásico Tigres contra Rayados. Afortunadamente, esta vez no se les ocurrió hacer carne asada, sino que recurrieron a algo más sencillo, fácil y práctico: ordenar pizzas y comprar varios cartones de cerveza.
–¿A cuál le vas, Julio? –me preguntó Moi.
–Me da igual.
–A Julio no le gusta el fútbol–dijo Rogelio–. Quién sabe de qué planeta será.
–De Plutón tal vez –dijo Israel riéndose.
–Pendejo –respondí.
En ese momento alguien tiró a gol, lo que despertó una gritería y rechifla entre mis amigos, aun y cuando no hubiera anotado.
Me senté junto a Paco, y éste me pasó una cerveza.
–¿Y ya encontraste jale? –me preguntó.
–No, todavía no. Está muy dura la cosa aquí.
–¿Se te puso dura la cosa, Julio? ¡Aguas, Paco! –dijo Rogelio.
Eso era lo que me molestaba de mis amigos. Uno no podía hablar en serio de ningún tema porque nunca faltaba el imbécil que empezara a echar carro.
El comentario idiota de Rogelio dio pie a más del mismo estilo, hasta que le dije:
–Pos a tu mamá le gustó, pendejo. 
Israel, Paco y Moisés se rieron. El primero de éstos dijo:
–Pinche Julio, calladito, calladito, pero cuando se enoja, se enoja.
Seguimos tomando y comiendo pizza. Mis amigos se enfrascaron en un airado debate sobre jugadas y fallas en el arbitraje, todo para que ambos equipos terminaran con un empate de 1-1.
Cuando pasó la euforia del partido y los ánimos se calmaron, nos pusimos a jugar dominó. Entre cerveza y cerveza la lengua se nos fue aflojando, y mis amigos terminaron contando sus aventuras en la cama. Por fin supe lo que había ocurrido en mi depa la noche en que se lo presté a Israel.
–Pues conocí a una morra en una de mis visitas como proveedor a una empresa. Ella era la de compras, ingeniera, de veinticuatro años, guapa la condenada. Nos pusimos a platicar, y a partir de ahí yo le llamaba seguido, con el pretexto de hablar de trabajo. Total, que de tanto y tanto, finalmente aceptó salir conmigo.
Israel hizo una pausa para beber de su cerveza. Siempre era así, se detenía a propósito en sus relatos, para que el silencio le imprimiera más suspenso y dramatismo.
–¿Y entonces qué, güey? ¿Qué pasó?
–Pues me la llevé por ahí, para tomar unos drinks, y ya cuando andaba medio borracha, le propuse que si nos íbamos a un lugar más privado. Ella luego luego dijo que sí. Entonces me la llevé al depa de Julio. ¿Verdad, güey?
Israel me miró, como si esperara que yo secundara su historia.
–Sí –respondí.
–¿Y?
–Pos Julio me prestó el depa, entramos y uff, no tienen idea. Nos empezamos a agasajar, acá bien rico. Andaba muy caliente la vieja. Entonces yo la empecé a besar, le bajé la falda y la tanga. Vi su conchita depilada, y empecé a chupársela. Se volvió loca. Luego me la llevé a la cama, la desnudé, y empecé a cogerla, a metérsela por el culo, y luego me la mamó toda, hasta la última gota.
–Pinche Israel…
–¿Y tú Julio, qué onda? –dijo Rogelio–.Tienes el depa, y nunca nos cuentas nada de que te hayas llevado una vieja ahí.
Era obvio que Rogelio quería cobrarse la revancha por haber albureado acerca de su mamá.
Israel tomó la palabra antes de que yo pudiera decir algo en mi defensa.
–No, ni le preguntes. Te va volver a contar la misma historia de su novia de la prepa.
–Esa ya la ha contado como diez veces –dijo Paco.
–O de la morra que conoció en la universidad.
–¿Ya hace cuantos años de eso Julio, quince o veinte? –inquirió Rogelio con un tono mordaz.
–¿Hiciste votos de castidad o te volviste puto, güey? –dijo Israel.
No sé si se debió a que yo estaba ebrio, o si más bien fue mi ego herido, o porque Israel que se creía el pinche jefe de la manada me estaba calificando de maricón, pero el caso es que empecé a soltar la lengua y a hablar de más.
–Pues el otro día, me llevé a una vieja divorciada bien caliente que me la mamó, y luego cogimos no sólo una, sino dos veces. Me la cogí bien chingón, hasta montó encima de mí la puta, quería que le metiera toda mi verga.
–A ver, ¿cómo estuvo?
Mis amigos me pusieron atención, y yo empecé a platicarles sobre mi aventura con Silvia.
–Nos metimos a mi depa, y mientras nos besábamos, me desabotonó la camisa, hasta quitármela por completo. Terminamos arrancándonos la ropa el uno al otro, nomás nos quedamos en ropa interior. Ella traía un brassiere y una tanga de encaje negro. La cargué y me la llevé a la cama. Yo me quedé de pie frente a ella. Entonces la pinche vieja me miró, así como con expresión golosa; me bajó los calzoncillos, y empezó a frotármela y mamármela, bien rico. Me agarró el pito y me lo chupó, hasta el fondo, casi se atragantaba, y mientras lo hacía, me miraba desde abajo, la cabrona.
Como vi que tenía la atención de mis amigos, seguí hablando:
–Luego acaricié su cuerpo. Aunque ya está en sus treintas, se veía que todavía tenía lo suyo, muy cachonda, sensual, madura. Mordisqueé sus pezones, los tenía de color café oscuro, y le pasé la lengua hasta que se le pusieron duritos.
“Después se la metí. Sentí que estaba bien húmeda. Le di con todo, por todas partes. Ella gemía, no, más bien gritaba de placer, acalorada y sudorosa, hablándome como una puta, diciéndome cuánto le gustaba mi verga gruesa en su culo.
“Entonces cambiamos de postura, y yo me acosté boca arriba, y ella se puso de espaldas a mí. Se acomodó mi pito en ella, y empezó a montarme. Yo podía tocar sus nalgas cuando chocaban contra mí, mientras ella asomaba su cara para verme por encima del hombro…
Mientras contaba mi experiencia, traté de recrearlo lo mejor posible, revelando todos los detalles y todas las posturas sexuales que experimenté con ella. No escatimé ni oculté nada, incluso creo que exageré, todo en un afán de impresionarlos, lo cual conseguí, pues mis amigos se quedaron sorprendidos. Por unos instantes, me sentí superior a todos ellos.
Hice una pausa para echarme un trago de cerveza, dejando a mis amigos a medio relato.
–¿Y qué más pasó, güey?
–Pues ella se levantó y se acomodó otra vez sobre mí, pero ahora de frente. Agarró mi verga y me siguió masturbando, hasta que otra vez ella misma se la metió hasta el fondo. Apoyó sus manos sobre la cama y empezó a darle, arriba y abajo. Sus tetas colgaban encima de mí, como campanas, lo cual me excitó más, y terminé viniéndome en ella.
–No chingues, estás mintiendo –dijo Moisés.
–Para nada, güey. Es la pura verdad –dije, poniendo la botella vacía de un golpe sobre la mesa.
Israel, Moisés, Paco y Rogelio se miraron entre sí. De pronto, el primero de éstos sonrió lascivamente.
–A ver, ¿y de dónde conociste a esa vieja?
–Me la presentaron.
–¿Quién?
–¿Pos qué te importa, güey? –respondí a la defensiva.
Mis amigos me miraron con recelo, pero después Moi empezó a echar carrilla.
–Pues preséntanosla, para ver si con nosotros también quiere jugar.
–No güey, no creo que quiera contigo. Pero conozco de un negro cubano que de seguro te hará el favor –respondí.
Mis amigos y yo reímos. Por un momento me sentí bien chingón. Había tenido una aventura con una mujer mayor, algo de qué presumir.

No hay comentarios:

Publicar un comentario