Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


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Capítulo 9




Miré el celular. Ya habían pasado cuatro días sin recibir ni una sola llamada, lo que comenzó a desanimarme. Tal vez esto del negocio de abrazos había sido una moda pasajera. Me cansé de esperar, así que salí un rato a dar la vuelta. Me lancé al cine, a la función de las dos de la tarde. Como era lunes, había muy poca gente en la sala, sólo cuatro personas y yo. La película estuvo buena y entretenida. Pero aunque tenía libertad de hacer lo que se me diera la gana, en realidad extrañaba mi anterior trabajo, los compañeros, el ambiente, y en general lo que yo hacía. No sabía si llegaría a acostumbrarme a esta nueva rutina.
Para matar el aburrimiento, me fui al centro y entré a las librerías. Me gustaba hojear los libros, ya que yo era un lector empedernido, sobre todo de las novelas de suspenso o ciencia ficción. Lástima que no tenía con quién platicar sobre eso. Con mis amigos se prestaba más a la guasa y al desmadre. Pensé que quizá ahora, al tratar más a las mujeres, podría platicar con ellas de temas más profundos. Nada perdía con intentar. 
Salí de la librería. Ya eran como las seis de la tarde, y me sentía con mejor ánimo. Concluí que, a pesar de todo, eso de pasar un rato a solas no era tan malo.
Llegué al depa y mi celular sonó de nuevo. Era Alma, para decirme que me había conseguido una nueva clienta. Se trataba de una amiga suya llamada Gabriela, que me estaría esperando en un Starbucks de la Colonia Del Valle, en San Pedro Garza García. No me dio más detalles, ni tampoco yo se los pregunté, pues prefería no ir con expectativas.
La ciudad ya estaba plagada de la franquicia de aquellas cafeterías con logotipo de sirena, en donde vendían cafés muy caros con nombres extravagantes para beberlos sentados en sillones acojinados. Eran los puntos de reunión preferidos por las mujeres y los gays, y uno que otro hombre que aceptaba refunfuñando llevar a su novia a tomar un café caro cuando fácilmente podrían haber comprado uno en cualquier Oxxo por diez pesos.
Al ingresar al local, vi a una chava, chaparrita, güera, caderona, que hablaba por celular con voz chillona.
–Güey, llevo aquí mil años esperando a tu amigo, y tipo de que ni siquiera se aparece. Me dijiste que era confiable, o sea, tipo de que yo no tengo todo el tiempo del mundo, ¿sa’s cómo? ¿Cuál dijiste que era su nombre? ¿Julio?
Ahí supe que ella era mi clienta, que ya estaba impaciente.
La chica colgó, furiosa. Respiraba agitadamente y su cara se había enrojecido. En ese instante mi celular sonó. Era Alma.
–¿Julio? ¿Dónde chingaos estás?
–Tranquila, voy llegando.
–Pues apúrale, porque mi amiga está desesperada –dijo Alma, y me colgó.
Me presenté frente a la chica.
–Hola, tú debes ser Gaby –dije, y le di una rosa.
Ella me miró de arriba hacia abajo, despectivamente, e hizo una mueca de fastidio.
–¿Me permites un segundo?
Se paró y se alejó un par de metros. Marcó por su celular, y creyendo que yo no la escuchaba, dijo:
–¿Alma? O sea, ¿qué onda con este individuo que me mandaste, güey? Tengo depre, no retraso mental. O sea, hello contigo. Ok, ok, le voy a dar la oportunidad. Bye.
La tipa se sentó de nuevo frente a mí y me dirigió una sonrisa desdeñosa, aunque yo por dentro ya tenía ganas de largarme.
“Negocios son negocios, negocios son negocios”, repetí en mi mente.
–¿Y cómo estás, Gaby? –pregunté fingiendo interés.
–Ay, pues estoy mega depre. Hace mucho que no tengo dates con ningún niño bien. Y tipo, me siento triste. ¿Tú sabes lo que es estar sola? Es horrible.
–Sí, te entiendo.
–O sea, no es justo, güey. Digo, yo quiero casarme bien, y así. Pero bueno, equis. También me siento así porque me acabo de enterar que Franco, mi ex, se va a casar con una chava random. ¡Me siento fatal!
–Pues ya llegará otro. ¿No?
–Güey, o sea, ¿tú sabes lo difícil que es encontrar un novio bien en estos días? No, no lo sabes.
–La verdad, yo no veo por qué tanto problema por esto. No tienes novio, ¿y qué? Ni que fuera el fin del mundo.
Ella me miró boquiabierta e indignada.
–O sea, ¿cómo puedes decir eso? Ash, pero qué se puede esperar de un naco como tú.
–Hey, párale a tu coche. Más respeto por favor.
–O sea, yo sé que Alma, bien cute, me contactó contigo, porque es súper amiga mía. Pero no sé por qué ella creyó que tú podrías ayudarme. Digo, que un güey todo sudado venga a abrazarme, ¡guiuk! ¡Asco! O sea ¿qué le pasa? Y luego para colmo me traes esta rosa que parece que se la compraste a un vendedor de crucero por diez pesos. ¡Qué loser!
Ya no aguanté más y empecé a lanzar las palabras sin guardar las normas de educación.
–Mira, “niñita”: Yo sólo vendo abrazos. Y si me contactaste es porque tú eres la que anda necesitada de un pelao. Pero conociéndote ahora veo por qué no se te acercan. No eres más que una mujer aniñada, que le encanta hacerse la víctima y que anda en busca de un pendejo que la mantenga y le cumpla todos sus caprichos.
–¡Óyeme!
–¡No, óyeme bien tú! Desde que entré a saludarte andas bien enojada, como si yo tuviera la culpa de lo que te pasa. Si no quieres comprarme los abrazos pues es tu problema, pero yo no necesito tanto el dinero como para dejarme pedorrear por una vieja chiflada como tú.
–¡Eres un naco, verdulero, corriente! ¡Eres…!
Nos quedamos callados, mirándonos a los ojos, resoplando de rabia, como dos perros. Y de pronto, sin saber cómo, nos arrebatamos un beso apasionado, tirando una de las mesitas y desparramando el latte tamaño venti que ella había ordenado. Los clientes nos miraban atónitos, mientras nosotros nos aferrábamos el uno al otro y nuestros brazos parecían multiplicarse en aquel manoseo ardiente. El mismo gerente se nos acercó para pedirnos amablemente que nos retiráramos del lugar. Sin despegar nuestras bocas, agarré a esa chaparrita de las nalgas y me la llevé cargando, mientras ella enredaba sus piernas alrededor de mi cintura y sus brazos rodearon mi cuello.
Salimos al estacionamiento, la senté en el cofre de un coche mientras seguía besándola. Nuestras lenguas se retorcían y nuestras manos recorrían el cuerpo del otro.
–Eres un corriente –dijo entre jadeos.
–Pero bien que te gusta –sonreí con lujuria.
El guardia del estacionamiento vino a llamarnos la atención. Entonces ella bajó del auto como si se deslizara por un resbaladero.
–¿Y si nos vamos a otra parte? –sugerí.
No tenía esperanzas de que fuera a aceptar mi propuesta, por eso me sorprendió cuando me dijo:
–Ok. ¿A dónde?
Obviamente, terminamos en mi depa.
–Ya estamos. Pasa.
–Ash, ¿aquí vives?
–¿Qué tiene de malo?
–Ni siquiera tienes muebles.
–Cómo no. Aquí está la sala –le señalé el sofá–. La cocina –le señalé la estufa, el refrigerador y la mesa–, y la recámara.
–¿Un colchón en el suelo? ¡Asco! ¿No se te suben cucarachas a la cara?
–No, pero si otras “cositas”–sonreí. 
–¡Naco! –chilló la chava.
–Quisquillosa.
Nos miramos. Su repertorio de insultos se acabó cuando le robé un beso, que la calentó aun más y casi de inmediato nos lanzamos de nuevo a abrazarnos. Nos dimos un buen agasaje, yo metía mis manos por debajo de su ropa, y ella solita se quitó la blusa y el brassiere, y pude ver sus pechos, con sus pezones de color miel.
Ya estaba bien mojada, y yo también ya traía muchas ganas. Volví a abrazarla y comencé a besarla con la lengua. Ella luego me besó el cuello, y una de sus manos se fue deslizando por mi vientre, hasta que agarró mi miembro, me lo empezó a frotar y me lo puso duro. Aparté a Gaby. Me quité el pantalón y los calzoncillos. Luego tomé a la chava de la cintura, la giré y la puse de espaldas a mí. La abracé por detrás pegándome a su cuerpo y subí una de mis manos para tocarle un seno, mientras la otra la fui bajando hasta llegar a su entrepierna, rozándola suavemente. Introduje mis dedos en ella y sentí su humedad.
Acaricié su clítoris, dibujando círculos encima, mientras mis dedos jugueteaban en su interior, los encorvaba para tocarla, los metía y los sacaba. Se mojaron por completo. Ella entrecerraba los ojos y sonreía. Incluso se tocaba a sí misma, se acariciaba sus pezones y su vientre, delirando. Se olvidó de llamarme “naco” o “verdulero”, pues hasta se estremeció con placer.
La recosté en la cama. Me quité el resto de la ropa y me coloqué un condón. Tomé sus piernas y las puse sobre mis hombros. Ya la tenía bien dura, así que me la agarré y la introduje como llave a una cerradura. Ella abrió los ojos en una expresión de gusto, lujuria y gula.
La penetré una y otra vez. Sus senos se sacudían como un par de globos llenos de agua. Le agarré uno, mientras sentía el golpeteo de nuestros sexos. Sus gemidos iban subiendo de volumen, de manera paulatina.
Después cambiamos de posición. Me senté en el colchón, con las piernas flexionadas, y ella se montó encima de mí. Yo presioné con mis rodillas su cuerpo, atrayéndolo hacia mí, provocando un vaivén, y sus tetas quedaban a la altura de mi boca, por lo que podía besarlas y chuparlas a mi antojo. 
Estiré las piernas y eché mi cuerpo hacia atrás. Ella apoyó sus manos atrás, sentada sobre mí, con las piernas flexionadas. Mi miembro seguía dentro, y con el movimiento, ella me miró, sudorosa y excitada. Se mordió el labio inferior, cada vez que sentía el impacto de mi cuerpo en su sexo. Su cabello oscilaba de un lado a otro, despeinándose.
Nos apartamos, pero todavía no habíamos terminado. Ella parecía una amazona. Me levanté de la cama y ella trepó encima de mí, igual que en el Starbucks, pero con la diferencia de que ahora estábamos desnudos. Sus brazos rodearon mi cuello y sus piernas mi cuerpo. La tomé por las nalgas y la penetré, de arriba hacia abajo, como un subibaja, aumentando la intensidad, al punto que ella comenzó a gritar de placer. La apoyé contra la pared y la besé.
Finalmente, volví a ponerla sobre la cama. Ella enroscó su dedo en un mechón de su cabello. Sus mejillas estaban enrojecidas, y en su piel blanca se habían marcado mis manos como si fueran brasas. Todavía seguía mojada y caliente. Le fui dando más de prisa, más duro. Cuando llegó al orgasmo apretó sus piernas, lo cual me provocó más, y me vine en ella, hasta terminar exhausto.
Nos quedamos mirando hacia el techo. Giré mi cabeza. Noté que su cabello planchado ahora estaba enmarañado. Pasé mi mano para retirarle un mechón. Ella volteó y sonrió.
–Tienes una bonita sonrisa –dije, y acaricié con la yema de mis dedos su mejilla.
–Gracias.
–En serio, deberías sonreír más.
Al decirle esto, hizo lo contrario. Se puso triste, y los ojos se le llenaron de lágrimas.
–¿Qué pasa? –pregunté con un tono de voz suave.
–Es que sí me pone mega depre no encontrar novio. O sea, dijeras que soy fea o gorda, pero ¡no! Nada de eso. Y aun así, los chavos, no sé qué les pasa. ¿Están ciegos o qué, güey?
–No es eso, es que nos asusta ver a una chava que esté tan desesperada por tener novio. Como que sentimos que nos quiere echar el lazo.
–Yo quiero casarme, tipo, bien. No quiero quedarme sola –dijo, y la voz se le quebró.
La abracé, aunque esta vez de manera diferente. La abracé con ternura, poniendo mi brazo por encima de su cuerpo. Su piel hizo contacto con mi piel. La sentí cálida, suave. Traté de reconfortarla y animarla. Me di cuenta de que las mujeres temían a la soltería. Para mí, ser soltero era sinónimo de libertad, de no estar sujeto a una sola persona, de salir con varias mujeres, divertirme. Para ellas, en cambio, parecía una soledad nefasta, se sentían estigmatizadas por no estar casadas. Una lástima, ya que se estaban perdiendo de las cosas buenas de la vida por estar persiguiendo un estatus social.
Sin dejar de abrazar a Gaby, me acerqué a su oído y le dije:
–Simplemente relájate, y deja que las cosas sucedan a su debido tiempo.
–¡Cocha! Abrazas tan lindo –dijo ella cariñosamente–. So sweet.
Reí. Una vez que ella dejaba a un lado su altanería, podía ver que era una chica agradable.
Nos vestimos y la acompañé hasta su carro. Me pagó y se despidió de mí.
–Eres tan cute. Si al menos tuvieras un trabajo, tipo, como directivo en una corporación, o fueras de alguna familia bien, me gustaría andar contigo.
–¡Gracias! – exclamé con ironía, pues no estaba seguro si me había dicho un halago o un insulto.
Ella sonrió. Le di un beso en la frente.
–Ánimo.
–¡Bye! –dijo ella con voz melodiosa, y se marchó en su Audi.
Al día siguiente llegué al Vip’s a desayunar con Alma, quien había pedido una semana de vacaciones en el trabajo y, por lo tanto, tenía tiempo libre.
–¿Cómo te fue con Gaby? –preguntó.
Una sonrisa de oreja a oreja se dibujó en mi rostro, y no pasó desapercibida para Alma.
–¿Qué hiciste, Julio? ¡Oh, no me digas que…!
Reí.
–¡Julio!
–¿Qué? A ella le gustó. Le di su buena zarandeada.
Alma estaba desconcertada, no sabía si reírse o regañarme.
–Deberías ser más cuidadoso –dijo.
–Sí me puse condón.
–No hablo solamente de eso, sino que deberías cuidarte de que alguna clienta insatisfecha te acuse de violación o algo por el estilo.
–Yo creo que sí la dejé bastante satisfecha –dije con aire ufano.
–Ash –respondió Alma exasperada y poniendo los ojos en blanco.
–¿Qué?
–No es la primera clienta que te echas. ¿Verdad?
Solté una carcajada por respuesta.
–¡Julio!
–¿Qué? Yo no dije nada.
–Méndigo. Piensa por favor en eso que te dije, que deberías ser más prudente y cuidarte. No quiero que te metas en problemas, y que de paso me metas en problemas a mí.
–Está bien.
–En fin, cambiemos de tema. ¿Has pensado en hacer este negocio más formal? Tú sabes, crear un perfil en las redes sociales ofreciendo tus servicios.
Al escuchar eso, casi escupo el café.
–¿Qué? ¿Anunciarme? ¿Te has vuelto loca?
–¿Qué tiene de malo? Digo, si esto ya es un negocio y tienes clientela, pues lo más lógico es que empieces a crecer, y a pensar en grande.
–¡No! –exclamé aterrado–. ¡No estoy de acuerdo!
Ya podía imaginarme la reacción de mi familia cuando se enteraran. “¿Vendedor de abrazos? ¿Para eso pagamos la universidad y la estancia en Monterrey, para que terminaras de puto?”
–Alma, yo no veo esto como algo a lo que quiera dedicarme toda la vida. Lo estoy haciendo porque no me quedó de otra, pero no es algo definitivo. En cuanto consiga jale de mi carrera, lo voy a dejar. Así que yo preferiría que esto se siguiera manteniendo en secreto.
–Pero Julio, ¿has pensado en las posibilidades? ¿Has pensado en el enorme mercado que tienes y que nadie más ha explotado?
–Deja de pensar como mercadóloga, Alma. Estamos hablando de mi persona y de mi reputación, no de un cereal o de un detergente.
–¿Entonces cómo piensas atraer más clientela si quieres seguir en la clandestinidad?
–Pues no sé.
–Mira, un perfil en Facebook te ayudaría a darte más promoción, porque las mujeres verían quién eres, y les daría más confianza contratarte. Vamos a hacer la prueba por unos días. ¿Te parece?
Alma insistió tanto, que terminé cediendo. Total, nada se perdía con intentar.

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