Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


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Capítulo 11

Gloria era una señora en sus cuarentas, que se aferraba a vestirse como veinteañera. Usaba una blusa escotada y unos pantalones tan apretados que parecían más bien bodypainting. Tenía el cabello rubio platinado, que de tanto tinte parecía trapeador mojado. Pero a pesar de su look tan extravagante y esos kilos de más en su vientre y caderas, todavía se veía muy sabrosa. 
–Pasa –me dijo, invitándome entrar a su casa. 
Entré y tomamos asiento en el sofá. Ella cruzó una pierna y apoyó su cabeza en su mano. Me dijo que yo era muy atractivo. Agradecí el cumplido, pero casi no platicamos mucho, pues Gloria tenía muy en claro qué era lo que quería. De inmediato me pidió que la abrazara, y yo accedí. 
Cuando abrazaba mujeres, algunas comenzaban a abrir su corazón y me platicaban sus tristezas, sus miedos, sus sueños, o cualquier cosa acerca de sus vidas. Pero Gloria no. Simplemente se quedaba callada, abrazándome y sonriendo como si yo fuera un juguete nuevo para ella.
–¿Y a qué te dedicas? –pregunté intentando empezar una plática.
–No trabajo. Sólo estoy en casa. 
–Entonces debes vivir de tus rentas –bromeé.
Ella no entendió mi chiste. 
–No.
Volvió a quedarse callada, sin dejar de abrazarme. 
–¿Y qué más me cuentas de ti? –pregunté. 
–¿Qué quieres saber? –respondió. 
–Pues lo que sea. 
–Pues pregunta, y yo te contesto. 
¡Cómo me molestaba que alguien me dijera eso! Sentía que la conversación era forzada, y que esa mujer no tenía nada de qué hablar. 
–¿Qué haces en tus ratos libres? –pregunté, tratando de conocer algo más de ella. 
–Ver la tele y caminar –respondió.
–¿Sólo eso?
–Sí. 
Volvió a quedarse callada. Hice otro intento para platicar. 
–¿Y qué programas ves?
–Telenovelas y los programas de chismes de artistas. 
–Órale. 
“Caray, qué mujer tan aburrida y hueca”, pensé. Miré por encima de ella mi reloj, a ver si ya se había terminado el tiempo, y me di cuenta que sólo habían pasado diez minutos. 
De pronto, ella me preguntó:
–¿Puedo besarte?
–Mmmh. Está bien. 
Me daba hueva besarla, pero era eso o aguantar su plática sosa. 
Nos besamos por un momento y ella como que se iba calentando, porque se estaba poniendo medio cachonda. Entreabrí los ojos y me desconcertó ver sobre una repisa una fotografía donde ella aparecía con su esposo y sus hijos.
–Espera, espera. ¿Eres casada? 
–Sí –respondió con naturalidad, como si no le diera importancia al asunto.
Pero yo, en cambio, me preocupé.
–¿Por qué no me lo dijiste antes?
–¿Algún problema con eso?
–Pues estamos besándonos. 
–Para eso mismo te contraté –dijo un poco molesta–. ¿O pensabas que solamente te pago para platicar?
No mames. ¡La vieja me había contratado para acostarme con ella!
No es que la idea me asustara, pero lo que me intranquilizaba era que, a diferencia de Silvia, Gloria era casada, y además tenía niños. Sí me estaba portando medio cabrón en este negocio, pero no quería cargar en mi conciencia el adulterio, y destruir una familia. 
–¿De veras me contrataste para tener relaciones?
–Sí. 
–¿Y tu marido?
–¿Qué tiene mi marido?
–¿No te preocupa ponerle el cuerno conmigo?
–Yo a mi marido lo quiero, y no me voy a divorciar de él –respondió con firmeza. 
Ahora sí yo ya no entendía ni madres. 
–A ver, a ver. Pongamos las cosas en claro –dije–. Tú quieres a tu marido.
–Sí.
–Pero me contrataste para tener sexo contigo.
–Así es. 
–¿Y eso no significa serle infiel?
–No –respondió muy quitada de la pena. 
Yo estaba aturdido. ¿Qué pasaba por la mente de esta señora loca? Entonces ella me regañó como si yo fuera un cachorro que hubiera hecho un desastre.
–Ay, muchachito, entiende. Tengo ganas de romper la rutina, tú sabes, vivir una aventura, sentirme deseada y que me llenen de agasajos. Y para eso te estoy pagando. Pero eso no significa que vaya a abandonar a mi marido. Después de todo, él no es malo ni tampoco es mal padre. Es un buen hombre y me consiente, y yo lo quiero. Así que no te hagas falsas ideas en la cabeza. Lo nuestro sólo será algo pasajero. 
Mira qué chulada. Ella ya lo tenía todo resuelto. Mientras el marido se iba a jalar, nosotros íbamos a coger. Pero eso sí, que no me hiciera ilusiones, porque no iba a dejar al esposo. 
–Pues suena tentadora la oferta, pero mejor dejémoslo en sólo abrazos –dije. 
Gloria al principio hizo una mueca de fastidio, sin embargo, se conformó. Nos quedamos abrazados un buen rato. Ella no platicó casi nada, y como quiera lo poco que platicaba estaba de hueva. 

Ni modo. Negocios son negocios. 

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