Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


También puedes descargarla desde iBooks Store o en Kindle.


Si te interesa la versión impresa puedes comprarla en la tienda EIMART y en Amazon.

Capítulo 12

A la mañana siguiente, yo andaba preparando mi desayuno cuando de repente Alma llegó a mi depa con una cámara de video y una lámpara de esas que se usan en los estudios fotográficos. 
–¿A quién vas a grabar? –pregunté.
–A ti. Voy a hacerte un comercial que subiré como video viral a You Tube –dijo mientras dejaba las cosas en el suelo–. Así que vístete y péinate. 
–¿Me vas a hacer un comercial? Tú y tus ideas locas. 
–Ándale, ve a vestirte. Ponte esa camisa azul marino y el pantalón negro que compramos el otro día –dijo con tono autoritario y más serio de lo usual.
No me puse a discutir con ella. A pesar de que la idea de hacer un comercial me incomodaba, de todas maneras confiaba en que mi amiga sabía mejor sobre cómo promover un negocio, aun y cuando ese negocio fuera tan bizarro como vender abrazos. 
Alma clavó unas sábanas en la pared, y acomodó la lámpara y el tripié para la cámara de video. 
Desde mi cuarto, mientras yo me vestía, le dije a mi amiga:
–Ayer me tocó una señora que me contrató para acostarse conmigo.
–¿Y qué pasó?
–Pues a la mera hora no me animé porque era casada y con hijos, y no me quise meter en ese pedo. Todavía fuera divorciada, ahí no te digo nada.
–¡Vaya! Entonces no eres tan cabrón como imaginaba. ¡Bien por ti! 
–Sí, pero ahora lamento no haberle tomado la palabra. 
–Ash –dijo Alma molesta, poniendo los ojos en blanco. 
Yo me reí. 
–¿Qué? ¿A quién le dan pan que llore? Ya en serio, se me hizo mala onda ser el culpable de destruir una familia. No hubiera podido cargar eso en mi conciencia, sobre todo por los niños. Aunque a ver, explícame, Alma. ¿Por qué las mujeres son infieles? De los hombres no te digo nada, está en nuestra naturaleza buscar “dónde poner la semilla”…
Cuando vi que mi amiga hacía un gesto de desaprobación, aclaré mis palabras: 
–Ok, sentimos el impulso de andar con muchas mujeres, el chiste es controlarse, claro. Pero, ¿y las mujeres? ¿Cuáles son sus motivos para poner el cuerno?
Mi amiga acomodó la cámara y respondió:
–Pues hay muchas razones, amigo. Algunas por despecho porque el esposo también es infiel, otras porque se sienten insatisfechas sexualmente, otras porque desean que un hombre esté halagándolas y deseándolas, otras más porque quieren sentir la adrenalina de lo prohibido. O sea, son muchas las causas, y sería imposible generalizar. 
–Órale –murmuré, y me quedé pensativo. 
Alma terminó de colocar el “escenario”, y lo contempló satisfecha, como si hubiera hecho una obra de arte. A veces me sorprendía el entusiasmo y la habilidad de mi amiga. Nada se le dificultaba; creo que hasta ponía más empeño que yo en el negocio.
Me observó de pies a cabeza y sonrió, dando su visto bueno. Me pidió que tomara asiento y mirara a la cámara.
–¿Y qué es lo que voy a decir?
–Lo que se te ocurra. Vende tu servicio.
Me hizo la seña cuando encendió la cámara.
–Eh… hola –dije titubeando–. Me llamo Julio y soy vendedor de abrazos. Este… bueno, doy abrazos, pero también podemos ir al cine, o a cenar.
–¡No! –exclamó Alma exasperada, y puso pausa a la grabación–. Qué hueva me das con ese comercial. 
–¿Pues qué quieres que haga? ¡No soy artista! –protesté. 
–Sólo dices: “Hola, soy Julio, el vendedor de abrazos, y vendo abrazos” –dijo remedándome –. Tienes que ser más creativo, llegar al corazón de la gente, provocar emociones… A ver, ¿por qué una mujer tendría que comprar tus abrazos?
–No lo sé. Supongo que porque se sienten solas. 
–Ahí está. Las mujeres se sienten solas. No encuentran pareja por más que buscan, o su pareja las abandonó y les rompió el corazón…
Al decir esto, noté que Alma crispaba los puños y se ponía tan tensa que parecía que tenía ganas de golpear a alguien. 
–¿Por qué te enojas? –pregunté con cautela.
En ese momento, Alma gritó como loca y se derrumbó en el sofá, junto a mí. 
–Porque acabo de enterarme de que mi ex se va a casar –dijo con tristeza y rabia–. No tiene ni un año que terminó conmigo y ya se consiguió otra novia, ¡y hasta le propuso matrimonio! 
Enseguida mi amiga rompió en llanto, se encorvó y se cubrió el rostro con las manos. Su fortaleza y su ánimo se quebraron como un vaso de cristal que se estrella en el suelo. Ahora entendía por qué andaba tan de mal humor desde que llegó. Era porque todavía seguía pensando en aquel cabrón. 
–Ven aquí, ven aquí –le dije, jalándola del brazo, y la aprisioné contra mi pecho. La abracé con fuerza, para que descargara su melancolía. Ella se aferró a mi cuerpo hasta con las uñas, y derramó sus lágrimas sobre mí.
–¡No es justo! –gimió.
–¿Todavía lo quieres?
–No. Pero al menos yo esperaba que él sufriera por haberme dejado ir, o que yo encontrara otro novio, y que él viera lo que se perdió. ¡Pero nunca pensé que él encontraría tan rápido a otra mujer, y que con ella sí se casara! ¡Me da coraje! 
Mi amiga estaba devastada. Entonces recordé que algo así sentí cuando supe que Daniela, mi primera novia, se iba a casar. Ya teníamos varios años de haber terminado, pero un día, durante unas vacaciones de verano en la universidad, en que yo me fui a Tampico, ella llegó a mi casa y nos dejó la invitación de su boda. Para mí fue más bien como una despedida. 
 Dejé que Alma se desahogara y le di pequeñas palmaditas en la espalda, mientras le susurraba:
–Tranquila. Él no era para ti. Quizá hasta te hizo un favor al irse. 
–Pero, ¿por qué con la otra mujer sí cambió? ¿Por qué a ella sí le pidió matrimonio, y a mí siempre me dijo que no estaba listo para eso? Si no pensaba casarse conmigo, al menos me lo hubiera dicho desde el principio, en lugar de hacerme perder el tiempo. ¡Tantos años que aguanté sus gritos y sus malos ratos para nada! 
–Mira, si el güey es inmaduro, dudo que haya cambiado de un día para otro. Además, nadie te obligó a estar con él todo ese tiempo. Si veías que la relación no iba para ningún lado, y no te gustaba como te trataba, de volada lo hubieras mandado a chingar a su madre. Pero en lugar de eso aguantaste, tú misma lo acabas de decir. Decidiste quedarte. ¿O acaso él te puso una pistola en la cabeza?
–¡Ay, Julio!
–Ya deja de llorar por ese güey. No eran el uno para el otro, punto. Tú lo ves como una tragedia. Deberías dar las gracias porque ya no lo tienes encima. Literalmente. 
Alma se quedó callada, con los ojos llorosos, rojos e hinchados, pero por fin entró en razón. 
–Pues sí. Es cierto. 
Se apartó de mí, se secó las lágrimas y luego me miró.
–Ay, arrugué tu camisa. 
–No importa. 
–Quítatela para planchártela. 
–¿Me vas a planchar? ¿Ahorita? Golosa.
–¡Aaaasshhh! ¡Julio! 
Me quité la camisa y mi amiga me contempló, entre nerviosa y turbada. Incluso se sonrojó. Desvío la mirada y se fue a plancharla. Regresó a los pocos minutos. Me vestí, pero noté que ella seguía observándome de una manera extraña. 
–Déjame arreglar tu cabello –me dijo con cariño, y pasó sus dedos sobre mi cabeza. 
Nos miramos el uno al otro por unos segundos. 
De pronto, ella se acercó a mí y me besó.
Yo me aparté, azorado.
–¿Qué haces?
Ella titubeó. 
–Me gustas –respondió.
–Bueno, si quieres nos podemos dar un agasaje… 
–No, Julio. Lo que quiero decir es que te amo. 
Me quedé estupefacto, pero al mismo tiempo preocupado, porque aunque era mi mejor amiga, ella no me atraía tanto como para andar de novios, y no hallaba cómo decírselo sin que se escuchara feo. 
–Ay Alma… –dije con lástima–. Oye, no quiero que te sientas mal, pero yo no siento lo mismo por ti. Sorry
–Podríamos intentarlo.
–Pero eso significaría que ya no seríamos amigos –la interrumpí–. Y no me gustaría perder tu amistad. 
–¡Ay, Julio! –protestó Alma, desesperada–. Tú me gustas, te me haces un chavo guapo, buena onda, inteligente, divertido… 
–Y tú también eres una chava muy guapa, inteligente, y con quien me gusta platicar. Pero sólo eso. En serio, yo quiero que sigamos siendo amigos. ¿Para qué arriesgarnos a tener una relación, si desde el principio no siento lo mismo que tú?
–Eso se puede dar con el tiempo.
–¿Y si no? Discúlpame, pero no quiero arriesgarme a perder una buena amiga para tener un mal noviazgo. Tú te quejas de que tu novio no te fue honesto desde el principio, ¿verdad? Pues yo te soy honesto. No quiero hacerte perder el tiempo en algo que no sabemos si funcionará. 
Alma se enojó. Recogió sus cosas sin dirigirme la palabra, y se fue dando un portazo. Yo me preocupé. Traté de hablar con ella, sin embargo no me hizo caso. Se largó en su coche. 
Me sentí muy triste. Independientemente del hecho de que Alma era quien me ayudaba con el negocio de los abrazos, era mi amiga, mi mejor amiga, y me dolía que ya no lo fuera más. 
Pasaron nueve días sin tener noticias de ella. Comencé a extrañarla, incluso eché de menos sus regaños. Y justo cuando empecé a hacerme a la idea de que ya no la volvería a ver, me la encontré una mañana en las escaleras de mi edificio, sentada, así nada más. 
Me senté junto a ella. 
–¿Qué pex? –pregunté. 
–Hola –dijo con voz fría. 
–¿Sigues enojada conmigo? 
–¿Tú qué crees?
–No sé. ¿Por qué viniste entonces?
–Para hacer tu comercial –dijo golpeándome con su bolsa en el estómago–. Como dices: “negocios son negocios.”
Se levantó y subió las escaleras. 

Alma no volvió a comentar nada sobre nuestra discusión, ni insistió en ser novios. Yo tampoco quise tocar el tema. Por unos días se portó cortante y mandona, pero con el tiempo, nuestra amistad volvió a reanudarse. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario