Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


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Capítulo 13

Aquel fin de semana me lancé a Tampico para visitar a la familia. Llegué a la central de autobuses después del mediodía, y de ahí me pasé directo a la casa. Mi mamá preparó una jarra de agua de huapilla, y para comer hizo unos bocoles rellenos de frijoles y chicharrón. 
Platicamos un buen rato sobre la familia, sobre Mónica y Matt, la bebé, los tíos, primos, la ferretería. Todo tranquilo. Hasta que de pronto, mi mamá dijo:
–¿Ya estás trabajando? Porque te he estado llamando a tu departamento y al celular en las noches, y no me contestas. 
–Sí, es que he tenido mucho trabajo. 
–¿Y en dónde trabajas? –preguntó mi papá.
Si fuera una prostituta, podría haber inventado que trabajaba cuidando viejitos, o que trabajaba en una funeraria, o que era aeromoza. Pero en mi caso, tenía que inventarme una excusa más convincente. 
–Ya estoy trabajando en una empresa, en Santa Catarina; y me mandan mucho de viaje al extranjero, para proyectos. Por eso casi no estoy en casa. 
–¿Y te pagan bien? –preguntó mi papá.
–Claro. Gano mucho mejor que donde estaba antes. 
Me dio remordimiento haberle mentido a mis papás, pero no me quedaba de otra. 
Regresé a Monterrey el domingo por la tarde, a bañarme y descansar, pues me esperaba una semana con mucho “trabajo”. 
Al día siguiente, en la mañana, me dirigí a encontrarme con mi siguiente clienta. Llegué a una casa en la colonia Chepevera, y revisé si era el domicilio correcto. Di un vistazo a la fachada. Era una de esas viviendas enormes, construidas allá por los años sesentas, en aquellas épocas en que no se escatimaba el área de los terrenos. 
Toqué el timbre y apareció en la puerta de entrada una enfermera.
–¿Diga?
–Eh… buenos días. Busco a la señora Martha. 
–¿Cuál es su nombre?
–Julio.
–¿Es el terapeuta? Pase, por favor. 
La enfermera abrió la reja y me dejó pasar. Entré a la sala. Al fondo se veían varios viejitos en silla de ruedas o caminando apoyados en andaderas, arrastrando los pasos, todos solitarios, con las miradas tristes o perdidas en la nada. Nadie les hablaba ni les hacía caso. 
Entonces me di cuenta de que la casa en realidad era un asilo de ancianos.
–Qué bueno que viene. La señora Martha ha tenido dolores en las piernas, y necesita que le den masajes. 
¿Masajes? ¿Acaso tenía que dar masajes a una viejilla? Intenté aclarar la situación de inmediato, que yo no era ningún masajista, pero la enfermera gorda no me dejó hablar. 
–Últimamente anda muy triste y come muy poco. Nadie viene a verla. Es viuda, tiene cuatro hijos, una hija y diecisiete nietos, aunque ellos muy rara vez vienen a visitarla. Sólo en ocasiones viene Eduardo, un nieto suyo, que es más o menos de tu edad. Pero hace seis meses que él no se aparece por aquí.
Yo seguía sin entender qué pedo, por qué me daban tanta explicación, si tenía que abrazar a una viejilla o masajearla o qué, y sobre todo lo más importante: ¿quién chingaos me iba a pagar?
La enfermera me llevó hasta una habitación muy pequeña y claustrofóbica. En un sillón desgastado se encontraba una anciana de cabello teñido de rubio claro y de labios pintados de rojo. Su espalda estaba encorvada por los años y sus ojos apuntaban hacia el piso. 
–Hola, Martha. ¿Cómo estás? –la saludó la enfermera.
Martha no respondió. Parecía distraída, o quizá nos ignoraba deliberadamente. 
La enfermera la tocó en el hombro, y sólo así Martha salió de su ensimismamiento. 
–¿Uhm? –preguntó desorientada.
–Martha, aquí está el que te va a dar la terapia. 
La señora volteó, sonriendo. 
–Está bien. 
–Los dejo a solas. 
Apenas se fue la enfermera, la anciana me dijo:
–Bueno muchacho, entonces, ¿aquí o en la cama?
–¿Eh? –pregunté arqueando una ceja.
–Pues los masajes, chamaco. Y te advierto que quiero uno con final feliz –dijo guiñándome el ojo. 
Ah cabrón, ¿qué dijo? 
La señora me jaló de la mano, y me examinó. 
–A ver, ven para acá, para verte. ¡Mira que flaco estás! ¿Qué no comes bien? Y estas manos tan huesudas… ¡Mírate! ¡Ya ni nalgas tienes! ¡Estás todo desnalgado, muchacho! –exclamó, y me pellizcó el trasero, dejándome magullado.
–¡Épale! –grité, zafándome de sus manos.
–Pues es que estoy viendo tu mercancía, chamaco. Ahora quiero ver “el plátano”. 
No sé si era por la edad, o porque la viejilla tenía ganas de echarse una canita al aire, pero andaba muy sobres. 
–Oiga, es que yo no doy ese tipo de masajes. 
–¿Cómo de que no? –exclamó enojada–. ¿Entonces qué das?
–Sólo abrazos. 
–¿Qué? ¿Y para eso cobras tanto? Mta –dijo chasqueando la boca con decepción–. Mejor hubiera buscado un puto del Papichulo. 
Solté una carcajada, y me senté en la cama. 
–¿Quién le habló de mí?
–La nieta de Hortensia, una viejilla que está a cada rato diciendo que “ya se va a su casa”. Mira, ahí viene. 
En ese momento, entró una señora diciendo:
–Adiós, ya me vengo a despedir. Ya me voy a mi casa. 
–Sí Tencha, que te vaya bien –dijo doña Martha sin hacerle mucho caso–. Ya vete. 
 La señora se fue, y doña Martha me dijo:
–¿Ves? Pinche loca. Bueno, como te iba diciendo, la muchachita me dejó tu tarjeta. Y como mi hijo mayor había dejado dicho que contrataran los servicios de un terapeuta para que me diera masajes, pues pensé que bien podías ser tú. 
–A ver, ¿y qué tal si su hijo se entera que no soy un terapeuta y me ve haciéndole “eso”? 
–¡Nah! ¡Qué se va a dar cuenta, si ni viene el cabrón! Ha de ser por culpa de la piruja esa con la que se casó, lo ha de tener todo embrujado. Ella nunca me quiso. Y mis otros hijos tampoco vienen, ni mis nietos, ni nadie. Siempre andan ocupados en sus cosas. 
Al decir esto, noté que su rostro se ensombreció. 
Yo no conocí el cariño incondicional de una abuela; no había tenido a la típica viejecita canosa y bonachona como la que interpretaba Sara García en las películas de Pedro Infante. Mi abuela paterna murió cuando yo tenía cinco años, así que no tenía muchos recuerdos de ella. Y mi abuela materna, por otro lado, no me caía bien. Ella era fría, estricta, regañona, y se molestaba por todo. Le desagradaba que anduviera con la camisa de fuera, y me obligaba a fajarme. No me dejaba jugar en su jardín porque no quería que pisara el césped. Y por su culpa regalaron a mi perro Poncho, porque convenció a mi mamá de que ese perro le causaba alergias cada vez que ella venía a visitarnos. Así que no tenía en buen concepto a las abuelas. Sin embargo, Martha se veía diferente; a pesar de que estaba medio zafada, me cayó bien. 
–Bueno, pues, ¿va a querer los abrazos? Nada pierde con probar. Si no le gusta, no me los paga. ¿Cómo ve? 
La mujer lo pensó, pero aceptó. 
–Órale pues. 
La ayudé a ponerse de pie. A pesar de su apariencia frágil y adorable, ella me apretó con tal fuerza que casi me sacaba el aire, parecía que probara mi resistencia. La contemplé con detenimiento y tenía una apariencia bastante curiosa. Además de pintarse los labios de rojo intenso, usaba unas enormes arracadas de oro, los últimos vestigios de vanidad femenina. 
–¿Y cómo te llamas, muchacho?
–Julio –respondí–. ¿Y cuántos años tiene, doña Martha?
–Eso no se pregunta, muchacho. Es de mala educación –me reprendió. 
–Perdón –dije avergonzado. Era curioso que aun siendo grandes, las mujeres ocultaran su edad–. Pero luego van a pensar que usted está abusando de mí, por la diferencia de edades –añadí riéndome. 
–¡Méndigo chamaco! –exclamó la anciana, y luego se rió–. Me caes bien. 
Me soltó y me pellizcó un cachete, pero no los de la cara. 
–Para ser una abuelita, usted está muy tremenda. 
–¡Uh! Y eso que ni me conoces bien. 
Sacó un monedero y me pagó por los abrazos. 
–Aquí tienes, m’ijo. Prométeme que vas a volver –me rogó–. Aquí me siento muy sola, y me hace falta platicar con alguien. 
Le aseguré que regresaría cuando me lo pidiera. 
Me despedí de ella y me dirigí a la salida. En la puerta, la enfermera, me esperaba. 
–¿Y bien? ¿Cómo te fue? 
–No me puedo quejar –contesté.

Mientras iba camino a casa, pensé en doña Martha. Tal vez ella podría ser una abuelita para mí. Una abuela bastante peculiar.

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