Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


También puedes descargarla desde iBooks Store o en Kindle.


Si te interesa la versión impresa puedes comprarla en la tienda EIMART y en Amazon.

Capítulo 14

Esa tarde, se vino un chubasco bastante fuerte que inundó las calles y avenidas de Monterrey. Yo esperaba a Silvia bajo un toldo de una tienda, cuidándome de no ser salpicado por los carros y camiones que en ese momento transitaban por ahí. Algunos peatones caminaban con paraguas en mano que los protegía de la lluvia, mas no de los charcos que les empapaban los zapatos y los pantalones. Otros desafortunados caminaban con resignación, con las ropas húmedas y pesadas. Solamente los niños disfrutaban la lluvia, a pesar de los esfuerzos de sus madres para mantenerlos a resguardo. 
De pronto vi a una mujer que cruzaba la calle, corriendo con tacones. La falda entallada, la blusa blanca... Era Silvia. No podía ser nadie más. 
La mujer llegó hasta mí. Traía el cabello mojado, escurriéndose el agua sobre su rostro, pero mis ojos fueron a dar hacia su blusa, la cual se le había pegado al cuerpo, sólo para darme cuenta de algo: no traía brassiere
–¡Hola! –me saludó jadeando–. ¿Cómo estás?
Yo apenas y podía coordinar mis palabras, pues mi atención estaba totalmente enfocada en sus pechos, en especial en sus pezones y sus aureolas que se dibujaban como flores en primavera. 
–Yo… estoy… bien –respondí balbuceando.
Hice un esfuerzo para despegar la mirada de sus senos y mirarla a los ojos.
–¿Y tú cómo estás? 
–Bien. 
Era obvio que sí, pero quería iniciar una conversación casual.
–Mi coche está descompuesto y lo acabo de dejar en el taller –dijo ella. 
–Vaya, qué mala suerte.
–No, ¿por qué mala suerte? Las cosas se descomponen y ya. No son eternas. Además, me gusta caminar bajo la lluvia. 
Mis ojos saltaban curiosos hacia su blusa y ella lo notó y se rió. Yo me sonrojé por ser tan obvio. Ella se acercó a mí. 
–¿Y no me vas a dar un abrazo? –preguntó con tono sensual.
–Claro –dije, y la abracé. 
Las temperaturas de nuestros cuerpos se intercambiaron. Yo le transmití mi calor, ella en cambio, me transmitió su frío, me mojó la camisa, y pude sentir cómo sus pechos con sus pezones duros se apretaban contra mí. 
–¿Puedo preguntarte algo? –le dije. 
–Sí. 
–¿Abajo tampoco traes ropa interior?
–¿Tú qué crees? –dijo ella con el mismo tono sexy. 
Mis ojos casi saltaron de mi cabeza.
–¿En serio?
Silvia soltó una carcajada por respuesta. Caray, esta mujer me estaba volviendo loco. 
Ella deslizó su mano hasta meterla en el bolsillo trasero de mi pantalón, y así tocar mi nalga. Yo tragué saliva. Me estaba seduciendo en público. Tal parecía que esa mujer sabía cómo manipularme, y yo caía rendido a sus pies. 
–¿Y qué? ¿Nos vamos a quedar aquí parados sin hacer nada? –preguntó ella con impaciencia.
–Bueno, no sé. ¿Qué se te ocurre?
–¿Qué tal si compramos un vinito, una botanita, y cenamos en tu depa? 
–Me parece bien –dije.
Entramos a un Oxxo y compramos una botella de vino tinto, unos quesos, un paquete de salchichas, papas fritas y dips. Parecía como si fuéramos a tener nuestra propia fiesta privada. El aire acondicionado hizo que a ella se le marcaran los pezones por encima de su blusa mojada, detalle que tampoco le pasó desapercibido al cajero. Pero Silvia era muy segura de sí misma, hasta parecía orgullosa de acaparar las miradas de los hombres. 
Tomamos un taxi que nos llevó hasta mi edificio. Entramos. 
–Debes tener frío. ¿No quieres darte un baño caliente, quitarte esa ropa y meterla a la secadora?
–Claro. 
Entró a mi cuarto para cambiarse, mientras que yo descorchaba la botella. Tenía ganas de meterme a la regadera, junto a ella, y enjabonar cada parte de su cuerpo. Pero me sentí inseguro, y preferí esperarla afuera. Al poco rato la vi cruzar el departamento usando una camisa mía que le quedaba grande. Verla así me excitó.
Coloqué sobre la mesa de centro una bandeja con trozos de quesos y salchichas, ensartados con palillos. Del otro lado puse un tazón con papas fritas, y a un lado el dip, un par de copas y la botella de vino. Para complementar el ambiente, encendí un par de velas con aroma a canela. 
Silvia y yo nos sentamos en el suelo y comenzamos a comer la botana. Yo le serví vino, y brindamos. Le volví a llenar su copa y procuré hacerla sentir como en su casa. 
–Me gusta tu departamento –dijo Silvia, echando un vistazo alrededor–. Aunque no tiene adornos, es acogedor. El típico departamento de un soltero. 
–Bueno, me gusta tener únicamente lo necesario –dije mientras tomaba un par de quesos–. ¿Tú vives con tu hijo?
–Sí. Acabo de comprar una casa a crédito y la estoy amueblando poco a poco. A mi hijo le gusta. 
–¿Y lo dejas solo?
–No, claro que no. Se lo dejo a mi mamá, y después voy por él. Aunque ya lo estoy enseñando a ser independiente. Que él solito lave su ropa, tienda su cama y se haga su desayuno. Tiene que aprender a valerse por sí mismo, porque yo no voy a estar con él toda la vida. 
–Estoy de acuerdo contigo –respondí, admirado de su madurez–.Yo llegué a vivir solo a los diecisiete años. Fue difícil al principio, pero terminé acostumbrándome. 
–Exacto. Además, yo no quiero que sea igual de huevón que su papá. 
Reí. Me gustaba la manera en que ella hablaba, así, sin pelos en la lengua. 
Le serví más vino.
–Vas a terminar emborrachándome –dijo sonriendo. 
–No, sólo es un poco.
–¿Alguna vez te has emborrachado hasta el punto de que no sepas lo que haces? –me preguntó.
–De hecho sí –respondí–. Fue en un viaje que hice con mis amigos a Zacatecas el año pasado. Llegamos a un bar, la Mina Club. Es un antro muy chido que de hecho está en una mina, bajo tierra. Tomamos bastante, hasta que salimos a la calle casi arrastrándonos. Era de madrugada. Íbamos gritando y haciendo mucho desmadre, hasta que nos paró una patrulla. Discutimos con los policías, y nos arrestaron para llevarnos al bote por faltas administrativas. Lo más gracioso fue cuando mi amigo Moi se vomitó en la patrulla. 
–¡Ugh!
–Bueno, el caso es que después de pasar la noche ahí, pagamos la multa y nos soltaron. Lo malo es que nos pegó la cruda, y al día siguiente nos tocaba ir al Cerro de la Bufa para tirarnos por la tirolesa. Ya no teníamos dinero para el teleférico, así que subimos caminando por las calles empedradas. Pero valió la pena. Una vez arriba, el paisaje era impresionante. Y la experiencia de deslizarse por la tirolesa estuvo con madre. Ver el mundo, tan pequeño, mientras estás en el cielo. El viento en la cara, la adrenalina... Es como volar. Siempre quise hacerlo. Creo que tengo algo de pájaro en mí… y no es albur –aclaré. 
Silvia rió. 
–¿Y por qué dices que eres un pájaro? – preguntó.
Me serví más vino, y respondí:
–Pues porque desde niño yo quería volar lejos de Tampico. Ir a una ciudad grande, hacer cosas diferentes, tener una vida distinta a la que habían tenido mis papás. No quería terminar detrás de un mostrador, sin tener oportunidad de conocer el mundo. 
Me quedé callado. Noté que mi copa de vino seguía intacta. Me sentí un poco triste. Quería a mis papás, pero no compartía su visión de la vida, y tampoco ellos comprendían a lo que yo aspiraba. Y por eso terminé poniendo tierra de por medio.
–En fin –dije con un poco más de optimismo–. Por eso decidí venirme a estudiar a Monterrey, en FIME, es decir, en la Facultad de Ingeniería Mecánica y Eléctrica, en la Uni. Al terminar entré a trabajar, y el resto es historia
Silvia sonrió. Apoyó su cara sobre su brazo, encima del sofá, y me dijo:
–Me caes bien. Tienes muy buena conversación.  
–También me agradas –respondí, con un poco de timidez. 
Ella se acercó a mí. 
–Abrázame –dijo. Parecía más una orden que una súplica.
La abracé. Nuestros cuerpos se juntaron y se convirtieron por un instante en uno solo. Ya no teníamos hambre ni sed. Ni siquiera teníamos noción del tiempo. Ceñí su cintura, y ella rasguñó mi espalda. La camisa que ella usaba se deslizó, dejando su hombro al descubierto, y yo le di un pequeño y suave mordisco a su piel. 
En ese momento oí que la secadora había terminado.
–Tu ropa ya está seca –dije. 
–Pero yo sigo mojada –respondió con voz sensual. 
Con timidez, acerqué mi mano y la deslicé por su muslo, despacio, hasta llegar a su entrepierna. Metí un par de dedos, y comprobé que ella decía la verdad. 
Silvia se dejó tocar. Mis movimientos eran torpes, pero ella me dio la oportunidad de acariciarla por completo. Nos besamos. Ella se despojó por completo de mi camisa y me mostró su cuerpo desnudo. Después comenzó a pasar sus manos encima de mi piel. Ella misma me quitó la ropa. Acercó su boca a mi rostro y con sus labios presionó con suavidad el lóbulo de mi oreja. Después dio pequeños besos alrededor de mi cuello. Fue descendiendo y succionó mis pezones, lo cual me estimuló mucho. Fue pasando por mi pecho y mi vientre, hasta llegar abajo. Desabrochó mis pantalones, bajó el cierre y me la sacó. Ya la tenía dura. Ella me la acarició con su lengua, ardiente y húmeda, y luego la introdujo en su boca, despacio, sin ninguna prisa, hasta que llegó a su garganta. Mientras lo hacía me miraba desde abajo, con ojos llenos de malicia y deseo. Me la mamó, y también en ratos succionaba mis testículos con suavidad. Yo entrecerraba los ojos cada vez que hacía eso. Estaba a punto de venirme cuando ella apartó su boca y rió de manera traviesa, provocándome. Me detuve con mucho esfuerzo. Yo ya estaba muy caliente. Entonces ella se levantó, corrió detrás del sofá. La perseguí. Silvia seguía riendo, huyendo de mis brazos. Sus tetas grandes y maduras brincaban como un par de gelatinas. Finalmente la atrapé. La levanté en mis brazos y la acosté de nuevo en el sofá. Ella sonrió. Estiró los brazos por encima de su cabeza. 
–Me gustas, chiquito. Me gustas mucho, mucho –dijo con esa voz de tigresa en celo, en ese tono exacto con el que sabía que podía excitar a los hombres, y que tal vez había aprendido con el transcurso de los años. 
Sus experimentadas manos tocaron los puntos que ninguna otra mujer había descubierto. Con sus dedos me la tocó, dándome un suave masaje con movimientos circulares, y luego sus manos recorrieron mis muslos. Yo no podía aguantarme, esa mujer me volvía loco. Así que comencé a besarla, y a pagar con la misma moneda sus caricias. Junté sus tetas y deslicé mi lengua, saboreando sus pezones. Después mis dedos se enredaron en su cabello y luego acariciaron su espalda, hasta llegar a sus nalgas. Las apreté. Eran como malvaviscos. Le di pequeños besos en sus brazos, en sus manos, y luego bajé hacia su pubis. Pasé mi lengua para excitar su clítoris. Ella gimió. 
–Mi amor… me gusta… 
Entonces la penetré. Silvia gemía, entrecerraba los ojos y disfrutaba con placer mis movimientos. La puse de lado, yo a espaldas de ella. La abrazaba, y ella volteó y me besó. 
–Ay, me gusta como lo haces, mi amor –me decía entre sofocos–. Sí, mi amor, sigue así. 
Yo me excitaba al ver la expresión de gozo en su rostro. Me sentía orgulloso de mí mismo. Estaba haciendo estallar de placer a una mujer. 
Luego cambiamos de posición. Yo acostado, ella encima de mí. Se agarró el cabello con las manos mientras subía y bajaba, y se mordió los labios, maullaba como gata en celo. Nuestros ruidos y jadeos se hicieron intensos. Entonces le dije que estaba a punto de venirme. Ella se levantó, y luego se arrodilló frente a mí, y abrió la boca. Mi leche cayó en su lengua, en sus mejillas, en sus párpados. Silvia sonreía. Su cara quedó toda cubierta. Yo la contemplé así, entre atónito y excitado. Ella la tragó y me mostró su lengua. 
Cuando terminamos quedamos exhaustos, tendidos en el sofá. Ella estaba encima de mí, y yo la abracé, aunque esta vez de manera diferente. Me sentí invadido de muchas emociones. No sólo porque había experimentado caricias y sensaciones que nunca antes había vivido, sino porque Silvia parecía comprenderme. Me escuchaba sin juzgar, tenía una mentalidad libre, abierta, y era una mujer con la que podía platicar de cualquier tema. Entonces sentí el impulso de protegerla, y cuidarla, y ser cariñoso con ella. Mi mano acarició su espalda, ya no con la libido que sentía en momentos previos, sino con serenidad. Me sentía seguro con ella, sentía que era la única mujer que me aceptaba tal como yo era. 
–Mmmh, Julio. Me encanta estar contigo –ronroneó. Alzó su cabeza, y me besó en la boca–. Pero ya debo irme.  
–No, espérate. Quédate un rato más –supliqué. 
–No, ya me voy –dijo, y sacó su cartera–. ¿Cuánto es?
Entonces recordé la realidad. Silvia era mi clienta, no mi novia. 
Aunque yo estaba consciente de que vendía abrazos por dinero, en esta ocasión me sentí mal por cobrar por ello.
Le tomé de la muñeca, y dije:
–No, no me des nada. 
–Pero es tu trabajo.
–No voy a aceptarlo. Esto no lo hice por dinero. Lo hice por ti. 
Silvia arqueó una ceja, extrañada, pero no dijo nada. Guardó el dinero. Yo recogí su ropa de la secadora y se la entregué. En pocos minutos, la ropa volvió a cubrir ese cuerpo desnudo que poco antes había estado en mis brazos. 
–Nos vemos, Julio. 
–Llámame, por favor.
–Claro –dijo, y me dio un pequeño beso. 

Silvia salió de mi departamento. Yo me recosté de nuevo en el sofá. Me sentía feliz, satisfecho, lleno de entusiasmo. Creo que empezaba a amarla. 

No hay comentarios:

Publicar un comentario