Sinopsis

Aparentemente Julio es un joven con una vida normal. Vive en Monterrey, es ingeniero, se reúne cada fin de semana con sus amigos a hacer carne asada, ver el fútbol y hablar de mujeres.

Pero Julio tiene una doble vida. Él es acompañante de mujeres. Ellas lo contratan por diversos motivos: para que las consuele cuando terminan con su novio, para que les haga compañía porque se sienten solas, para que las acompañe a fiestas o bodas, sin embargo, tal es su fama que algunas empiezan a contratarlo para tener intimidad con él. Y lo que empezó como un inocente juego para obtener dinero fácil, se va convirtiendo en un estilo de vida que tiene que ocultar.

Pero ¿qué diferencia a Julio de un gigoló? Que sus abrazos curan el alma. Sanan corazones rotos, devuelven ilusiones, transmiten cariño y protección.

Él es un vendedor de abrazos y esta es su historia.


Nota: Si quieres leer la historia de principio revisa la guía de capítulos que está a tu derecha.


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Capítulo 15

Ese domingo, para variar, Alma y yo decidimos ir a comer los tacos que vendían por el Tec. El taquero nos sirvió nuestra orden, cinco tacos de diferentes guisos cada uno, acompañados de una bolsa de salsa, otra de cilantro con cebolla, y limones. Eso sí, con una Coca-Cola light
Nos sentamos en la única mesa metálica que había disponible.
–Julio, vas a hacer que engorde –me dijo mi amiga.
–Pero bien que ya te echaste tres tacos –dije con tono burlón. 
–Menso –respondió, y me dio un zape en el brazo.
Yo reí. 
–Bueno, ahora dime cómo va el negocio. 
–No me puedo quejar –contesté, mientras bañaba mi taco con salsa verde. 
–Necesito tomarte fotos para tu perfil en Facebook. Tienes suerte, encontré mi cámara Réflex. Yo creía que se la había quedado mi ex pero, gracias a Dios, estaba dentro de una caja en mi clóset. 
–Está bien –dije distraído. 
Mi amiga me miró con extrañeza, como si advirtiera que yo tenía ansiedad por preguntarle algo. 
 Entonces decidí sacar esa interrogante que ya me tenía rondando la cabeza desde hace varios días.
–Alma, dime algo: ¿Tú crees que soy atractivo?
–Claro que eres atractivo. 
–¿Segura? 
–Sí. ¿Por qué no me crees?
–Porque pienso que si no fuera por este trabajo, ninguna mujer andaría conmigo. 
–Julio… –dijo poniendo los ojos en blanco.
–Es la verdad –contesté iracundo–. Yo me considero un hombre fiel, trabajador, sincero, honesto, y aun así, ninguna chava se fijaba en mí. Me mandaban a volar. Pero ahora que soy vendedor de abrazos, tengo muchas citas, y les gusto. ¿Por qué? No lo entiendo. 
Mi amiga hizo a un lado su plato vacío, pues ya se había terminado todos los tacos, y con un tono de voz serio y metódico, dijo:
–Julio, te contaré una historia que una vez vimos en una clase de mercadotecnia, en la universidad. 
–Ahí vas otra vez. – dije poniendo cara de fastidio–. Siempre quieres sacar tus estrategias de marketing.
–Cállate y déjame hablar –dijo Alma poniéndome un dedo en los labios, y procedió a contar su historia–. Hay una joyería en Arizona, Estados Unidos. Se llama Silverado Jewerly Store y se dedica a vender joyas hechas por nativos norteamericanos. Resulta que un día le llegó un nuevo tipo de joyería hecha de madreperla rosa y plata. Pasó un mes y la mercancía no se vendía. Total, que la dueña decidió rematarla, y le dejó un recado a su empleada donde le ordenaba que la vendiera a mitad de precio. 
–¿Y eso qué tiene que ver conmigo?
–Todavía no termino –me reprendió Alma–. El caso es que cuando la dueña regresó a la tienda, la empleada le dijo: “Señora, desde que le aumentó al doble su precio, se vendió toda la joyería.” Y la dueña dijo: “No, yo te ordené que la vendieras a mitad de precio”. Entonces la empleada, confundida, le enseñó el recado. La nota decía “Todo lo de esta vitrina véndelo a ½”, pero debido a la letra de la señora, el 1 y la diagonal parecían una equis, por lo que la empleada entendió “Todo lo de esta vitrina véndelo a x2”, o sea, multiplicado por dos. 
–Y la moraleja es…
–Menso, ¿aún no lo entiendes? Cuando la joyería se promocionaba a un precio bajo nadie la compraba. Pero en cuanto le aumentaron al doble su precio, todos se peleaban por ella. Así pasa contigo. Tienes grandes cualidades, pero te cotizabas bajo. Ahora que te has sabido vender, que eres un producto poco común y valioso, todas quieren comprarte. 
–Alma, me choca que te refieras a mí como “producto”. 
–Bueno, es mi forma de decir las cosas –se disculpó mi amiga–. Mira Julio, la verdad es que no tienes por qué sentirte menos. Eres un buen hombre, eres guapo, y además eres tierno, divertido, y sabes escuchar a las mujeres, como por ejemplo, cuando me escuchaste a mí. En pocas palabras, eres un buen partido. Solamente falta que tú te lo creas. 
Sí, eso me faltaba. No me lo creía. Aunque ya salía con muchas mujeres, todavía seguía siendo el mismo muchacho inseguro. Todavía seguía creyendo que siempre llegaría alguien mejor que yo, más atractivo, más carismático o con más lana, que acapararía la atención de las chicas, y yo quedaría otra vez relegado en un rincón, ignorado. Pero viéndolo bien, Alma tenía razón. La suerte ya me había cambiado, y las circunstancias ya eran diferentes. Pensé en Silvia. Con ella me la pasaba bastante bien, y al parecer yo le gustaba, porque seguía buscándome. Entonces eso debía significar algo bueno.
Alma tomó mi mano y la apretó, en señal de apoyo. 
–Ánimo –me dijo.
–Gracias, amiga –sonreí. 
–Bueno, ahora sí, hablemos de números. ¿Cuántas clientas llevas hasta ahorita?
–No sé, he perdido la cuenta.
–Deberías llevar una lista, para analizar cuál es la tendencia del mercado, y enfocarnos en eso. 
–¡Alma!
–¿Qué?
–¿Podrías dejar de usar tu jerga mercadológica y hablar como una persona normal?
–Está bien, está bien. Es sólo que quiero ayudarte a expandir el negocio. Como te decía, tengo pensado poner fotos de ti, o de parte de tu cuerpo –dijo, y dejó caer el salero al suelo, por lo que se agachó a recogerlo. 
–Golosa. Deja de mirar por debajo de la mesa. 
Mi amiga me observó, desconcertada.
–¿Qué? ¡Oh, Julio! ¿Qué te hace pensar que iba a fotografiar “esa parte” de tu cuerpo?
–No sé. Con eso de que tú siempre mencionas que tengo que explotar mis “grandes cualidades”…
–Ay, por favor. Deja de estar presumiendo. 
–¿Presumir qué?
–El tamaño de tu “gran cualidad”.
–¿Cuál? –dije, y con la rodilla levanté a propósito la mesa metálica, para simular que mi miembro se había parado descomunalmente–. ¿Esta cualidad?
Alma soltó una carcajada. 
–¿Te gusta mi gran cualidad? –dije con picardía, volviendo a levantar la mesa.
–Eres un gran menso –terminó diciendo mi amiga. 
Después del almuerzo, me sentía tan optimista que salí a invertir mis ganancias en algo que ya tenía ganas de comprar: un equipo de sonido con luces LED en las bocinas, Giga Sound y todas esas mamadas. Una chulada de aparato. 
Lo encendí y lo sintonicé en mi estación favorita. En ese momento estaban transmitiendo la canción “Silent Lucidity” de Queensrÿche…
…Bueno, admito que también tengo mi lado romántico. 
Recordé que durante la universidad, escuchaba mucha radio. Antes de irme a Monterrey creí que me dolería despegarme de la televisión, pero en realidad no batallé nada. Creo que ni siquiera me di cuenta de la transición, pues adopté alegremente la radio. Comparada con Tampico, Monterrey tenía como mil estaciones de radio (o al menos así me parecía a mí). Pasaban canciones que jamás había escuchado. En cambio en Tampico ponían las mismas canciones y comerciales de siempre. Mientras mi roommate se desvelaba en la mesa de la cocina estudiando, yo sintonizaba el programa donde transmitían canciones románticas, hasta quedarme dormido. 
De pronto, como si lo hubiera invocado con telepatía, Paco llegó a mi depa. 
–¿Qué ha habido? –saludó mi amigo. 
–Nada. Aquí dándole. 
Paco se sentó en el sofá y escuchó la canción.
–Eh, carnal. Hace años que no oía esa rola. 
–Sí, yo igual. 
–¿Te acuerdas de ese programa de baladas románticas de los 70’s, 80’s y 90’s que ponían en las noches? El que escuchábamos en el depa, cuando estábamos en la universidad.
–Precisamente hace unos minutos me acordé de eso. 
–Qué tiempos –dijo mi amigo con melancolía–. A veces extraño esa época. Todo era más simple. 
–Lo sé –dije, y me senté en el sofá.
De pronto, él volteó a verme.
–Güey, ¿cómo vas con lo de la chamba? Me preocupa ver que ya han pasado varios meses y nada. 
–Estoy bien. He ido a algunas entrevistas. 
–Pero ¿con qué pagas la renta, los servicios y la comida? En serio, si necesitas dinero, no dudes en pedírmelo. Yo te puedo prestar. 
–No, no te molestes, güey. Yo me las puedo arreglar solo. Pero gracias por el ofrecimiento. 
–De nada, ya sabes, cuando quieras, con confianza dime. 
Paco, tan buen camarada. Siempre había sido así, bien raza, se preocupaba por los demás, y no dudaba en echarme la mano. Pero ahora el dinero era el menor de mis problemas. Me sentía más bien entusiasmado por mi nueva “profesión”. Tenía ganas de contarle cómo me iba, las mujeres que había conocido, y cómo mis ingresos habían sido mayores que cuando trabajaba en mi carrera. Quería desahogarme. Decírselo, y contar con el apoyo de alguien. Pero al final de cuentas no me atreví. No estaba seguro si él pudiera comprenderme. Así que le pregunté:
–¿Y qué pedo? ¿A qué viniste?
–Nomás a darte cariño, güey –bromeó mi amigo mientras me acariciaba la rodilla. 
–Pinche Paco. 
Él rió. Pero luego volvió a ponerse serio, y me dijo:
–Vine a ver cómo estabas y si no necesitabas algo.
–No, como te dije, estoy bien. 
–¿Qué te parece si vamos a echarnos unas cervezas? Yo invito. 
Acepté la invitación. Fuimos al Indio Azteca, una cantina de esas de las de antes, en donde no se permitía el acceso a mujeres, así que uno podía estar a sus anchas. Se podía beber, eructar, fumar, usar servilleta o no, sin que nadie lo viera mal.
Nos sentamos en una mesa y ordenamos una cubeta de cervezas, así como unas costillas de puerco. De fondo se escuchaba la música de Los Invasores de Nuevo León. Unos señores en la mesa de a lado, que tenían finta de abogados, platicaban aderezando la charla con palabras altisonantes y carcajadas estruendosas, mientras que otros que parecían empleados de oficina jugaban dominó. 
Entre trago y trago, Paco me platicó de su jale. Lo habían mandado a tomar un curso en Toronto por dos semanas. Y tenía programado un próximo viaje, pero esta vez a Detroit.
De pronto se puso muy pensativo, y soltó:
–Güey, ya tengo novia.
–¿Neta? 
–Sí. Se llama Sarahí. Tengo dos semanas saliendo con ella. 
–Está bien. ¿Y dónde la conociste?
–En el gimnasio. Está en la clase de Kickboxing. Me llamó la atención porque pelea muy ruda –dijo mi amigo, y sonrió–. Luego ya empezamos a platicar, y sin querer miré sus piernas. Tiene varias cicatrices. La chava se dio cuenta y empezó a echarme carrilla. Luego me contó la historia de cada una de sus cicatrices. Una era por andar en Matacanes, y la otra se la hizo por andar escalando en la Huasteca Potosina. Es una fanática de los deportes extremos. Pero lo que más me gustó de ella era que no se apenaba de mostrármelas… Y las cicatrices también –añadió con tono pícaro.
–Pinche Paco –reí–. Pues qué bien, güey. Entonces se llevan con madre. 
–La verdad, sí.  
–Me da gusto por ti –dije, y le palmeé la espalda. 
De pronto, el celular de Paco sonó. Éste contestó el mensaje de texto. Un mesero se acercó a nuestra mesa y retiró las botellas vacías.  
Con Paco podía platicar de cualquier tema, sin andarme cuidando de no decir algo que se prestara para el albur. Bueno, de vez en cuando sí, pero la mayor parte del tiempo podíamos platicar de diferentes temas, sin que hubiera carrilla o burlas, lo que hacía que mi amistad con él fuera más relajada. Y ya que Paco me había contado lo de su novia, pensé que era el momento de contarle la verdad sobre mi oficio. 
–Güey, hay algo que no te he dicho. Puse un negocio.
–¿Neta? ¿Qué es lo que vendes?
–Pues más bien presto un servicio.
–¿Qué tipo de servicio?
Me puse nervioso. Mi amigo me miraba con expectativa. Estuve a punto de decirle pero en ese momento apareció Israel, gritando:
–¿Qué ha habido?
–¿Invitaste a Israel? –pregunté a Paco.
–Sí, me mandó un mensaje de texto preguntándome dónde estábamos, y me dijo que él también vendría. 
Israel tomó una silla y la arrastró provocando mucho ruido. Luego se sentó y agarró una cerveza de la cubeta, y con voz dicharachera, preguntó:
–¿Qué pedo, güey? ¿Qué haciendo?
Agarró una costillita del plato y se la comió a grandes bocados.
–Tengo un chingo de hambre. No he comido nada desde la mañana. ¿Y qué onda? ¿Qué cuentan?
Ya no tuve el valor de decirle a Paco sobre mi negocio. Una cosa era decírselo a él, y otra que Israel se enterara. Con él no se podía hablar de ningún tema serio, y sabía que si le contaba la verdad, él se burlaría y me tacharía de puto, pero eso no era todo. No confiaba en él. Israel era un mujeriego sin escrúpulos que usaba su físico y su carisma para seducir a las chicas, y el güey era capaz de imitar mi negocio con tal de coger, y yo no quería competencia. 
Así que decidí cambiar el tema.
–Nada, nada. ¿Y tú? ¿Qué pedo?
Israel se acabó las costillitas de cerdo y la cerveza, y dijo:
–No, vengo de ver a una morra, ¡chingada madre!, qué pinche culote tiene la cabrona… 

Y así, mientras Israel nos contaba su nueva aventura, yo di por olvidado mi asunto. 

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